Publicaba ayer mi hermano Fernando en su blog El laberinto de la identidad una entrada titulada "Diario de un obsolescente", en la que Fernando--filósofo siempre agudo--se mofa con sutil ironía de ese culto a la juventud propio de nuestra época. Me gusta mucho la cita de Groucho Marx, "mi juventud, ..., puedes quedártela". Mientras leía la entrada de mi hermano, intentaba recordar la edad que yo tendría cuando transcurrían sus episodios de acné y sus exámenes ("de conciencia y de los otros"). Son algunos los años que nos separan--él es el mayor y yo el pequeño--aunque no voy a desvelar nuestras edades respectivas (no estaría bien hacerlo tratándose de otros). El caso es que un recuerdo te lleva a otro recuerdo y así, sin saber muy bien cómo, me encontré en mi primera infancia, lugares de la memoria a los que no había regresado en mucho tiempo. No, querido lector (y tú también, querida lectora, que ya sé que estás ahí y que disculpas mi uso del masculino genérico), no estoy diciendo que mi hermano sea muy viejo; simplemente que sus palabras evocaron en mí unos tiempos enterrados ha ya mucho en el olvido. La mecánica de la memoria es, desde luego, prodigiosa, y el aroma de un guiso o el perfume de una flor pueden transportarnos a lugares en los que a lo mejor nunca hemos estado, o a experiencias, qué curioso, que nunca hemos vivido. No sé, pues, si esos recuerdos en los que me vi inmerso tuvieron alguna vez lugar o fueron simples delirios de una imaginación febril ávida de memorias.
El caso es que de pronto me vi, chaval de pocos años con las piernas llenas de moratones y postillas, a la puerta de una casa de vecinos que sí existió, porque tengo fotografías y porque todos mis hermanos, estoy seguro, también la recuerdan. Era un barrio entonces en las afueras de Salamanca, y la calle, "Camino viejo de Villamayor", cuyo nombre al evocarlo ahora me parece cargado de poesía. El caso es que en esas callejuelas transcurría mi infancia ajena al tiempo, un universo cerrado y a la vez muy abierto, en que un grupo de chavales de extracción variopinta vivíamos una aventura perpetua. Mis ídolos, cómo no, eran tres hermanos mayores que yo, vecinos en una casita al otro lado de la calle: Lolo, Miguel y Jose (sin acento, claro), con sus dos perros, Sultán y Mora (las criaturas siempre infestadas de garrapatas), y un abuelo cuyo nombre no recuerdo y una abuela, ella nunca se me olvida, que se llamaba Adela. Era la suya una casa destartalada, con un jardín de entrada plagado de chatarra variopinta que para mí era fuente inagotable de sorpresas. En esa casa vi por vez primera una linterna mágica, que al dar vueltas recreaba imágenes que me parecían vivas. Y también una tosca cámara de cine que, al girar la manivela, proyectaba en la pared escenas de Charlot que a mí me encandilaban. Con esos hermanos a menudo me iba a la Chopera, en las orillas del Tormes, donde pescábamos y hacíamos casetas (todavía se recuerda en la familia el día que hubo que llamar a la policía porque el niño, es decir, yo, no aparecía). Y quizá es esa la razón de que Huckleberry Finn sea uno de mis libros de cabecera (alguna vez, si tienes paciencia de seguirme, te hablaré de esa novela).
Recuerdo también (o quizá sólo imagino) a los colchoneros haciendo en las aceras montañas de lana que luego vareaban como si fueran olivos, antes de devolverla a esos colchones donde se incrustaba el cuerpo formando un verdadero nido. Pero hay dos escenas que hoy regresan como si transcurrieran aquí mismo: una es la de aquellos titiriteros que tocaban la corneta y el tambor mientras una cabra se encaramaba de un par de saltos a una escalera y allí hacía piruetas. Me parece estar oyendo la melodía quebrada de esos instrumentos, y veo a la cabritilla en la plataforma de la escalera, sus cuatro patas casi entrelazadas para sostenerse en tan reducido espacio, mientras ejecuta tímidos ejercicios de acrobacia caprina. Y después, una niña (o quizá niño, qué más da) pasa la gorra entre los presentes antes de que se desperdiguen. Imagino magro el beneficio de tan sofisticada escenografía, pero los titiriteros volvían una y otra vez a nuestro barrio con la puntualidad de las estaciones. Y yo, claro, siempre en primera fila.
