martes, 18 de mayo de 2010

Cenizas y cenizos

Te contaba el otro día, lector amigo, que me dispongo a viajar a España el sábado próximo. Va a ser una experiencia curiosa: exiliarme de mi exilio para regresar al lugar del que voluntariamente me he exiliado. ¿Cesaré con ello de ser exiliado? Pero, sí así es, ¿qué ocurre con el lugar y la casa que ahora habito, que constituye por elección mi hogar? ¿Se puede ser exiliado en la tierra que se supone es tu patria? ¿Es que acaso el exilio es una condición del alma, más que un estado físico o un estado civil, como el de soltero, casado o divorciado? Es realmente un conflicto filosófico de cierta enjudia. Aunque, bien pensado, no se necesita ser Descartes para alcanzar una respuesta cartesiana: el verdadero exilio es aquel que te permite dejar de pagar impuestos, así que la patria no es el lugar donde nacemos y crecemos, o donde transcurre toda o parte de nuestra vida, sino el sitio donde uno declara y cumple religiosamente con hacienda. Y hacienda, bajo diversos nombres y diferentes guisas, existe en todas partes (claro, para unos mucho más que para otros, y yo me incluyo entre los primeros). Así que, bien pensado, yo nunca he sido ni seré un verdadero exiliado.

Pero no quiere abrumarte, querido lector, con disquisiciones propias de un filósofo macarrónico. Todo esto viene por el viaje que voy a emprender con mis hijos en breves fechas y que me ha llevado a pensar en el dichoso volcán islandés que, con su caprichosa aerofagía, trae de cabeza a toda Europa. Ya no se trata sólo de que los dioses tengan a bien propiciarte buenas condiciones atmosféricas que permitan a las aeronaves despegar y aterrizar con cierta puntualidad (ya me he visto tirado, como todos, en más de un aeropuerto por una tormenta repentina que nos ha impedido despegar); ni de que los sindicatos aéreos tengan a bien hacer una pausa en sus huelgas para que puedas llegar a tu destino; ni de que a las autoridades aduaneras no se les antoje hacerte registros sorpresa que te hagan perder el avión (como a veces ocurre). No, es que para volar ahora tenemos que engatusar al bendito volcán para que reprima durante unas horas sus ventosidades a fin de que nuestro vuelo pueda cruzar el espacio aéreo sin que los motores se le llenen de hollín. Se me ocurría el otro día una solución ingeniosa y barata para atajar los caprichos del volcán: recordarás que la petrolera BP, que va a pasar a la historia como la empresa que se cargó un mar (el Caribe) entero, decidió colocar sobre la boca del infausto pozo una campana de hormigón para atajar su incontinencia. La cosa no funcionó porque a esa profundidad se congelaba no sé qué tubería y no se podía bombear el petróleo. Pues bien, yo propongo colocar la susodicha campana en la boca del volcán islandés, porque allí seguro que nada se le congela y puede acabar con las incontinencias del susodicho. Y a ser posible, que lo hagan antes del sábado. Toda a cuenta, por supuesto, de la petrolera BP.

El caso es que, entretenido en tales especulaciones, me vinieron al recuerdo algunas anécdotas y algunos malos tragos que me han tocado vivir y pasar en mi experiencia viajera. Todo empezó un 11 de septiembre de 2001, cuando mi esposa y yo volabamos a la ciudad de Washington con una compañía alemana y, un par de horas antes de aterrizar, escuchamos al piloto pronunciar un mensaje en alemán del que no entendimos, por supuesto, ni papa, pero pudimos ver cómo a los pasajeros alemanes se les mudaba el semblante y un silencio sepulcral se apoderaba de la nave. Enseguida, el piloto tuvo la deferencia de repetirlo en inglés, y entonces ahí se nos mudó al semblante a nosotros y a otros varios que del primero no se habían enterado de nada. El caso es que, ni corto ni perezoso, el piloto hizo un giro de noventa grados y se adentró en el océano (sobrevolábamos ya tierras de Canadá). Y una vez en alta mar, de las dos alas empezó a surgir en aspersión un chorro de combustible que parecía que nunca se iba a detener. Y al cabo de un tiempo que se nos antojó interminable, el piloto anunció que se disponía a aterrizar en Gander, Terranova, un lugar muy alejado de nuestro destino original. Y en Gander mi esposa y yo nos pasamos varios días como refugiados de guerra, viviendo peripecias que no corresponde aquí contar (Cristina ya lo ha hecho por escrito, y además en italiano), hasta que al fin pudimos regresar a Europa, sin haber llegado a pisar suelo de Estados Unidos.

