martes, 18 de mayo de 2010

Cenizas y cenizos

Te contaba el otro día, lector amigo, que me dispongo a viajar a España el sábado próximo. Va a ser una experiencia curiosa: exiliarme de mi exilio para regresar al lugar del que voluntariamente me he exiliado. ¿Cesaré con ello de ser exiliado? Pero, sí así es, ¿qué ocurre con el lugar y la casa que ahora habito, que constituye por elección mi hogar? ¿Se puede ser exiliado en la tierra que se supone es tu patria? ¿Es que acaso el exilio es una condición del alma, más que un estado físico o un estado civil, como el de soltero, casado o divorciado? Es realmente un conflicto filosófico de cierta enjudia. Aunque, bien pensado, no se necesita ser Descartes para alcanzar una respuesta cartesiana: el verdadero exilio es aquel que te permite dejar de pagar impuestos, así que la patria no es el lugar donde nacemos y crecemos, o donde transcurre toda o parte de nuestra vida, sino el sitio donde uno declara y cumple religiosamente con hacienda. Y hacienda, bajo diversos nombres y diferentes guisas, existe en todas partes (claro, para unos mucho más que para otros, y yo me incluyo entre los primeros). Así que, bien pensado, yo nunca he sido ni seré un verdadero exiliado.

Pero no quiere abrumarte, querido lector, con disquisiciones propias de un filósofo macarrónico. Todo esto viene por el viaje que voy a emprender con mis hijos en breves fechas y que me ha llevado a pensar en el dichoso volcán islandés que, con su caprichosa aerofagía, trae de cabeza a toda Europa. Ya no se trata sólo de que los dioses tengan a bien propiciarte buenas condiciones atmosféricas que permitan a las aeronaves despegar y aterrizar con cierta puntualidad (ya me he visto tirado, como todos, en más de un aeropuerto por una tormenta repentina que nos ha impedido despegar); ni de que los sindicatos aéreos tengan a bien hacer una pausa en sus huelgas para que puedas llegar a tu destino; ni de que a las autoridades aduaneras no se les antoje hacerte registros sorpresa que te hagan perder el avión (como a veces ocurre). No, es que para volar ahora tenemos que engatusar al bendito volcán para que reprima durante unas horas sus ventosidades a fin de que nuestro vuelo pueda cruzar el espacio aéreo sin que los motores se le llenen de hollín. Se me ocurría el otro día una solución ingeniosa y barata para atajar los caprichos del volcán: recordarás que la petrolera BP, que va a pasar a la historia como la empresa que se cargó un mar (el Caribe) entero, decidió colocar sobre la boca del infausto pozo una campana de hormigón para atajar su incontinencia. La cosa no funcionó porque a esa profundidad se congelaba no sé qué tubería y no se podía bombear el petróleo. Pues bien, yo propongo colocar la susodicha campana en la boca del volcán islandés, porque allí seguro que nada se le congela y puede acabar con las incontinencias del susodicho. Y a ser posible, que lo hagan antes del sábado. Toda a cuenta, por supuesto, de la petrolera BP.

El caso es que, entretenido en tales especulaciones, me vinieron al recuerdo algunas anécdotas y algunos malos tragos que me han tocado vivir y pasar en mi experiencia viajera. Todo empezó un 11 de septiembre de 2001, cuando mi esposa y yo volabamos a la ciudad de Washington con una compañía alemana y, un par de horas antes de aterrizar, escuchamos al piloto pronunciar un mensaje en alemán del que no entendimos, por supuesto, ni papa, pero pudimos ver cómo a los pasajeros alemanes se les mudaba el semblante y un silencio sepulcral se apoderaba de la nave. Enseguida, el piloto tuvo la deferencia de repetirlo en inglés, y entonces ahí se nos mudó al semblante a nosotros y a otros varios que del primero no se habían enterado de nada. El caso es que, ni corto ni perezoso, el piloto hizo un giro de noventa grados y se adentró en el océano (sobrevolábamos ya tierras de Canadá). Y una vez en alta mar, de las dos alas empezó a surgir en aspersión un chorro de combustible que parecía que nunca se iba a detener. Y al cabo de un tiempo que se nos antojó interminable, el piloto anunció que se disponía a aterrizar en Gander, Terranova, un lugar muy alejado de nuestro destino original. Y en Gander mi esposa y yo nos pasamos varios días como refugiados de guerra, viviendo peripecias que no corresponde aquí contar (Cristina ya lo ha hecho por escrito, y además en italiano), hasta que al fin pudimos regresar a Europa, sin haber llegado a pisar suelo de Estados Unidos.

