domingo, 9 de mayo de 2010

Sobre el riesgo de las abuelas en tiempo de exámenes

Llevo algunos días sin regresar a este blog, ocupado por las mil tareas que el final del semestre me impone, pues aquí el curso acaba de terminar, ya lo comentaba el otro día, y apenas me queda tiempo libre para dedicarle a otra cosa que no sea la corrección de exámenes y las visitas de alumnos que en muchos casos no han asomado la nariz durante todo el semestre y ahora, sin embargo, parecen sentir una necesidad imperiosa de charlar conmigo. Circulaba estos días en mi departamento un artículo enjundioso de un eminente profesor de Connecticut donde se demuestra de forma fehaciente que los familiares, especialmente abuelos y abuelas, de los estudiantes universitarios corren grave riesgo de morir de forma repentina durante los años en que sus hijos/nietos tardan en acabar su carrera. De hecho, existen numerosas pruebas documentales que confirman que en muchos casos los susodichos abuelos, padres/madres también aunque en menor medida, han sido reportados muertos en al menos dos o más ocasiones, sobre todo en las fechas más cercanas a los éxamenes, con tendencia acusada a incrementar el porcentaje cuando estos exámenes son finales. Es el primer estudio solvente que demuestra lo pernicioso que puede ser para las familias enviar a sus hijos/hijas a estudiar una carrera.

Yo mismo he tenido casos similares, y he visto torrentes de lágrimas inundar mi humilde despacho mientras al tiempo se me pedía la ampliación del plazo para entregar un trabajo, o incluso para postergar la fecha del examen final. Y yo, pobre incauto, siempre tiendo a tragar. Claro que este estudio me ha abierto los ojos y a partir de ahora me dispongo a solicitar partida de defunción acompañando a cualquier solicitud que se me dirija. No trato con ello de hacer la puñeta a los alumnos, sino de preservar en lo posible la salud de los suyos. Se dice en los mentideros que hay familias enteras que no se atreven a asomar el hocico a la calle, por miedo a muerte repentina, hasta que los hijos/hijas que han enviado a la universidad no hayan conseguido el díchoso título. Y desde luego, tal como está la cosa, no es para menos. La evidencia es abrumadora y confirma que la universidad es un factor letal en la supervivencia de la especie humana, sobre todo de los familiares de segundo o tercer grado (parece que matar a un padre, a una madre o a un hermano o hermana tiende a ocurrir sobre todo en casos de exámenes fin de carrera, o de acceso a empleos remunerados). Y es que claro, tienes que ser un docente muy curtido y descorazonado para negarle al pobre estudiante el derecho al duelo por la pérdida de un ser tan querido, sobre todo en estos momentos que los finales producen una angustia añadida que puede conducirles vaya usted a saber a qué.

Y así, querido lector, transcurren ahora mis días, con el añadido de tener que escribir una conferencia de la que apenas tengo el título (eso sí, muy sugerente) y un par de párrafos introductorios. No pienses, pues, que he abandonado mi hábito de dirigirme a ti, y sólo espero poder contar con el tiempo para hablarte más de mi experiencia de exiliado voluntario.

Y el próximo tema será, desde luego, esa mancha de petróleo que como una plaga bíblica se va a cebar en lo poco que el huracán Katrina tuvo a bien respetar. Y por supuesto, también hablaré de Arizona, cuyo gobierno está consiguiendo despertar el sentimiento de clase en toda una comunidad racial que llevaba tanto tiempo aletargada.

Espero poder abordar, si los dioses y los estudiantes me lo permiten, todo eso mañana.

Buenas noches.

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