Cuatro años después, decidimos pasar un año sabático en la ciudad de Oxford, Mississippi, donde en otro tiempo vivió el inigualable escritor William Faulkner. Y a Oxford llegamos un domingo de agosto, agotados tras un viaje eterno en varios aviones y con un niño y una niña de pocos años. Y nuestra primera decisión fue llegarnos a un restaurante para cenar algo y tomarnos unas cervezas bien frías para desquitarnos de la sed insaciable del viaje. Pero hete ahí que, al ser domingo, los restaurantes de Oxford no podían servir bebidas alcohólicas. En fin, cosas del Sur profundo que no hacen ahora al caso. Nuestro primer plan turístico fue viajar a Nueva Orleans, apenas a unas horas de distancia. Y a ello nos disponíamos, tras algunas semanas ajetreadas para poner casa y buscar escuela para los niños. Pero claro, a Katrina se le ocurrió soplar con ese aliento mortífero y pasó lo que pasó, no hace falta volverlo aquí a contar. Y nosotros en Oxford sentimos a Katrina volar sobre nuestras cabezas durante unas horas angustiosas, apenas ya tormenta tropical, y ninguno de nosotros podremos olvidar la zozobra y la indefensión que una experiencia así te provoca. Al día siguiente, árboles caídos y postes derribados por doquier daban testimonio de la virulenta tormenta. No quiero ni pensar en lo que debieron sufrir aquellos que se tuvieron que quedar en Nueva Orleans...

Pues bien, el año pasado se nos ocurrió pasar las navidades en Nueva York, ciudad que ejerce en nosotros una atracción especial. Y a Nueva York nos fuimos, alquilando un apartamento en la ciudad de Hoboken, en la orilla opuesta del río Hudson y a pocos minutos del centro de Manhattan. Transcurrían allí felices nuestros días, entre visitas a museos y excursiones gastrónómicas bajo la nieve y los vientos gélidos de la ciudad en invierno, cuando un buen día ocurrió algo que muchos han calificado de milagroso: recordarás seguro, lector amigo, aquel avión que por unos malditos pajarracos se vio obligado a realizar un amerizaje de emergencia en el Hudson..., ¡casi al lado de nuestra puerta! Quiero pensar que el desenlace feliz de lo que pudo haber sido una terrible tragedia se debió a nuestra presencia benéfica en las inmediaciones..., aunque con los antecedentes que nos gastamos, la cosa parece doblemente milagrosa.

Pero no acaba aquí tampoco la cosa: resulta que hace poco pudimos por fin realizar aquel viaje frustrado a Nueva Orleans, donde pasamos unos días magníficos en el barrio francés, lugar de fiesta perpetua. Pues bien, no acababamos de regresar a Laredo cuando al maldito pozo se le ocurrió explotar y empezar a largar su flujo incesante de petroleo, que ya empieza a llegar a las playas de Luisiana y a la propia desembocadura del Mississippi. Y es que, cualquiera diría que somos cenizos. Mi familia y yo nos lo queremos tomar a risa, ¡qué remedio!, pero sabemos de buena tinta que el servicio de espionaje nos tiene un ojo echado, por lo que espero que nunca lean esta entrada del blog.

Y la última: antesdeayer domingo descargó aquí en Laredo una tormenta descomunal. Trombas de agua y aparato eléctrico que parecían anunciar el Juicio Final (Marita,  no quiero ponerme apocalíptico, pero es que de verdad tal parecía). Me encontraba yo solo en casa, pues mis hijos estaban en la de unos amigos, cuando reventó la tormenta. Trataba yo de concentrarme en lo que estaba escribiendo cuando me sobrecogió un estruendo descomunal. Y al alzar la vista pude ver  saltar millones de chispas mientras me alcanzaba un olor a cable quemado que me llegó a asustar. Y sí, querido lector, a pocos metros de mí en el jardín del vecino, acababa de caer un rayo con todas las de la ley, que se llevó por delante la luz del barrio entero al descargar en un transformador que hay en un poste que no se muy bien qué pinta ahí-.

Y esa fue la evidencia incontestable de que algo debo tener del verdadero cenizo.

!Tal sólo espero que el volcán islandés se apiade de mi y nos deje realizar el vuelo en paz, pues entre cenizas y cenizos anda el juego y debemos ser solidarios!

Ya te contaré.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Ecología escatológica (con perdón)


Le robo a mi sueño unas horas para volver a este blog que para mí representa mi diario del exilio, yo que nunca he sido capaz de mantener un diario, y aunque los párpados se me cierren de puro sueño (ya te conté antesdeayer los trajines del final del semestre), no me resisto a regresar a esta página que sólo unos pocos fieles leéis.  Ya te he hablado del curso sobre Cormac McCarthy que acabo de terminar. La novela con la que hemos concluido el seminario ha sido La carretera, una historia harto simbólica que nos habla sin tapujos del futuro que nos aguarda, a nosotros o a nuestros hijos, si nos dejamos llevar por el conformismo consumista que tan cómodo nos resulta. En esa novela, McCarthy nos adentra de forma sobrecogedora en el mundo después de la gran hecatombe, un paisaje implacable de cenizas incompatible con la vida, aunque algunos humanos se empeñen en sobrevivir a toda costa, no dudando en practicar el canibalismo y la esclavitud, entre otras muchas aberraciones que revelan el grado de bestialismo en que hombres (y mujeres) podemos caer en la lucha desesperada por la supervivencia.


