domingo, 13 de junio de 2010

Primer capítulo de una posible novela por entregas

Lectores amigos, os incluyo aquí el primer capítulo de una novela que lleva en ciernes desde hace varios (bastantes) años, pero que decidí arrinconar al ver que un escritor publicaba otra novela con escenario similar, aunque de trama nada relacionada, que para más inri lleva el título de El manuscrito de piedra. Lo escribí postrado en cama con una puñetera hernia discal que me produjo padecimientos sin fin, como mis más allegados conocen bien. Si os parece que la cosa merece la pena de proseguir, pues a lo mejor con la ayuda de las musas me pongo a ello.


LAS PIEDRAS DEL SILENCIO


Manuel Broncano



PRIMERA PARTE



Salamanca, 1484





CAPÍTULO 1


La primera vez que cruzó el umbral de los hermanos Centenera, el bachiller Pedro de Villamayor penetró en un universo mágico y misterioso al que habría de regresar  después muchas veces, como atraído por un poderoso imán. La tienda de los Centenera era frecuentada sobre todo por estudiantes, pues allí encontraban, a fuerza de rebuscar, los textos más variopintos para sus estudios de teología y retórica. Y el bachiller se convirtió por un tiempo en el más asiduo de todos ellos. Quizá fuese la curiosidad de revolver entre los vetustos volúmenes y los polvorientos legajos que se apilaban sin orden ni concierto por toda la tienda, como montañas en cuyas entrañas se ocultaban tesoros de sabiduría olvidada. O quizá fuese la charla siempre entretenida que proporcionaban los Centenera en las perezosas mañanas que invitaban a Pedro de Villamayor a saltarse las aulas, que no eran pocas. Los malpensados dirían que la hija de Isaac y sobrina de Moisés, pues así se llamaban los dos libreros, una hermosa semita de ojos negros y mirada cautivadora, tenía mucho que ver con las frecuentes visitas del bachiller. Rebeca solía ayudar a los ancianos mercaderes a poner un poco de orden en la variopinta mercancía, donde los libros y los manuscritos no eran ni mucho menos lo único que se ofrecía a la venta. Había en la penumbra de aquella lonja los objetos más dispares, desde impensables instrumentos de alquimia hasta animales disecados de las más exóticas procedencias. Había también una extensa colección de cartas de navegación y mapas. Y al bachiller le gustaba husmear entre ellos tanto como entre los propios libros. Los mapas describían tierras remotas que el joven estudiante trataba de imaginar perdido como en un ensueño. En las cartas, se trazaban rutas interminables que bordeaban el mundo conocido, por el África negra y la península arábiga hasta las lejanas Indias del Oriente y el fabuloso reino del gran Khan, límite más lejano y borroso de la tierra firme, según describía Marco Polo en su libro de viajes, que el bachiller conocía casi de memoria. El Occidente estaba ocupado por un inmenso océano, un vacío sin fin que el estudiante imaginaba poblado de islas que él mismo descubriría para el mundo.  Había también mapas cosmológicos que señalaban la posición de los astros en el firmamento, y más de una noche, en la breve primavera o el ardiente estío de Salamanca, el bachiller contemplaba las estrellas tumbado en la hierba junto al azud del molino, tratando de dibujar en su cabeza un mapa imaginario que las contuviera a todas ellas. Las aguas del Tormes, ya menguadas por la sequía, se remansaban plácidamente en aquel recodo—donde muchos encuentros amorosos y algunas traiciones sangrientas habían tenido su escenario—y el bachiller gustaba del frescor de aquella umbría para entregarse a sus ensoñaciones.
