lunes, 3 de mayo de 2010

Garzón, Ulises, Polifemo y el Banco Central Europeo

Parece que el juez Garzón ha desaparecido por arte de birlibirloque de la prensa diaria, al menos del único periódico español que desde el exilio leo. ¿Habrá decido el Supremo lavar los trapos sucios en casa para que la diosa Justicia no se ofenda ante tamaña exhibición escatológica de lo que jueces y juezas llevan bajo sus castas togas? Y es que siempre se ha dicho que la Justicia es ciega, pero nadie nunca le ha privado a la pobre diosa del sentido del olfato y, cuando la cosa huele, yo creo que ella como todos intenta taparse las narices para aliviar el hedor insoportable. Y la cosa, lector amigo, hiede hasta en esta apartada orilla donde los efluvios patrios llegan como arrastrados por los vientos alisios que también en su día portaron al mismo Colón, en unas carabelas que según cuentan las crónicas de la época asemejaban por su olor los pasillos más infectos de la administración de justicia en España (la de ahora tanto como la de entonces, me temo).

No queridos Miguel y Toño, hombres rectos del derecho a los que de verdad admiro y aprecio, no estoy acusando a esos jueces--hombres y mujeres anónimos que desde sus discretos juzgados tratan de impartir justicia en un contexto donde todo se les vuelve en contra--no les acuso digo de ser tacaños con la ducha y aún menos con el detergente. Pero el caso es que desde la distancia me sorprende el silencio absoluto que de repente se ha apoderado de todo los relacionado con san Garzón martir y los demonios que parecían querer arrojarle a las simas más ardientes de los infiernos. Y así, parece que los muertos van a seguir bien muertos y los vivos, mal que bien, viviendo, cada uno con los fantasmas de sus recuerdos al hombro y cada quien con su culpa o su pena, depende del bando en que le colocó la suerte.

Claro que, ahora, nos toca hablar de Grecia, la madre putativa de Occidente, y alegrarnos de que alemanes y franceses hayan accedido, una vez más, a tirar de chequera. La fiesta así  la sigue desde luego cualquiera. Y nosotros, que somos aprendices de griego en lo malo mucho más que en lo bueno, se nos esboza la sonrisa burlona porque, al final, si con Grecia hoy lo han hecho, pasado mañana seguro lo harán con nosotros mismos. Apuntámelo a la cuenta, Fermín, que aunque yo no te pague tengo un primo alemán que vendrá y lo hará por mí. Y luego ya veremos cómo se lo devuelvo a ese que, como es guiri, nada sabe de esta España de jolgorio y pandereta. Siempre puedo venderle otra isla, o una costa mediterránea entera, para que tueste sus carnes blancuchas mientras nosotros le servimos tinto y tortilla hasta que el germano reviente.

 Hace poco leía la comparación con la que el pobre primer ministro griego, Yorgos Papandreu, invocaba a la Odisea homérica para despertar el orgullo en su pueblo en estos momentos de bancarrota económica y, presumo, también, moral. En esa comparación, ciertamente oximorónica, Papandreu sería el intrépido, aunque involuntario, Ulises que se afana en regresar (eso sí, sin ninguna prisa) a Ítaca donde le aguarda la paciente Penélope tejiendo de día lo que después desteje por la noche para así mantener a raya a sus múltiples y ansiosos pretendientes. Ítaca sería en este contexto la propia Grecia y Penélope, pues la pobre ama de casa que mientras su marido anda de correrías por las innumerables islas del Egeo, se las ingenia para llenar la olla con que alimentar a sus hijos sin entregarse a la tentación del dinero fácil. Y claro, los tempestuosos pretendientes, pues esos muchos bancos que le prestaron a Ulises las perras para hacer la guerra en Troya y ahora quieren cobrarse en carne lo que saben que nunca recibirán en dinero. Y hete aquí que Papandreu, como un aguerrido Ulises de nuestro tiempo, consigue primero engañar a Polifemo (entiéndase aquí el BCE o el FMI) tras cegarle su único ojo (con el que apunta las deudas) y regresar luego triunfal  a Ítaca, hipotecada la balsa y aún el propio cuero que le cubre las vergüenzas.Y a todo esto, Penélope le recibe con los brazos abiertos y una sopa caliente, para reposo del guerrero que no entiende de deudas ni de pagarés ni cuernos.

Y es que cuando los alemanes no eran más que unas tribus de bárbaros, los helenos ya habían inventado las más sutiles argucias con que engañar a Polifemo, ese cíclope de las finanzas que nunca podrá con un griego. Y claro, de Ulises los españoles aprendimos a ser pícaros y a empufarnos a sabiendas de que, pagar pagar, es posible que nunca paguemos. Trabajar, como inventar, es el oficio de otros. El nuestro, como el de Ulises, sobrevivir sin hincarla.

Pero que apague la luz y cierre la puerta el último.

P.D. Te preguntarás con razón, lector, qué tiene que ver Garzón con Ulises y Polifemo, y aun con el Banco Central Europeo. Pues muy sencillo: Ulises es el mangante que a cuento de una guerra para rescatar a la hermosa Helena de las garras del lúbrico Paris abandona hogar y patria y se dedica a fundirse los dineros que no son suyos en un prolongado crucero por las aguas del Egeo; Polifemo, como un Garzón de la Grecia clásica, le echa el guante y le pone a la sombra de su cueva hasta que pague sus deudas. Pero Ulises, pícaro de pícaros, le ciega con múltiples pleitos que socavan su fortaleza, como a Garzón sus demonios. Y el BCE, pues el paganini de turno que se queda con los platos rotos y, a fin de que el carrusel no pare, decide correr un tupido velo sobre todo el asunto y darle a la máquina de imprimir más dinero, que después de todo le sale gratis. Y así, garzones, ulises y polifemos siguen la jarana hasta que el cuerpo aguante. Y el de griegos e hispanos suele por lo general aguantar mucho. Como la chequera de los alemanes.

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