No llegamos a conocer la causa de tamaña devastación, lo que la hace la hace de algún modo más terrible. Y claro, uno quisiera pensar que se trata de una metáfora de talante ecológico con la que McCarthy nos quiere hacer reflexionar sobre los abusos sistemáticos a los que sometemos a nuestro planeta, pero que obviamente nunca va a pasar. Todos nosotros, no nos engañemos, participamos en ese juego de aniquilación, por muy conservacionistas que nos creamos. Reciclamos, sí, pero con ello nos consideramos autorizados a consumir sin medida. A veces hacemos incluso donaciones a Greenpeace, pero con ello calmamos nuestra mala conciencia y acto seguido nos lanzamos al centro comercial a hacerle sangre a la tarjeta de crédito. Y así podría continuar. Somos pues todos culpables de este desaguisado que estamos cometiendo con la tierra, sin pararnos a pensar en la herencia que les vamos a dejar a los que vengan detrás, una verdadera tierra baldía que el poeta T. S. Eliot ya alcanzó a profetizar al enfrentarse a los horrores de la primera guerra mundial.

Y la tierra parece rebelarse, como si padeciese una aerofagia descomunal que le obliga a expulsar gases y fluidos por sus esfínteres (perdón por lo escatológico de esta comparación). Uno piensa en el dichoso volcán islandés que no para de regurgitar esas cenizas que traen de cabeza a las líneas aéreas, y desde luego uno se alegra por las masivas emisiones tóxicas que los aviones dejan de echar a la atmósfera..., hasta que de repente caes en la cuenta de que dentro de pocos días tienes que volar a España y a lo mejor el dichoso volcán te hace la puñeta. Y ahí se acaba toda conciencia ecológica. Del mismo modo, observas con angustia la diarrea incontenible de ese pozo que no para de escupir y que en poco tiempo va a convertir las aguas del Caribe en un mar de petróleo, y te entran ganas de llorar, sobre todo cuando ves que la mancha se dirige inexorable a las costas de Luisiana (acaso para rematar la tarea que Katrina dejó sin completar). Pero al cabo, tu mente materialista te hace caer en la cuenta de que ese vertido puede provocar una subida incontrolable del precio de la gasolina y pones el grito en el cielo, pues nos es un líquido tan necesario como el agua que bebemos. Y es que resulta bastante lógico: si BP tiene que hacer frente a los incalculables gastos que va a acarrear la limpieza de las costas y las indemnizaciones millonarias que tendrá que pagar, tarde o temprano todas las petroleras se guardarán las espaldas ante posibles futuros estropicios aumentando los precios de los productos que comercializan. Es la ley del mercado.


Y así, lector amigo, me veo tan cómplice de este juego infame tanto como el que más. Ni uso la bicicleta, ni camino a mi puesto de trabajo, ni me ilumino con velas, ni me privo de una cerveza (enlatada, claro), ni estoy dispuesto a pedalear para que el avión se mueva, ni escatimo el agua para regar el césped (a pesar de que Laredo está a las puertas del desierto), ni cocino con leña, ni me visto con paños respetuosos con el medio ambiente, ni cultivo libres de pesticidas y abonos minerales los vegetales que me como, ni me privo del aire acondicionado (claro que aquí, con más de cuarenta grados de temperatura media de abril a noviembre, sería francamente locura), ni, en fin, dejo de escribir en mi ordenador (que también consume), entradas como ésta.

¡Y es que, realmente, soy un hipócrita!

domingo, 9 de mayo de 2010

Sobre el riesgo de las abuelas en tiempo de exámenes

Llevo algunos días sin regresar a este blog, ocupado por las mil tareas que el final del semestre me impone, pues aquí el curso acaba de terminar, ya lo comentaba el otro día, y apenas me queda tiempo libre para dedicarle a otra cosa que no sea la corrección de exámenes y las visitas de alumnos que en muchos casos no han asomado la nariz durante todo el semestre y ahora, sin embargo, parecen sentir una necesidad imperiosa de charlar conmigo. Circulaba estos días en mi departamento un artículo enjundioso de un eminente profesor de Connecticut donde se demuestra de forma fehaciente que los familiares, especialmente abuelos y abuelas, de los estudiantes universitarios corren grave riesgo de morir de forma repentina durante los años en que sus hijos/nietos tardan en acabar su carrera. De hecho, existen numerosas pruebas documentales que confirman que en muchos casos los susodichos abuelos, padres/madres también aunque en menor medida, han sido reportados muertos en al menos dos o más ocasiones, sobre todo en las fechas más cercanas a los éxamenes, con tendencia acusada a incrementar el porcentaje cuando estos exámenes son finales. Es el primer estudio solvente que demuestra lo pernicioso que puede ser para las familias enviar a sus hijos/hijas a estudiar una carrera.

Yo mismo he tenido casos similares, y he visto torrentes de lágrimas inundar mi humilde despacho mientras al tiempo se me pedía la ampliación del plazo para entregar un trabajo, o incluso para postergar la fecha del examen final. Y yo, pobre incauto, siempre tiendo a tragar. Claro que este estudio me ha abierto los ojos y a partir de ahora me dispongo a solicitar partida de defunción acompañando a cualquier solicitud que se me dirija. No trato con ello de hacer la puñeta a los alumnos, sino de preservar en lo posible la salud de los suyos. Se dice en los mentideros que hay familias enteras que no se atreven a asomar el hocico a la calle, por miedo a muerte repentina, hasta que los hijos/hijas que han enviado a la universidad no hayan conseguido el díchoso título. Y desde luego, tal como está la cosa, no es para menos. La evidencia es abrumadora y confirma que la universidad es un factor letal en la supervivencia de la especie humana, sobre todo de los familiares de segundo o tercer grado (parece que matar a un padre, a una madre o a un hermano o hermana tiende a ocurrir sobre todo en casos de exámenes fin de carrera, o de acceso a empleos remunerados). Y es que claro, tienes que ser un docente muy curtido y descorazonado para negarle al pobre estudiante el derecho al duelo por la pérdida de un ser tan querido, sobre todo en estos momentos que los finales producen una angustia añadida que puede conducirles vaya usted a saber a qué.

