Termino estos días el curso monográfico que llevo impartiendo este semestre sobre Cormac McCarthy, escritor de raíces irlandesas que se crío en el estado de Tennessee, donde ambientó sus primeras novelas antes de trasladarse, física y literariamente, al Sudoeste de los Estados Unidos, esa región inmensa que comprende los estados de Texas, Nuevo México, Arizona y California, entre otros terrritorios que fueron víctima, ya he hablado aquí de ello, del primer episodio expansionista de la nación norteamericana en su busca insaciable de un imperio. A mi se me antoja el desplazamiento hacía estos territorios de Cormac McCarthy la transhumancia de un genio de las letras hacia un espacio donde se ha definido y plasmado el devenir de la historia reciente de este mundo que habitamos. Aquí vinieron los españoles en busca de sus quimeras baldías de oro, esas Cibola y Quivira de las que la ferviente imaginación hispana hablaba incluso antes de que se encontrase (que no descubriese) América. Y aquí los hispanos sometieron a espada y fuego, junto a la consabida cruz, a unos indios que apenas si tenían para asegurar su propio sustento. Victoria pírrica que permitió establecer los límites septentrionales de esa Nueva España cuya sangre sirvió para engrasar la maquinaria imperial de nuestros augustos Austrias.
Asentados los hispanos en estas tierras por lo general agrestes y poco aptas para otra cosa que la cría de ganado, la región cayó en el más callado de los olvidos y sus asuntos apenas si alcanzaban los oídos de los monarcas en la regia España. Pero aquí se quedaron españoles que vieron en este territorio quizá un remedo de sus tierras de Extremadura, Andalucía o la propia Castilla, y aquí fundaron estirpes de rancheros dueños de posesiones inmensas como nunca podrían haber imaginado ni en sus mejores sueños. Hasta que un día, los vecinos del Norte pusieron sus ojos en ellos y desearon hacerse, por pobres que fueran, con sus tierras. Era su Destino Manifiesto, del que ya también te he hablado aquí, y ese destino lo cumplieron, aunque uno duda que fuera dictado por dios alguno, de no ser por el dios de los mismos infiernos.
Basta leer la novela de McCarthy, Meridiano de sangre, para hacerse una idea de lo que ocurrió en ese tiempo en que anglos e hispanos se encontraron en una línea de odio que McCarthy ha bautizado con el más apropiado de los términos, pues es una frontera impuesta sobre un territorio donde nunca la hubo (incluido ese río Grande a cuyas orillas vivo). Y en sus posteriores novelas, McCarthy traza el devenir histórico de esa frontera trazada en sangre. Pero no, amigo lector, no quiero impartir aquí una lección magistral sobre su obra, pues nada de lo que yo pueda decir sustituirá su lectura (aunque muy a menudo mis estudiantes así lo piensen). Todo esto viene a raíz de la novela que nos ocupa en clase estos últimos días del semestre y que ha conmovido a mis alumnos, o así al menos me lo aseguran, como ninguna de las que hemos leído juntos. Se trata de La carretera (The Road), publicada en 2006 pero que ahora gana preeminencia por la magnífica versión cinematográfica protagonizada por Viggo Mortensen, en el que quizá sea el papel culmen de su carrera artística (y eso a pesar de que la Academia de Hollywood le haya ignorado a él y a la propia película).
La carretera es la historia de un padre y un hijo que tratan de sobrevivir en un mundo devastado por una hecatombe nunca explicada en la novela, pero que cualquier lector puede enseguida imaginar pues son muchas las amenazas sobre este frágil ecosistema que sustenta nuestra existencia. El caso es que la tierra es un páramo de cenizas en el que todo vestigio de vida se limita a unos cuantos humanos que han conseguido sobrevivir al holocausto, tan sólo para enfrentarse a un mundo de caníbales donde cualquier rasgo de humanidad está ausente. Es la peor pesadilla que ha perseguido al hombre desde el origen de los tiempos, el fin de un mundo que no necesita de actores divinos para determinar su hado, pues nosotros solitos nos bastamos para romper el juguete que el universo, en un acto inexplicable de generosidad, nos ha concedido a la raza humana.Pero no quiero arruinarte la lectura, ni la película si eliges ese medio, así que callaré cualquier alusión al final de un texto que me resulta muy entrañable, a la par que muy doloroso, pues no puedo evitar verme en el papel del padre que conduce a su hijo (de una edad similar a Manuel) a destino tan incierto.
Siempre me han hecho gracia las obesiones milenaristas, la idea de que el fin del mundo se acerca de manera inexorable, y aún me lo siguen haciendo, pues con mi fe ciega en el ser humano me niego a aceptar que podamos cometer un suicidio colectivo de tamaña magnitud. Y sin embargo parece que todo apunta en mi contra. Ya no es el fin del mundo que los Mayas situaban, o eso dicen los intérpretes exotéricos, en el 2012 (aunque a mi se me antoja harto difícil que esos mayas que nada sabían de eras cristianas acertaran a establecer con puntualidad funesta el fin del los tiempos), sino los múltiples signos que mis propios amigos no dudan en interpretar, a pesar de su racionalismo, como señales estremecedoras de que la cosa se acerca. Y yo me niego a aceptarlo, aunque sólo sea porque mis hijos merecen una oportunidad como la hemos tenido nosotros. Pero la verdad es que los signos que recibimos son en verdad nefastos. Ya no es que los hielos de los Polos se derritan como mantequilla en un horno. Es que las propias entrañas de este globo que nos alberga parecen haber entrado en un periodo de franca incontinencia: los terremotos varios, el volcán de Islandia que nos ha devuelto a nuestra condición verdadera de insignificantes seres, y ahora el vertido incontrolable de petróleo que amenaza toda la extensión del Caribe, incluida la isla del Padre donde planeaba pasarme unos días de descanso con mi mujer y mi hijos. Y desde luego bien parece que el mundo revienta por sus costuras para manifestar su hartazgo con esta plaga de humanos que infesta su costra.
Intuyo que se avecinan tiempos mucho peores de los que ahora estamos viviendo, y de los que yo como algunos privilegiados aún nos mantenemos ajenos. Intuyo también que el mundo está experimentando una indigestión que no va a solventar un simple omeprazol ni una cucharada de bicarbonato (benditos productos ambos, por cierto). Es como si el globo padeciese una aerofagia descomunal, un reflujo sin freno que amenaza con soltar una ventosidad tremenda que nos mande a todos al carajo. Y es sobre todo en estos tiempos, cuando pensamos que el mundo se acaba y, por lo tanto, nos vemos tentados a dar rienda suelta a nuestros instintos más bajos (canibalismo, real o figurado, incluido), cuando debemos aferrarnos a lo que es de verdad nuestra razón de ser (si es que tal cosa existe, y quiero pensar que sí); agarrarnos a ese fuego que el niño anónimo de La carretera lleva en su seno y que, aunque nos queme, significa que los humanos aún queremos ser lo más hermoso de este universo.
Y en verdad, amigo lector, podemos serlo.
domingo, 2 de mayo de 2010
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