Le robo a mi sueño unas horas para volver a este blog que para mí representa mi diario del exilio, yo que nunca he sido capaz de mantener un diario, y aunque los párpados se me cierren de puro sueño (ya te conté antesdeayer los trajines del final del semestre), no me resisto a regresar a esta página que sólo unos pocos fieles leéis. Ya te he hablado del curso sobre Cormac McCarthy que acabo de terminar. La novela con la que hemos concluido el seminario ha sido La carretera, una historia harto simbólica que nos habla sin tapujos del futuro que nos aguarda, a nosotros o a nuestros hijos, si nos dejamos llevar por el conformismo consumista que tan cómodo nos resulta. En esa novela, McCarthy nos adentra de forma sobrecogedora en el mundo después de la gran hecatombe, un paisaje implacable de cenizas incompatible con la vida, aunque algunos humanos se empeñen en sobrevivir a toda costa, no dudando en practicar el canibalismo y la esclavitud, entre otras muchas aberraciones que revelan el grado de bestialismo en que hombres (y mujeres) podemos caer en la lucha desesperada por la supervivencia.
No llegamos a conocer la causa de tamaña devastación, lo que la hace la hace de algún modo más terrible. Y claro, uno quisiera pensar que se trata de una metáfora de talante ecológico con la que McCarthy nos quiere hacer reflexionar sobre los abusos sistemáticos a los que sometemos a nuestro planeta, pero que obviamente nunca va a pasar. Todos nosotros, no nos engañemos, participamos en ese juego de aniquilación, por muy conservacionistas que nos creamos. Reciclamos, sí, pero con ello nos consideramos autorizados a consumir sin medida. A veces hacemos incluso donaciones a Greenpeace, pero con ello calmamos nuestra mala conciencia y acto seguido nos lanzamos al centro comercial a hacerle sangre a la tarjeta de crédito. Y así podría continuar. Somos pues todos culpables de este desaguisado que estamos cometiendo con la tierra, sin pararnos a pensar en la herencia que les vamos a dejar a los que vengan detrás, una verdadera tierra baldía que el poeta T. S. Eliot ya alcanzó a profetizar al enfrentarse a los horrores de la primera guerra mundial.
Y la tierra parece rebelarse, como si padeciese una aerofagia descomunal que le obliga a expulsar gases y fluidos por sus esfínteres (perdón por lo escatológico de esta comparación). Uno piensa en el dichoso volcán islandés que no para de regurgitar esas cenizas que traen de cabeza a las líneas aéreas, y desde luego uno se alegra por las masivas emisiones tóxicas que los aviones dejan de echar a la atmósfera..., hasta que de repente caes en la cuenta de que dentro de pocos días tienes que volar a España y a lo mejor el dichoso volcán te hace la puñeta. Y ahí se acaba toda conciencia ecológica. Del mismo modo, observas con angustia la diarrea incontenible de ese pozo que no para de escupir y que en poco tiempo va a convertir las aguas del Caribe en un mar de petróleo, y te entran ganas de llorar, sobre todo cuando ves que la mancha se dirige inexorable a las costas de Luisiana (acaso para rematar la tarea que Katrina dejó sin completar). Pero al cabo, tu mente materialista te hace caer en la cuenta de que ese vertido puede provocar una subida incontrolable del precio de la gasolina y pones el grito en el cielo, pues nos es un líquido tan necesario como el agua que bebemos. Y es que resulta bastante lógico: si BP tiene que hacer frente a los incalculables gastos que va a acarrear la limpieza de las costas y las indemnizaciones millonarias que tendrá que pagar, tarde o temprano todas las petroleras se guardarán las espaldas ante posibles futuros estropicios aumentando los precios de los productos que comercializan. Es la ley del mercado.
Y así, lector amigo, me veo tan cómplice de este juego infame tanto como el que más. Ni uso la bicicleta, ni camino a mi puesto de trabajo, ni me ilumino con velas, ni me privo de una cerveza (enlatada, claro), ni estoy dispuesto a pedalear para que el avión se mueva, ni escatimo el agua para regar el césped (a pesar de que Laredo está a las puertas del desierto), ni cocino con leña, ni me visto con paños respetuosos con el medio ambiente, ni cultivo libres de pesticidas y abonos minerales los vegetales que me como, ni me privo del aire acondicionado (claro que aquí, con más de cuarenta grados de temperatura media de abril a noviembre, sería francamente locura), ni, en fin, dejo de escribir en mi ordenador (que también consume), entradas como ésta.
¡Y es que, realmente, soy un hipócrita!
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