Y así, querido lector, transcurren ahora mis días, con el añadido de tener que escribir una conferencia de la que apenas tengo el título (eso sí, muy sugerente) y un par de párrafos introductorios. No pienses, pues, que he abandonado mi hábito de dirigirme a ti, y sólo espero poder contar con el tiempo para hablarte más de mi experiencia de exiliado voluntario.

Y el próximo tema será, desde luego, esa mancha de petróleo que como una plaga bíblica se va a cebar en lo poco que el huracán Katrina tuvo a bien respetar. Y por supuesto, también hablaré de Arizona, cuyo gobierno está consiguiendo despertar el sentimiento de clase en toda una comunidad racial que llevaba tanto tiempo aletargada.

Espero poder abordar, si los dioses y los estudiantes me lo permiten, todo eso mañana.

Buenas noches.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Las barbas del vecino

Hablaba ayer de los griegos y hoy, para mi propio espanto, compruebo que el sainete de los ulises y polifemos se ha tornado en tragedia, griega para ser más exactos. Claro, tres muertos son muchos o pocos según uno los cuantifique frente a las víctimas de una guerra mundial o frente a las de una reyerta en una familia de bien. Un accidente de coche suele llevarse por delante a tantos o más sin que nadie se eche las manos a la cabeza, salvo los más allegados. Mientras los muertos sean otros, o de otros, la verdad es que a los demás nos importa un carajo. Parece ser, es más, que los muertos en Grecia eran empleados de un banco, y uno se queda pensando si no será la justicia poética la que ha intervenido en semejante escabechina. Por fin los bancos parecen recibir lo que de verdad se merecen: fuego y piedras. Tenemos un buen ejemplo con la entrada de Jesús en el templo para desbandar a mercaderes y usureros a golpe de látigo (si bien el mismo Jesús se comprometió a reconstuir el templo en tan sólo tres días, magnífico ejemplo de cómo el capitalismo es capaz de reinventarse a sí mismo, aunque ese es desde luego otro cuento). El caso es que de ayer a hoy son tres menos los griegos a compartir el botín que pronto el pueblo heleno arrebatará a los bárbaros germanos.

Pero parece extraño, y yo soy el primer culpable, que nadie nos preguntemos de dónde proviene ese tesoro que los alemanes sólo a regañadientes se disponen a compartir. Todos pensamos con buena fe que es el resultado lógico del trabajo honesto y del afán por ahorrar de todo el pueblo germánico. Y yo desde luego no tengo argumentos para contradecir tal aseveración. De hecho, mis amigos alemanes son todos hombres y mujeres rectos (aunque amigos, por qué no, de una buena juerga), que no conciben escaquearse en el trabajo, ni menos aún alegar una enfermedad repentina para tomarse un lunes o un viernes de fiesta. Calvino y Lutero caerían sobre ellos con toda su furia. Y, sin embargo, a mí se me hace extraño que nadie nunca antes haya puesto el grito en el cielo porque esos griegos vividores se estuvieran puliendo el presupuesto de toda la Unión Europea. Como tampoco nunca antes se escucharon más allá de melifluas advertencias a españoles y portus porque nuestro tren de vida fuera mucho más rápido que nuestra capacidad de ingresos. El secreto, pues que portus, españoles y griegos consumíamos productos de manufactura germánica y, además, finianciabamos nuestras deudas más o menos directamente con capital alemán. Ese, no lo olvidemos, fue el secreto nunca revelado de porqué la Europa del norte se avino a aceptar como socios a esos países del sur que, aunque europeos espurios, constituían un mercado cautivo donde vender lo que otros países cada vez adquirían menos. Así es el cuento: yo te presto para que compres lo que yo te vendo. Pero, ¡ay!, que no se te ocurra dejar de pagar religiosamente, pues no sólo te cierro el chorro del dinero, sino que además te embargo bienes e incluso personas. Nada importa que te hayas quedado en paro, o que la desgracia se haya cebado en ti y en los tuyos. Y si te presto más, que sepas que te va en ello tu honor y tu dignidad, además de lo mucho o lo poco que aún te pueda quedar...


Es como la triste historia del drogadicto: primero un trapichero con modales de amigo le vende a bajo precio, o incluso le regala, dosis de droga que poco a poco seducen al incauto hacia una adicción de la que después nunca podrá salir. Claro, la culpa exclusiva es del incauto incapaz de decir que no a esa seducción falsaria. Ninguna duda me cabe de ello. Pero el trapichero, tanto como el que produce la droga, no se ven libres tampoco. Cuando a un muerto de hambre le ofreces un trozo de pan a cambio de sus riquezas futuras, el hambriento no lo duda. Como tampoco duda un padre de familia en comprar una casa donde guarecer a su familia, aunque ello le condene a una hipoteca perpetua. Y así se escribe la historia.