Pero es otra la imagen que ahora me vuelve con una punzada de añoranza y quisiera, lector amable, hablarte siquiera brevemente de ella. Nuestra calle, ya lo he dicho, estaba entonces en las afueras de Salamanca y era una especie de camino por el que los seres más variopintos se adentraban en la ciudad desde las aldeas y pueblos aledaños. Era un barrio típico de vecinos sentados a la puerta de las casas en las tardes de estío, con la tienda del señor Antonio (merecedora ella sola de una entrada entera, con su salazón de bacalao y sus hileras de latas de conserva), y el quiosco del señor Marti, lugar de intercambio de novelas de Marcial la Fuente Éstefanía por unos céntimos, surtidor inagotable de chucherías (espero que mis hijos no lean esta entrada)y de historias sin cuento, que hacían nuestras delicias en las inacabables tardes de invierno. Pero no son esas las imágenes más nítidas de mi débil recuerdo de aquel tiempo: es sin duda alguna la de Blancanieves la que prima en mi memoria. Pero no, lector amigo, no es el personaje de los hermanos Grimm del que te hablo aquí, sino de un carbonero que a diario recorría nuestra calle hacia un destino para nosotros incierto. Era Blancanieves un hombre mayor, yo diría que muy viejo, siempre aferrado a un carretillo cargado de carbón (o ya vacío, si venía de regreso), y siempre risueño. Mis hermanas (espero que no les importe que aquí lo cuente), le bautizaron socarronamente Blancanieves porque iba de los pies a la cabeza permanentemente tiznado de negro, como un personaje de Dickens. Y de paño negro eran su chaqueta y su pantalón (o así al menos lo recuerdo), pero bajo su boina negra afloraban unos rizos de plata enredada, y cada vez que pasaba a nuestro lado se dibujaba en su rostro una sonrisa beatífica que ahora veo de nuevo como si estuviera a mi lado, el carretillo renqueante bajo su figura encorvada verano e invierno. Y me parece, será cosa de la hora, que su figura entera estaba rodeada de un halo luminoso, como los santos en los libros de la escuela.
Y me pregunto, ¿porqué mi recuerdo me devuelve a Blancanieves y a la cabra acrobática? ¿Y porqué al recordarlos me invade una paz repentina y placentera como no he sentido con niguna otra memoria del pasado? ¿Acaso me estaré volviendo viejo? Si es así, quiera dios que pueda ser yo también un Blancanieves para otros, y que al pasar junto a ellos surja una cabra de la nada y, al son de unos titiriteros y sus desvencijados instrumentos, regresen ellos también a una infancia que, vivida o inventada, les inunde de recuerdos igual de placenteros.
Mi admirado Luis Cernuda escribió "Donde habite el olvido", y yo quisiera que esta modesta entrada sirva para evocar "Donde habita el recuerdo", ya sea vivido o inventado. Al fin y al cabo, todo recuerdo es ficción y toda ficción, recuerdo.
Hasta mañana.
miércoles, 21 de abril de 2010
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Lo bonito de mirar atrás y recordar la infancia (si ésta ha sido medianamente dichosa) es que se tiende a tener una idea romántica de la misma que llena de ilusión nuestra cotidianidad, pero, ¡ay! cómo cambia la perspectiva si es la infancia actual, la de nuestros hijos, la que está en juego. Entonces, perderse por el río es un peligro serio, no una aventura y andar por ahí como vagabundos o callejeros, otro. Ayer hablaba en clase de Death of a Salesman y comentaba con los alumnos como la excesiva presión de los padres para que sus hijos triunfen en la vida puede derivar en fracaso. Quizás nuestros hijos necesiten una infancia llena de Blancanieves que recordar para ser un poco más felices en el futuro (y no me refiero a la del cuento, cuyo rol pasivo víctima de una sociedad patriarcal se cuestiona ahora como modelo para las niñas). Pero ¿permitiremos los padres de ahora que nuestros hijos tengan estos recuerdos, si podemos evitarlo?
ResponderEliminarMuy bonito, querido Manolo. Hasta en el Madrid de mi infancia había periódicamente titiriteros con cabra acrobática. Y organillos. Y carboneros ...
ResponderEliminarAbrazos fuertes. Miguel.
He recibido un correo de Cristina y me daba esta dirección de tu blog.
ResponderEliminarHe comenzado a leer y me he divertido mucho, me has hecho pasar un rato muy agradable (he recordado tus piernas llenas de moratones y postillas...esto debía de ser así a diario..), he recordado a un Manolo sin miedo al peligro , imaginando batallitas y disfrutando con cualquier cosa que hiciera...
Seguiré asiduamente tus "reflexiones", y espero que te "sientas un poco más cerca de nosotros..", no en el exilio. ¡Hasta pronto! Besos
Pues no había titiriteros con cabras acrobáticas en mi pueblo, sino caravanas de gitanos que cobraban por mostrar a niñas desobediantes que tenían cuerpos de serpientes; mujeres con barbas y viejas que adivinaban la suerte...pero nada más se aparecían en verano.
ResponderEliminarIrma
Amigo Manolo, es que los que hemos nacido en un pueblo tenemos algo especial. En especial -valga la reduncia- alguien tan buena persona como tu.
ResponderEliminarJ.A