domingo, 18 de abril de 2010

Residencia en el limbo

Revelaba en mi presentación a ese lector todavía inexistente algunos datos de mi vida que quiero ahora ampliar. Soy exiliado por voluntad propia y lo soy en una tierra que, como entonces decía, suele ser objeto del desprecio universal, pues se inscribe en esa línea divisoria que el clarividente Cormac McCarthy ha definido como meridiano de sangre, frontera entre el "primer" y el "tercer mundo" que algunos ven como cloaca de ambos. Esto es Laredo, ciudad fundada por el capitán español Tomás Sánchez en 1755--veinte años antes de que las colonias de Norteamérica alcanzaran la independencia de la metrópoli británica--y bautizada en honor de la localidad santanderina donde vino al mundo el coronel José de Escandón, que autorizó el asentamiento. Era entonces uno de los asentamientos más lejanos de los centros de poder de la Nueva España y constituía uno de esos territorios remotos, infestado de indios belicosos y alimañas igual de peligrosas, a los que la corona española apenás prestaba atención.

El apacible devenir histórico de Laredo, una vez que indios y alimañas habían sido exterminados por igual (a excepción de esas serpientes de cascabel que llenan nuestras noches de alegres tintineos), se truncó de manera dramática en 1845, cuando los Estados Unidos decidieron llevar a la práctica su sueño (o acaso pesadilla) del "destino manifiesto", falacia ideológica que permitía a la nación arrogarse el derecho a considerar el continente americano, y por extensión todo el orbe, como el patio trasero de su casa. Tentados de invadir todo México pues lo veían como una tierra de bárbaros pecaminosos y vagos, incapaces siquiera de gobernarse a ellos mismos, los estadounidenses al final se conformaron con merendarse un trozo del pastel mexicano de más de dos millones de kilómetros cuadrados. Ahí es nada. Con la firma del infausto tratado de Guadalupe-Hidalgo en 1848, miles de individuos que se acostaron mexicanos se levantaron norteamericanos, con una lengua y una cultura que se les impuso al dictado de las armas, mientras de paso se les privaba de las propiedades que durante generaciones habían sido suyas (claro que esos eran también panes prestados, porque primero sufrieron tal ignonimia los indios que habitaban esos mismos territorios). La historia desde luego no es tan simple, porque por en medio estuvo la independencia de Texas, pero es ese un capítulo al que volveré en otra ocasión...

Pero, ¿y qué tiene que ver todo esto con el título de esta entrada? Acaso poco, pero al llegar por primera vez a estas tierras laredenses, yo pensaba estar pisando el sacrosanto suelo de los Estados Unidos. Al fin y al cabo había tenido que sufrir un largo proceso burocrático y policial para obtener el visado que me permitiera llegar aquí. Y así pensé durante bastante tiempo, hasta que un buen día decidí dar una vuelta por el sur de Texas con mi familia y el utilitario que acabábamos de adquirir. Y hete aquí que, a unas dieciocho millas en dirección a San Antonio (es decir, unos treinta kilómetros de los nuestros), llegamos a un puesto fronterizo atestado de agentes de gesto amenazador acompañados de perros de mirada viciosa y sanguinaria. Imaginará mi lector imaginario la sorpresa y el susto mayúsculo de todos nosotros. ¿Habríamos perdido el rumbo y llegado a la frontera con México, cosa no extraña con el despiste que solemos gastarnos? ¿Sería aún más grave el caso y habíamos dejado el país sin saberlo y volvíamos ahora a pedir entrada en los EEUU?

Pues no. Resulta que Laredo, como otras muchas localidades aledañas al río Grande/Bravo, es un enclave que es pero que no es. Un lugar como el limbo de los justos o seno de Abraham del que aprendíamos en el catecismo del padre Astete. Un territorio que fue mexicano y que aspira a ser estadounidense, que habla español con carteles en inglés, que habla inglés con acento hispano, una u-topía poco utópica que sin embargo no se preocupa del mundo más allá de esas lindes que demarcan su limbo. Y así, un laredense que quiere ir a México, necesita cruzar la frontera, y si quiere ir a los EEUU, necesita también cruzar la frontera...

No me extraña que Laredo sueñe aún con esa República del Río Grande que durante algo menos de un año se independizó del mundo exterior, consciente de la peculiar idiosincrasia de su tierra. Y desde esta tierra, lector imaginario, volveré pronto a escribirte si aún tienes paciencia para leerme.

Con permiso.

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