Pero el motivo de esta entrada es otro: escuchaba el otro día al presidente del gobierno español unas declaraciones rotundas donde dejaba bien claro que Grecia no es España, ni nunca lo será. Nuestras cuentas están sanas, y nuestros ancianos y nuestros parados nada pesan en la factura estatal. Y nuestros funcionarios, dechados de profesionalidad, ya están taladrando un nuevo agujero en sus cinturones porque ellos están bien dispuestos a pagar los platos rotos. Y no hablemos de nuestros banqueros, que ya han diseñado estrategias para repartir sin duelo entre el pueblo llano los beneficios que, a pesar de la crisis, no les dejan de llegar. Y el empresario ya ha dicho que nunca más evadirá un céntimo y que hacienda somos todos, especialmente a la hora de conceder subvenciones. Y como el turismo está en auge, ahora que por estética los hosteleros han decidido retirar de la bandeja en que se sirve la factura el puñal trapero; y como la industria patria de panderetas experimenta un auge inusitado, ahora que todos los chinos han aprendido a hacer pedorretas a ritmo de villancico. Y porque, en fin, los toros y la sangría no han dejado de vender, pues la economía patria va a empezar a crecer y crecer..., para poder seguir comprando, qué se le va a hacer, más productos germanos (o chinos o americanos, lo mismo da).

Claro que las bolsas, esas entes maquiavélicas de la especulación, parecen haberle hecho un corte de mangas a nuestro ínclito presidente, y aun a toda la Unión Europea. Y el bochorno, dicho sea de paso, nos salpica a todos nosotros. Es como si los políticos hablarán en una jerga que en realidad dice lo contrario de lo que en apariencia expresa.

Y así se me ocurre que, cuando las barbas del vecino veas pelar, vayas poniendo las tuyas a remojar. Sobre todo si un político nos anuncia que eso nunca ocurrirá.Claro que, los muertos, siempre los suelen poner los mismos, y las víctimas de Grecia no eran propietarios del banco, sino simples asalariados.

¡Ni uno más!

martes, 4 de mayo de 2010

Fin de curso

Acabo hoy el curso sobre Cormac McCarthy al que hacía el otro día referencia en este blog y de repente siento la satisfacción de haber llevado a buen puerto, o eso espero, un curso que nunca antes había impartido sobre un escritor que no sólo continúa vivo, sino también escribiendo (ojalá que por muchos años, si bien el crítico literario que hay en mí prefiriera ver al buen paisano  ya jubilado de las letras, que no muerto, para así tener la certeza de que su obra está por fin completa, aunque mi yo lector sienta justo lo contrario). Pero junto a la satisfacción de la labor, mal que bien, cumplida, me invade también un sentimiento de nostalgia porque el grupo de estudiantes que felizmente coincidió en mi aula ya se dispersa. Es una sensación ambivalente que antes he tenido, pues es connatural al oficio del enseñante y yo llevo ya en ello una veintena larga de años, aunque me parezca ayer cuando empuñé por primera vez la tiza (instrumento pedagógico que, por cierto, parece haber caído en completo desuso). Creo que nunca te he revelado, lector, lo privilegiado que siempre me he sabido por poder dedicar mi vida laboral a la enseñanza de una materia que de verdad me apasiona, como es la literatura. Aunque también te confieso mis momentos de grandes dudas sobre la utilidad de lo que estoy haciendo; momentos en los que deseo haber llegado a ser médico para poder salvar la vida de aquellos niños y niñas que, impotente de mí, vi morir por circunstancias aciagas de un destino que no hace al caso revelar aquí. O haber sido siquiera bombero para rescatar a las víctimas de fuegos y terremotos. O acaso científico, para que mis descubrimientos pudiesen ayudar al bienestar de otros.

Pero no arrumbó por ahí mi vida, y de poco vale ahora lamentarse por lo que uno pudo llegar a ser y sin embargo no ha sido. Mi oficio, como te decía arriba, es el del humilde maestro que se empeña en instilar en sus alumnos el amor por unas letras que, bien pensado, parca aplicación práctica tienen en el mundo de ahí afuera, donde son los depredadores los que de verdad se aseguran el éxito y la supervivencia. Y sin embargo, veo ahora los rostros de esos estudiantes que día a día han ocupado el aula para compartir su experiencia como lectores de un escritor de verdad complejo: me vienen a la mente sus agudos comentarios sobre los textos que hemos ido leyendo y me doy cuenta, o así al menos quiero creerlo, que los alumnos que iniciaron hace unos meses el curso no son los mismos a los que hoy despedía. Algo, quizá sea sólo mi sueño, ha cambiado en ellos. Y quiero creer que, por lo menos algunos, han aprendido algo más sobre los insondables vericuetos por los que transita el alma humana y hayan comprendido así que el espíritu humano nunca es del todo malo, ni del todo bueno.