            Las únicas lecciones que el bachiller Pedro de Villamayor nunca perdía eran las del doctor Modesto Ferrer, padre dominico cuyas clases de filosofía abarrotaban el aula, a pesar del horario temprano que en otro caso habría disuadido a los más pertinaces trasnochadores, algunos incluso llegados después de una noche de correrías. Dos veces por semana el doctor Ferrer hablaba de los filósofos clásicos, pero las más de las veces derivaba a los tiempos modernos y platicaba sobre los descubrimientos geográficos de portugueses y genoveses, describiendo un mundo que emergía gradualmente de las sombras gracias a los avances en las ciencias de la navegación y la cosmografía. Era el padre Ferrer un profesor interesado por los tiempos contemporáneos, más que por un pasado glorioso de griegos y latinos, que era el objeto de estudio de las mayoría de sus colegas de claustro. Por eso interesaba al alumnado. Sus clases terminaban siempre convertidas en debates sobre los asuntos más candentes del momento. Las opiniones del padre Ferrer rayaban en lo heterodoxo y las autoridades eclesiásticas mantenían sus actividades bajo permanente sospecha. Pero todos respetaban la enjundia intelectual del dominico. El bachiller estableció pronto una estrecha amistad con Ferrer y solía quedarse tras la clase para conversar con el maestro. A menudo le acompañaba de regreso al convento de San Esteban, cuando todavía la ciudad se estaba desperezando y algunos estudiantes rezagados trataban de llegar a la segunda clase. En las mañanas de mayo, el claustro de los Dominicos les proporcionaba a bachiller y maestro un excelente lugar donde continuar la discusión dejada en suspenso al acabar la clase. Entre el vuelo juguetón de los vencejos y el arrullo de algunas palomas que se arremolinaban en torno a ellos con la esperanza de recibir alguna dádiva en forma de mendrugo o granos de avena, lo que ocurría a veces, el doctor Ferrer se atrevía a expresar opiniones que en el aula podrían haberle puesto en serios aprietos con los censores eclesiásticos. Los temas más recurrentes en tales conversaciones eran la geografía y la cosmografía, ciencias ambas en las que el dominico era una autoridad reputada. Se empeñaba Ferrer, por ejemplo, en atacar a los astrólogos que utilizaban las estrellas para engañar con insostenibles predicciones a nobles y gobernantes ávidos de conocer los secretos del futuro. Atacaba también sin miramiento el sistema tolemaico que regía el pensamiento cosmográfico desde hacía siglos. Usaba en sus explicaciones una esfera armilar, artefacto que el bachiller nunca había visto, aunque después habría de ver muchas veces uno similar en la librería, entre otros arcanos instrumentos de observación y medición celeste. Y fue esa la razón que le llevó al bachiller Pedro una tarde a la calle Libreros, donde los Centenera tenían su establecimiento. Iba, por recomendación de Ferrer, en busca del Almagesto, el libro en que el egipcio Tolomeo dio, desde la Alejandría del siglo II de nuestra era, una explicación matemática del universo aceptada como inamovible durante siglos.
            -Si quieres cuestionar una teoría, debes primero conocerla en profundidad, aunque tu intuición te diga de antemano que es errónea –le había aconsejado el dominico, cuyas palabras nunca caían en saco roto con el bachiller-. Cuando se contempla la inmensidad del firmamento, a duras penas puede uno creer que todo gira en torno a la tierra.
