martes, 4 de mayo de 2010

Fin de curso

Acabo hoy el curso sobre Cormac McCarthy al que hacía el otro día referencia en este blog y de repente siento la satisfacción de haber llevado a buen puerto, o eso espero, un curso que nunca antes había impartido sobre un escritor que no sólo continúa vivo, sino también escribiendo (ojalá que por muchos años, si bien el crítico literario que hay en mí prefiriera ver al buen paisano  ya jubilado de las letras, que no muerto, para así tener la certeza de que su obra está por fin completa, aunque mi yo lector sienta justo lo contrario). Pero junto a la satisfacción de la labor, mal que bien, cumplida, me invade también un sentimiento de nostalgia porque el grupo de estudiantes que felizmente coincidió en mi aula ya se dispersa. Es una sensación ambivalente que antes he tenido, pues es connatural al oficio del enseñante y yo llevo ya en ello una veintena larga de años, aunque me parezca ayer cuando empuñé por primera vez la tiza (instrumento pedagógico que, por cierto, parece haber caído en completo desuso). Creo que nunca te he revelado, lector, lo privilegiado que siempre me he sabido por poder dedicar mi vida laboral a la enseñanza de una materia que de verdad me apasiona, como es la literatura. Aunque también te confieso mis momentos de grandes dudas sobre la utilidad de lo que estoy haciendo; momentos en los que deseo haber llegado a ser médico para poder salvar la vida de aquellos niños y niñas que, impotente de mí, vi morir por circunstancias aciagas de un destino que no hace al caso revelar aquí. O haber sido siquiera bombero para rescatar a las víctimas de fuegos y terremotos. O acaso científico, para que mis descubrimientos pudiesen ayudar al bienestar de otros.

Pero no arrumbó por ahí mi vida, y de poco vale ahora lamentarse por lo que uno pudo llegar a ser y sin embargo no ha sido. Mi oficio, como te decía arriba, es el del humilde maestro que se empeña en instilar en sus alumnos el amor por unas letras que, bien pensado, parca aplicación práctica tienen en el mundo de ahí afuera, donde son los depredadores los que de verdad se aseguran el éxito y la supervivencia. Y sin embargo, veo ahora los rostros de esos estudiantes que día a día han ocupado el aula para compartir su experiencia como lectores de un escritor de verdad complejo: me vienen a la mente sus agudos comentarios sobre los textos que hemos ido leyendo y me doy cuenta, o así al menos quiero creerlo, que los alumnos que iniciaron hace unos meses el curso no son los mismos a los que hoy despedía. Algo, quizá sea sólo mi sueño, ha cambiado en ellos. Y quiero creer que, por lo menos algunos, han aprendido algo más sobre los insondables vericuetos por los que transita el alma humana y hayan comprendido así que el espíritu humano nunca es del todo malo, ni del todo bueno.

Cuando comienzas un curso, nunca sabes qué se encierra tras esas caras que circunspectas te observan desde los asientos. Y te lleva tiempo comprender que más allá de sus rasgos, cada uno de ellos encierra un universo al que, si tienes suerte, a veces accedes. Nada hay más gratificante, al menos para el que esto suscribe, que comprender cómo en ocasiones esos universos irrepetibles que se reúnen en tu aula experimentan un cambio en su geometría. Te voy a dar algunos ejemplos. Tengo dos alumnas que  han mostrado durante todo el curso una actitud en apariencia ausente, como si lo que allí habábamos no fuera con ellas. Y hoy, sin embargo, he sabido que, aficionadas ambas a los caballos (no olvides que estamos en Texas), llevan desde hace un tiempo dirigiéndose una a la otra durante sus paseos equinos con el nombre de personajes tomados de las novelas que hemos visto en nuestro seminario. Nunca pués olvidarán, de ello estoy bien seguro, las clases donde se acercaron a esos seres de ficción que ellas sin ningún complejo han incorparado a sus vidas, convirtiendolos en una especie de alter-egos. Puedo también contarte sobre otro estudiante que presentó el otro día en la exposición que los alumnos de arte realizan al final de su último año un cuadro titulado "Homenaje a Meridiano de sangre", novela con al que iniciabamos el seminario.

Y te daré aún otro ejemplo: tengo una alumna que, por circunstancias de la vida, ha sido madre con apenas diecinueve años. Y esta estudiante, hace unos pocos días, profería una emotiva arenga sobre lo triste que resulta ver a una madre abandonar a su hijo a una suerte tan incierta, a cambio de evitarse ella misma sufrimientos atroces, como ocurre en La carretera, la novela con que concluimos el curso. Y yo veía en la estudiante, no a una joven  ingenua que se ha visto madre antes de darse cuenta, sino a una persona muy sabia que de verdad entiende lo que la maternidad significa. Y me vi a mí mismo, perdido en el mundo de desesperanza cenicienta que recrea McCarthy en su novela, acompañando a mi Manuel en esa pugna despiadada por la supervivencia. Y mi corazón, como el de la misma alumna, se sintió desgarrado por la simple posibilidad de que tal cosa alguna vez ocurriera, a la vez que enardecido por saber que Manuel, a pesar de tantas atrocidades, siempre tendrá, así lo espero, un futuro ante él...

No sé, pues, cuánto habrán podido aprender mis alumnos de mí durante el curso que ahora concluye, pero bien sé que nunca olvidaré lo que yo he aprendido de ellos.

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