Cuando comienzas un curso, nunca sabes qué se encierra tras esas caras que circunspectas te observan desde los asientos. Y te lleva tiempo comprender que más allá de sus rasgos, cada uno de ellos encierra un universo al que, si tienes suerte, a veces accedes. Nada hay más gratificante, al menos para el que esto suscribe, que comprender cómo en ocasiones esos universos irrepetibles que se reúnen en tu aula experimentan un cambio en su geometría. Te voy a dar algunos ejemplos. Tengo dos alumnas que  han mostrado durante todo el curso una actitud en apariencia ausente, como si lo que allí habábamos no fuera con ellas. Y hoy, sin embargo, he sabido que, aficionadas ambas a los caballos (no olvides que estamos en Texas), llevan desde hace un tiempo dirigiéndose una a la otra durante sus paseos equinos con el nombre de personajes tomados de las novelas que hemos visto en nuestro seminario. Nunca pués olvidarán, de ello estoy bien seguro, las clases donde se acercaron a esos seres de ficción que ellas sin ningún complejo han incorparado a sus vidas, convirtiendolos en una especie de alter-egos. Puedo también contarte sobre otro estudiante que presentó el otro día en la exposición que los alumnos de arte realizan al final de su último año un cuadro titulado "Homenaje a Meridiano de sangre", novela con al que iniciabamos el seminario.

Y te daré aún otro ejemplo: tengo una alumna que, por circunstancias de la vida, ha sido madre con apenas diecinueve años. Y esta estudiante, hace unos pocos días, profería una emotiva arenga sobre lo triste que resulta ver a una madre abandonar a su hijo a una suerte tan incierta, a cambio de evitarse ella misma sufrimientos atroces, como ocurre en La carretera, la novela con que concluimos el curso. Y yo veía en la estudiante, no a una joven  ingenua que se ha visto madre antes de darse cuenta, sino a una persona muy sabia que de verdad entiende lo que la maternidad significa. Y me vi a mí mismo, perdido en el mundo de desesperanza cenicienta que recrea McCarthy en su novela, acompañando a mi Manuel en esa pugna despiadada por la supervivencia. Y mi corazón, como el de la misma alumna, se sintió desgarrado por la simple posibilidad de que tal cosa alguna vez ocurriera, a la vez que enardecido por saber que Manuel, a pesar de tantas atrocidades, siempre tendrá, así lo espero, un futuro ante él...

No sé, pues, cuánto habrán podido aprender mis alumnos de mí durante el curso que ahora concluye, pero bien sé que nunca olvidaré lo que yo he aprendido de ellos.

lunes, 3 de mayo de 2010

Garzón, Ulises, Polifemo y el Banco Central Europeo

Parece que el juez Garzón ha desaparecido por arte de birlibirloque de la prensa diaria, al menos del único periódico español que desde el exilio leo. ¿Habrá decido el Supremo lavar los trapos sucios en casa para que la diosa Justicia no se ofenda ante tamaña exhibición escatológica de lo que jueces y juezas llevan bajo sus castas togas? Y es que siempre se ha dicho que la Justicia es ciega, pero nadie nunca le ha privado a la pobre diosa del sentido del olfato y, cuando la cosa huele, yo creo que ella como todos intenta taparse las narices para aliviar el hedor insoportable. Y la cosa, lector amigo, hiede hasta en esta apartada orilla donde los efluvios patrios llegan como arrastrados por los vientos alisios que también en su día portaron al mismo Colón, en unas carabelas que según cuentan las crónicas de la época asemejaban por su olor los pasillos más infectos de la administración de justicia en España (la de ahora tanto como la de entonces, me temo).

No queridos Miguel y Toño, hombres rectos del derecho a los que de verdad admiro y aprecio, no estoy acusando a esos jueces--hombres y mujeres anónimos que desde sus discretos juzgados tratan de impartir justicia en un contexto donde todo se les vuelve en contra--no les acuso digo de ser tacaños con la ducha y aún menos con el detergente. Pero el caso es que desde la distancia me sorprende el silencio absoluto que de repente se ha apoderado de todo los relacionado con san Garzón martir y los demonios que parecían querer arrojarle a las simas más ardientes de los infiernos. Y así, parece que los muertos van a seguir bien muertos y los vivos, mal que bien, viviendo, cada uno con los fantasmas de sus recuerdos al hombro y cada quien con su culpa o su pena, depende del bando en que le colocó la suerte.

Claro que, ahora, nos toca hablar de Grecia, la madre putativa de Occidente, y alegrarnos de que alemanes y franceses hayan accedido, una vez más, a tirar de chequera. La fiesta así  la sigue desde luego cualquiera. Y nosotros, que somos aprendices de griego en lo malo mucho más que en lo bueno, se nos esboza la sonrisa burlona porque, al final, si con Grecia hoy lo han hecho, pasado mañana seguro lo harán con nosotros mismos. Apuntámelo a la cuenta, Fermín, que aunque yo no te pague tengo un primo alemán que vendrá y lo hará por mí. Y luego ya veremos cómo se lo devuelvo a ese que, como es guiri, nada sabe de esta España de jolgorio y pandereta. Siempre puedo venderle otra isla, o una costa mediterránea entera, para que tueste sus carnes blancuchas mientras nosotros le servimos tinto y tortilla hasta que el germano reviente.