Cuatro años después, decidimos pasar un año sabático en la ciudad de Oxford, Mississippi, donde en otro tiempo vivió el inigualable escritor William Faulkner. Y a Oxford llegamos un domingo de agosto, agotados tras un viaje eterno en varios aviones y con un niño y una niña de pocos años. Y nuestra primera decisión fue llegarnos a un restaurante para cenar algo y tomarnos unas cervezas bien frías para desquitarnos de la sed insaciable del viaje. Pero hete ahí que, al ser domingo, los restaurantes de Oxford no podían servir bebidas alcohólicas. En fin, cosas del Sur profundo que no hacen ahora al caso. Nuestro primer plan turístico fue viajar a Nueva Orleans, apenas a unas horas de distancia. Y a ello nos disponíamos, tras algunas semanas ajetreadas para poner casa y buscar escuela para los niños. Pero claro, a Katrina se le ocurrió soplar con ese aliento mortífero y pasó lo que pasó, no hace falta volverlo aquí a contar. Y nosotros en Oxford sentimos a Katrina volar sobre nuestras cabezas durante unas horas angustiosas, apenas ya tormenta tropical, y ninguno de nosotros podremos olvidar la zozobra y la indefensión que una experiencia así te provoca. Al día siguiente, árboles caídos y postes derribados por doquier daban testimonio de la virulenta tormenta. No quiero ni pensar en lo que debieron sufrir aquellos que se tuvieron que quedar en Nueva Orleans...

Pues bien, el año pasado se nos ocurrió pasar las navidades en Nueva York, ciudad que ejerce en nosotros una atracción especial. Y a Nueva York nos fuimos, alquilando un apartamento en la ciudad de Hoboken, en la orilla opuesta del río Hudson y a pocos minutos del centro de Manhattan. Transcurrían allí felices nuestros días, entre visitas a museos y excursiones gastrónómicas bajo la nieve y los vientos gélidos de la ciudad en invierno, cuando un buen día ocurrió algo que muchos han calificado de milagroso: recordarás seguro, lector amigo, aquel avión que por unos malditos pajarracos se vio obligado a realizar un amerizaje de emergencia en el Hudson..., ¡casi al lado de nuestra puerta! Quiero pensar que el desenlace feliz de lo que pudo haber sido una terrible tragedia se debió a nuestra presencia benéfica en las inmediaciones..., aunque con los antecedentes que nos gastamos, la cosa parece doblemente milagrosa.

Pero no acaba aquí tampoco la cosa: resulta que hace poco pudimos por fin realizar aquel viaje frustrado a Nueva Orleans, donde pasamos unos días magníficos en el barrio francés, lugar de fiesta perpetua. Pues bien, no acababamos de regresar a Laredo cuando al maldito pozo se le ocurrió explotar y empezar a largar su flujo incesante de petroleo, que ya empieza a llegar a las playas de Luisiana y a la propia desembocadura del Mississippi. Y es que, cualquiera diría que somos cenizos. Mi familia y yo nos lo queremos tomar a risa, ¡qué remedio!, pero sabemos de buena tinta que el servicio de espionaje nos tiene un ojo echado, por lo que espero que nunca lean esta entrada del blog.

Y la última: antesdeayer domingo descargó aquí en Laredo una tormenta descomunal. Trombas de agua y aparato eléctrico que parecían anunciar el Juicio Final (Marita,  no quiero ponerme apocalíptico, pero es que de verdad tal parecía). Me encontraba yo solo en casa, pues mis hijos estaban en la de unos amigos, cuando reventó la tormenta. Trataba yo de concentrarme en lo que estaba escribiendo cuando me sobrecogió un estruendo descomunal. Y al alzar la vista pude ver  saltar millones de chispas mientras me alcanzaba un olor a cable quemado que me llegó a asustar. Y sí, querido lector, a pocos metros de mí en el jardín del vecino, acababa de caer un rayo con todas las de la ley, que se llevó por delante la luz del barrio entero al descargar en un transformador que hay en un poste que no se muy bien qué pinta ahí-.

Y esa fue la evidencia incontestable de que algo debo tener del verdadero cenizo.

!Tal sólo espero que el volcán islandés se apiade de mi y nos deje realizar el vuelo en paz, pues entre cenizas y cenizos anda el juego y debemos ser solidarios!

Ya te contaré.

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