            -Desafiar en público tal creencia bien podría llevaros a la hoguera, padre Ferrer –respondió con cierta ironía el bachiller-. Hay muchos ojos y muchos oídos dispuestos a ganarse el favor de los censores y ningún modo mejor que denunciar a un religioso por hereje.
            El silencio fue toda la respuesta del dominico.
            La librería estaba muy concurrida esa tarde, pues era el mes de octubre y comenzaba un nuevo curso, por lo que los estudiantes adquirían apresurados los textos y manuales que iban a usarse en las aulas, la Política de Aristóteles, o quizá El ser y la esencia de Santo Tomas,  además de tratados de oratoria y gramática. El que buscaba no era un libro habitual y, por mucho que revolvió el bachiller, no lograba encontrarlo. Aunque la imprenta era todavía un invento joven, toda Europa se ha había ya inundado de obras impresas y por primera vez el conocimiento trascendía los muros de los monasterios donde se había escondido durante muchos siglos. No sólo podían adquirirse las obras clásicas, sino también las de los nuevos teólogos y pensadores que estaban avivando nuevos vientos en la anquilosada Europa. Mientras rebuscaba el volumen, no dejaba el bachiller Pedro de pensar en lo afortunado que era de haber nacido en tan prodigiosa época, que parecía despertar entre bostezos de un largo sueño secular para descubrir con el asombro de un niño un mundo maravilloso y bello. Desde hacía algunos años Salamanca contaba ya con imprenta y de ella habían salido obras célebres, como la Gramática de la lengua castellana, de Elio Antonio de Nebrija. La tienda fue poco a poco vaciándose de compradores y curiosos, hasta que al fin el bachiller se encontró a solas con los dos hermanos. Por el angosto ventanuco del establecimiento penetraba la luz rosada del atardecer salmantino.
            -Busco un libro que no encuentro.
            -Son muchos más los libros que no tenemos que los que tenemos en este humilde negocio –dijo Isaac Centenera, inclinado sobre un ancho volumen cuya cubierta trataba de remendar-. Pero, decidnos, ¿qué título buscáis?
            -El doctor Modesto Ferrer me urgió esta mañana a leer el Almagesto de Tolomeo, una obra que no goza del favor de mi maestro, aunque respeta su rigor argumental. Dice que sólo podemos demostrar errónea una teoría si la conocemos bien.
            Al escuchar esas palabras, Moisés Centenera abandonó lo que estaba haciendo y se acercó al mostrador, como sorprendido por el título que acababa de oír, y quizá por el nombre del doctor dominico.
            -Es un libro muy raro el que buscáis y no lo vais a encontrar a la venta aquí, y dudo que en ninguna otra librería de Salamanca –dijo el librero con tono de saber bien lo que decía-. Yo poseo un ejemplar en griego, una edición impresa en Rótterdam que adquirí en un viaje por Europa… ¿Pero no leéis griego, supongo? –preguntó al fin, como seguro de la respuesta que iba a oír.
            -Tengo modestos conocimientos y he leído textos de Aristóteles y Platón en su lengua. Soy bachiller por Salamanca y el griego es una disciplina de obligado estudio –respondió con evidente orgullo Pedro de Villamayor.
            -Se trata de un volumen de mi biblioteca personal y no puedo vendéroslo, pero sí os lo puedo arrendar durante una semana si prometéis devolverlo en plazo y hora en el mismo estado en que os lo entrego –le ofreció Moisés, quizá sorprendido por el entusiasmo y la preparación de aquel estudiante que nunca antes había visto.
            Al joven bachiller se le iluminó el rostro al oír la oferta y se deshizo en encomiosas expresiones de agradecimiento. Acordado el precio, extendieron un recibí:

Yo, Pedro de Villamayor, Bachiller, Hijo de Lorenzo, Cantero Mayor de la santa Catedral, recibí en préstamo de Moisés Centenera, Librero, el volumen del Almagesto de Tolomeo, y prometo por mi honra y honor devolverlo en plazo y hora en el estado en que hoy se me entrega.
Dado en Salamanca, a veinticinco de octubre de mil cuatrocientos ochenta y cuatro

            Moisés Centenera tomó el recibo y leyó despacio el nombre del joven y el de su padre. Al ver que se trataba del hijo del cantero mayor de la catedral, el librero le miró con ojos interesados.
            -Conozco a vuestro padre, Lorenzo de Villamayor. Más de una vez ha visitado nuestro humilde establecimiento y ha adquirido algunos volúmenes de arquitectura y pintura. A pesar de sus orígenes, es un hombre culto y prudente.
            -Mi padre es un artesano que gusta de aprender sobre su oficio –respondió Villamayor, halagado por aquel comentario sobre Lorenzo de Villamayor-. En nuestra aldea tiene una extensa colección de obras que ha ido comprando a libreros ambulantes. Algunas son muy raras y no ha querido traerlas a la ciudad.
            -Ah, veo que os habéis mudado a Salamanca. Cuando vuestro padre venía a la ciudad a hacer algún trabajo o al mercado, solía visitarnos, aunque desde hace algún tiempo no le vemos por aquí. Decidle que los hermanos Centenera, libreros, esperan que los vuelva a honrar con su visita. Hemos recibido de Florencia unos volúmenes sobre el nuevo arte que allí hacen y a buen seguro serán del interés de vuestro padre.
            -Sí, hará cosa de un mes el  cabildo mandó llamar a mi padre.  Quieren que participe en el proyecto de la nueva catedral. Nos hemos trasladado toda la familia, así que ya no tengo que desplazarme a mi aldea todos los días al acabar las clases. Mi padre trabaja por el momento en la restauración de algunos templos –fue la prolija explicación que dio el bachiller, contento de poder intimar con el librero.