 Hace poco leía la comparación con la que el pobre primer ministro griego, Yorgos Papandreu, invocaba a la Odisea homérica para despertar el orgullo en su pueblo en estos momentos de bancarrota económica y, presumo, también, moral. En esa comparación, ciertamente oximorónica, Papandreu sería el intrépido, aunque involuntario, Ulises que se afana en regresar (eso sí, sin ninguna prisa) a Ítaca donde le aguarda la paciente Penélope tejiendo de día lo que después desteje por la noche para así mantener a raya a sus múltiples y ansiosos pretendientes. Ítaca sería en este contexto la propia Grecia y Penélope, pues la pobre ama de casa que mientras su marido anda de correrías por las innumerables islas del Egeo, se las ingenia para llenar la olla con que alimentar a sus hijos sin entregarse a la tentación del dinero fácil. Y claro, los tempestuosos pretendientes, pues esos muchos bancos que le prestaron a Ulises las perras para hacer la guerra en Troya y ahora quieren cobrarse en carne lo que saben que nunca recibirán en dinero. Y hete aquí que Papandreu, como un aguerrido Ulises de nuestro tiempo, consigue primero engañar a Polifemo (entiéndase aquí el BCE o el FMI) tras cegarle su único ojo (con el que apunta las deudas) y regresar luego triunfal  a Ítaca, hipotecada la balsa y aún el propio cuero que le cubre las vergüenzas.Y a todo esto, Penélope le recibe con los brazos abiertos y una sopa caliente, para reposo del guerrero que no entiende de deudas ni de pagarés ni cuernos.

Y es que cuando los alemanes no eran más que unas tribus de bárbaros, los helenos ya habían inventado las más sutiles argucias con que engañar a Polifemo, ese cíclope de las finanzas que nunca podrá con un griego. Y claro, de Ulises los españoles aprendimos a ser pícaros y a empufarnos a sabiendas de que, pagar pagar, es posible que nunca paguemos. Trabajar, como inventar, es el oficio de otros. El nuestro, como el de Ulises, sobrevivir sin hincarla.

Pero que apague la luz y cierre la puerta el último.

P.D. Te preguntarás con razón, lector, qué tiene que ver Garzón con Ulises y Polifemo, y aun con el Banco Central Europeo. Pues muy sencillo: Ulises es el mangante que a cuento de una guerra para rescatar a la hermosa Helena de las garras del lúbrico Paris abandona hogar y patria y se dedica a fundirse los dineros que no son suyos en un prolongado crucero por las aguas del Egeo; Polifemo, como un Garzón de la Grecia clásica, le echa el guante y le pone a la sombra de su cueva hasta que pague sus deudas. Pero Ulises, pícaro de pícaros, le ciega con múltiples pleitos que socavan su fortaleza, como a Garzón sus demonios. Y el BCE, pues el paganini de turno que se queda con los platos rotos y, a fin de que el carrusel no pare, decide correr un tupido velo sobre todo el asunto y darle a la máquina de imprimir más dinero, que después de todo le sale gratis. Y así, garzones, ulises y polifemos siguen la jarana hasta que el cuerpo aguante. Y el de griegos e hispanos suele por lo general aguantar mucho. Como la chequera de los alemanes.

domingo, 2 de mayo de 2010

Milenarismo

Termino estos días el curso monográfico que llevo impartiendo este semestre sobre Cormac McCarthy, escritor de raíces irlandesas que se crío en el estado de Tennessee, donde ambientó sus primeras novelas antes de trasladarse, física y literariamente, al Sudoeste de los Estados Unidos, esa región inmensa que comprende los estados de Texas, Nuevo México, Arizona  y California, entre otros terrritorios que fueron víctima, ya he hablado aquí de ello, del primer episodio expansionista de la nación norteamericana en su busca insaciable de un imperio. A mi se me antoja el desplazamiento hacía estos territorios de Cormac McCarthy la transhumancia de un genio de las letras hacia un espacio donde se ha definido y plasmado el devenir de la historia reciente de este mundo que habitamos. Aquí vinieron los españoles en busca de sus quimeras baldías de oro, esas Cibola y Quivira de las que la ferviente imaginación hispana hablaba incluso antes de que se encontrase (que no descubriese) América. Y aquí los hispanos sometieron a espada y fuego, junto a la consabida cruz, a unos indios que apenas si tenían para asegurar su propio sustento. Victoria pírrica que permitió establecer los límites septentrionales de esa Nueva España cuya sangre sirvió para engrasar la maquinaria imperial de nuestros augustos Austrias.

Asentados los hispanos en estas tierras por lo general agrestes y poco aptas para otra cosa que la cría de ganado, la región cayó en el más callado de los olvidos y sus asuntos apenas si alcanzaban los oídos de los monarcas en la regia España. Pero aquí se quedaron españoles que vieron en este territorio quizá un remedo de sus tierras de Extremadura, Andalucía o la propia Castilla, y aquí fundaron estirpes de rancheros dueños de posesiones inmensas como nunca podrían haber imaginado ni en sus mejores sueños. Hasta que un día, los vecinos del Norte pusieron sus ojos en ellos y desearon hacerse, por pobres que fueran, con sus tierras. Era su Destino Manifiesto, del que ya también te he hablado aquí, y ese destino lo cumplieron, aunque uno duda que fuera dictado por dios alguno, de no ser por el dios de los mismos infiernos.

