miércoles, 5 de mayo de 2010

Las barbas del vecino

Hablaba ayer de los griegos y hoy, para mi propio espanto, compruebo que el sainete de los ulises y polifemos se ha tornado en tragedia, griega para ser más exactos. Claro, tres muertos son muchos o pocos según uno los cuantifique frente a las víctimas de una guerra mundial o frente a las de una reyerta en una familia de bien. Un accidente de coche suele llevarse por delante a tantos o más sin que nadie se eche las manos a la cabeza, salvo los más allegados. Mientras los muertos sean otros, o de otros, la verdad es que a los demás nos importa un carajo. Parece ser, es más, que los muertos en Grecia eran empleados de un banco, y uno se queda pensando si no será la justicia poética la que ha intervenido en semejante escabechina. Por fin los bancos parecen recibir lo que de verdad se merecen: fuego y piedras. Tenemos un buen ejemplo con la entrada de Jesús en el templo para desbandar a mercaderes y usureros a golpe de látigo (si bien el mismo Jesús se comprometió a reconstuir el templo en tan sólo tres días, magnífico ejemplo de cómo el capitalismo es capaz de reinventarse a sí mismo, aunque ese es desde luego otro cuento). El caso es que de ayer a hoy son tres menos los griegos a compartir el botín que pronto el pueblo heleno arrebatará a los bárbaros germanos.

Pero parece extraño, y yo soy el primer culpable, que nadie nos preguntemos de dónde proviene ese tesoro que los alemanes sólo a regañadientes se disponen a compartir. Todos pensamos con buena fe que es el resultado lógico del trabajo honesto y del afán por ahorrar de todo el pueblo germánico. Y yo desde luego no tengo argumentos para contradecir tal aseveración. De hecho, mis amigos alemanes son todos hombres y mujeres rectos (aunque amigos, por qué no, de una buena juerga), que no conciben escaquearse en el trabajo, ni menos aún alegar una enfermedad repentina para tomarse un lunes o un viernes de fiesta. Calvino y Lutero caerían sobre ellos con toda su furia. Y, sin embargo, a mí se me hace extraño que nadie nunca antes haya puesto el grito en el cielo porque esos griegos vividores se estuvieran puliendo el presupuesto de toda la Unión Europea. Como tampoco nunca antes se escucharon más allá de melifluas advertencias a españoles y portus porque nuestro tren de vida fuera mucho más rápido que nuestra capacidad de ingresos. El secreto, pues que portus, españoles y griegos consumíamos productos de manufactura germánica y, además, finianciabamos nuestras deudas más o menos directamente con capital alemán. Ese, no lo olvidemos, fue el secreto nunca revelado de porqué la Europa del norte se avino a aceptar como socios a esos países del sur que, aunque europeos espurios, constituían un mercado cautivo donde vender lo que otros países cada vez adquirían menos. Así es el cuento: yo te presto para que compres lo que yo te vendo. Pero, ¡ay!, que no se te ocurra dejar de pagar religiosamente, pues no sólo te cierro el chorro del dinero, sino que además te embargo bienes e incluso personas. Nada importa que te hayas quedado en paro, o que la desgracia se haya cebado en ti y en los tuyos. Y si te presto más, que sepas que te va en ello tu honor y tu dignidad, además de lo mucho o lo poco que aún te pueda quedar...


Es como la triste historia del drogadicto: primero un trapichero con modales de amigo le vende a bajo precio, o incluso le regala, dosis de droga que poco a poco seducen al incauto hacia una adicción de la que después nunca podrá salir. Claro, la culpa exclusiva es del incauto incapaz de decir que no a esa seducción falsaria. Ninguna duda me cabe de ello. Pero el trapichero, tanto como el que produce la droga, no se ven libres tampoco. Cuando a un muerto de hambre le ofreces un trozo de pan a cambio de sus riquezas futuras, el hambriento no lo duda. Como tampoco duda un padre de familia en comprar una casa donde guarecer a su familia, aunque ello le condene a una hipoteca perpetua. Y así se escribe la historia.

Pero el motivo de esta entrada es otro: escuchaba el otro día al presidente del gobierno español unas declaraciones rotundas donde dejaba bien claro que Grecia no es España, ni nunca lo será. Nuestras cuentas están sanas, y nuestros ancianos y nuestros parados nada pesan en la factura estatal. Y nuestros funcionarios, dechados de profesionalidad, ya están taladrando un nuevo agujero en sus cinturones porque ellos están bien dispuestos a pagar los platos rotos. Y no hablemos de nuestros banqueros, que ya han diseñado estrategias para repartir sin duelo entre el pueblo llano los beneficios que, a pesar de la crisis, no les dejan de llegar. Y el empresario ya ha dicho que nunca más evadirá un céntimo y que hacienda somos todos, especialmente a la hora de conceder subvenciones. Y como el turismo está en auge, ahora que por estética los hosteleros han decidido retirar de la bandeja en que se sirve la factura el puñal trapero; y como la industria patria de panderetas experimenta un auge inusitado, ahora que todos los chinos han aprendido a hacer pedorretas a ritmo de villancico. Y porque, en fin, los toros y la sangría no han dejado de vender, pues la economía patria va a empezar a crecer y crecer..., para poder seguir comprando, qué se le va a hacer, más productos germanos (o chinos o americanos, lo mismo da).

Claro que las bolsas, esas entes maquiavélicas de la especulación, parecen haberle hecho un corte de mangas a nuestro ínclito presidente, y aun a toda la Unión Europea. Y el bochorno, dicho sea de paso, nos salpica a todos nosotros. Es como si los políticos hablarán en una jerga que en realidad dice lo contrario de lo que en apariencia expresa.

Y así se me ocurre que, cuando las barbas del vecino veas pelar, vayas poniendo las tuyas a remojar. Sobre todo si un político nos anuncia que eso nunca ocurrirá.Claro que, los muertos, siempre los suelen poner los mismos, y las víctimas de Grecia no eran propietarios del banco, sino simples asalariados.

¡Ni uno más!

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