Basta leer la novela de McCarthy, Meridiano de sangre, para hacerse una idea de lo que ocurrió en ese tiempo en que anglos e hispanos se encontraron en una línea de odio que McCarthy ha bautizado con el más apropiado de los términos, pues es una frontera impuesta sobre un territorio donde nunca la hubo (incluido ese río Grande a cuyas orillas vivo). Y en sus posteriores novelas, McCarthy traza el devenir histórico de esa frontera trazada en sangre. Pero no, amigo lector, no quiero impartir aquí una lección magistral sobre su obra, pues nada de lo que yo pueda decir sustituirá su lectura (aunque muy a menudo mis estudiantes así lo piensen). Todo esto viene a raíz de la novela que nos ocupa en clase estos últimos días del semestre y que ha conmovido a mis alumnos, o así al menos me lo aseguran, como ninguna de las que hemos leído juntos. Se trata de La carretera (The Road), publicada en 2006 pero que ahora gana preeminencia por la magnífica versión cinematográfica protagonizada por Viggo Mortensen, en el que quizá sea el papel culmen de su carrera artística (y eso a pesar de que la Academia de Hollywood le haya ignorado a él y a la propia película).

La carretera es la historia de un padre y un hijo que tratan de sobrevivir en un mundo devastado por una hecatombe nunca explicada en la novela, pero que cualquier lector puede enseguida imaginar pues son muchas las amenazas sobre este frágil ecosistema que sustenta nuestra existencia. El caso es que la tierra es un páramo de cenizas en el que todo vestigio de vida se limita a unos cuantos humanos que han conseguido sobrevivir al holocausto, tan sólo para enfrentarse a un mundo de caníbales donde cualquier rasgo de humanidad está ausente. Es la peor pesadilla que ha perseguido al hombre desde el origen de los tiempos, el fin de un mundo que no necesita de actores divinos para determinar su hado, pues nosotros solitos nos bastamos para romper el juguete que el universo, en un acto inexplicable de generosidad, nos ha concedido a la raza humana.Pero no quiero arruinarte la lectura, ni la película si eliges ese medio, así que callaré cualquier alusión al final de un texto que me resulta muy entrañable, a la par que muy doloroso, pues no puedo evitar verme en el papel del padre que conduce a su hijo (de una edad similar a Manuel) a destino tan incierto.

Siempre me han hecho gracia las obesiones milenaristas, la idea de que el fin del mundo se acerca de manera inexorable, y aún me lo siguen haciendo, pues con mi fe ciega en el ser humano me niego a aceptar que podamos cometer un suicidio colectivo de tamaña magnitud. Y sin embargo parece que todo apunta en mi contra. Ya no es el fin del mundo que los Mayas situaban, o eso dicen los intérpretes exotéricos, en el 2012 (aunque a mi se me antoja harto difícil que esos mayas que nada sabían de eras cristianas acertaran a establecer con puntualidad funesta el fin del los tiempos), sino los múltiples signos que mis propios amigos no dudan en interpretar, a pesar de su racionalismo, como señales estremecedoras de que la cosa se acerca. Y yo me niego a aceptarlo, aunque sólo sea porque mis hijos merecen una oportunidad como la hemos tenido nosotros. Pero la verdad es que los signos que recibimos son en verdad nefastos. Ya no es que los hielos de los Polos se derritan como mantequilla en un horno. Es que las propias entrañas de este globo que nos alberga parecen haber entrado en un periodo de franca incontinencia: los terremotos varios, el volcán de Islandia que nos ha devuelto a nuestra condición verdadera de insignificantes seres, y ahora el vertido incontrolable de petróleo que amenaza toda la extensión del Caribe, incluida la isla del Padre donde planeaba pasarme unos días de descanso con mi mujer y mi hijos. Y desde luego bien parece que el mundo revienta por sus costuras para manifestar su hartazgo con esta plaga de humanos que infesta su costra.

Intuyo que se avecinan tiempos mucho peores de los que ahora estamos viviendo, y de los que yo como algunos privilegiados aún nos mantenemos ajenos. Intuyo también que el mundo está experimentando una indigestión que no va a solventar un simple omeprazol ni una cucharada de bicarbonato (benditos productos ambos, por cierto). Es como si el globo padeciese una aerofagia descomunal, un reflujo sin freno que amenaza con soltar una ventosidad tremenda que nos mande a todos al carajo. Y es sobre todo en estos tiempos, cuando pensamos que el mundo se acaba y, por lo tanto, nos  vemos tentados a dar rienda suelta a nuestros instintos más bajos (canibalismo, real o figurado, incluido), cuando debemos aferrarnos a lo que es de verdad nuestra razón de ser (si es que tal cosa existe, y quiero pensar que sí); agarrarnos a ese fuego que el niño anónimo de La carretera lleva en su seno y que, aunque nos queme, significa que los humanos aún queremos ser lo más hermoso de este universo.


Y en verdad, amigo lector, podemos serlo.