            Pedro de Villamayor salió de la librería cuando ya la noche casi se había apoderado de Salamanca y llevaba una extraña sensación consigo, no por temor a encuentros peligrosos en la oscuridad, pues él era ave nocturna, sino por algo indefinido que le había dejado aquella tienda como un perfume del que no se podía desprender. Le había sorprendido la disposición del librero a prestar un libro de su propia biblioteca, encuadernado en costosa piel y primorosamente impreso, con ilustraciones llenas de círculos y cifras algebraicas que trazaban un entramado cabalístico más allá de la comprensión del bachiller. Quizá fuera tan sólo el precio del alquiler, pues al fin y al cabo aquello era un negocio, pero no era una cantidad tentadora como para arriesgar aquel volumen que su dueño parecía tener en muy alta estima, a juzgar por el mimo con que se lo entregó al joven, a quien no conocía absolutamente de nada. La única credencial del bachiller había sido la mención del doctor Modesto Ferrer y bien es cierto que el gesto de aquel anciano librero pareció cambiar al escuchar el nombre de su maestro. La ciudad ya se había sumido en la negrura y un viento frío recorrió la calle de Libreros, en algunos tramos iluminada por el resplandor sin vida de ventanas tras las que se adivinaban candelas de sebo cuyo reflejo trazaba sinuosas sombras sobre el empedrado de la calle. Algunos rezagados iban con paso ágil y asustado de regreso a casa. El bachiller se embozó en la capa, se caló el sombrero y con el libro bajo el brazo se dirigió a una pequeña taberna de la Rúa donde los parroquianos solían ser estudiantes de poca fortuna que a duras penas reunían suficiente para compartir una jarra de vino peleón, que en seguida les encendía el rostro y les volvía locuaces y bromistas. El local estaba casi vacío a aquella hora, pues los maridos ya habían vuelto a sus hogares después de apurar el último vaso y los estudiantes cenaban en sus fondas antes de aventurarse en la noche salmantina. El dueño charlaba con un solitario cliente que sostenía el vaso con la parsimonia y el saber hacer del bebedor contumaz y apuraba a pequeños sorbos el contenido. Villamayor se acercó a la barra y con un gesto pidió lo de siempre. El dueño le sirvió y regresó junto al bebedor solitario y reanudaron la charla. Como buen tabernero salmantino, aquel comerciante de vinos conocía los secretos mejor guardados de la ciudad, donde la universidad lo dominaba todo. Los asuntos del claustro trascendían de inmediato los muros universitarios y se convertían en pasto del cotilleo entre las patronas que hospedaban a los estudiantes y de ahí llegaban al mercado, donde hasta la última verdulera opinaba sobre la siguiente elección a rector. Pero el tabernero escuchaba confidencias hechas al calor de unas rondas de aguardiente que muy pocos mortales sabían y por las que muchos habrían pagado un buen precio. Y de hecho pagaban. Siempre que se aproximaba el once de noviembre, fecha señalada en el calendario académico para la elección a rector, la taberna se llenaba de docentes que conjuraban sus fuerzas para encumbrar a un candidato proclive a sus intereses. Eran, sin embargo, los estudiantes los más activos promotores de tal o cual de los que se postulaban al cargo. Ser rector de Salamanca era cosa de ellos sobre todo, pues cada año un estudiante ostentaba el mando de la universidad, que era como decir el gobierno de la ciudad. Y aunque no participaban directamente en la elección, pues era cosa del rector saliente y sus consejeros nombrar a su sucesor, estudiantes y docentes tenían mucho peso en la decisión final.
            Terminaba de apurar su vaso Villamayor con intención de regresar a casa cuando un desconocido entró en la taberna y su fue directo a él. Al acercarse más pareció no obstante titubear, como si no reconociera la cara del bachiller. Le miró unos instantes con ojos fríos y rasgados como los de un zorro y, seguro ahora de su error,  se situó a escasos metros en la barra. Desde allí se intercambió una mirada con el tabernero y éste se acercó con una jarra ya en la mano. Los dos se pusieron a hablar en tono confidencial, pero la taberna casi vacía servía con sus sólidos muros abovedados de caja de resonancia que hacía audible cualquier murmullo. Aunque el bachiller hojeaba las ilustraciones del Almagesto, sus oídos estaban puestos en aquella conversación:
            -¿Os ha visitado hoy don Juan de Benavente? Estoy citado con él, pero me ha retrasado un altercado en el puente, al parecer un mendigo atropellado por un carro. Vengo de Tejares, de cumplir un encargo suyo –fueron las palabras del recién llegado, que parecían buscar la aprobación del tabernero.
            -Don Juan no ha venido aún, pero si el infante de Benavente ha citado a vuestra merced, tened por seguro que acudirá. Tomad asiento y os serviré algo de cena mientras esperáis.
            El desconocido volvió a lanzar una mirada penetrante al bachiller mientras se despojaba de la capa. Tenía la cara picada de viruelas y una cicatriz le cruzaba el labio superior, como si fuera una liebre. Su edad resultaba indefinida, como la de una máscara de cera. Se sentó junto a una mesa en un rincón donde la luz apenas llegaba y desde allí se puso a vigilar la puerta. Al ver que no llegaba ninguno de sus conocidos, Pedro de Villamayor dejó una moneda en la barra y se despidió del tabernero con otro gesto, como si en aquel lugar reinara un código no hablado que sólo los iniciados conocían. La noche y el viento le envolvieron al salir y el frío se le colaba por los resquicios de la capa. La luna iluminaba las calles con un fulgor plateado y frío y Salamanca parecía como presa de un encantamiento. Aún le costaba encontrar el camino a su nueva casa y bajo aquella luz fantasmagórica apenas reconocía las callejuelas desiertas. Se cruzó con tres jinetes que parecían dirigirse a la taberna de la que él venía, y pensó que bien podría tratarse de aquel Juan de Benavente que mencionó el desconocido. Su nombre le resultaba familiar al bachiller, pues era uno de los que más sonaban como nuevo rector. El eco de los cascos se perdió entre las revueltas de las callejuelas y el bachiller se vio envuelto de nuevo en sombras calladas y frías como la luna a lo lejos. Al cabo encontró el caserón que su padre había arrendado al cabildo catedralicio para estar cerca de las obras del nuevo templo. El golpe seco de la aldaba convocó a un criado somnoliento que le franqueó la entrada y cerró luego con otro golpe seco el portón tras él. Guiado por una vela mortecina se dirigió el bachiller a su cuarto.

Blancanieves y el recuerdo

Hace muchos días te contaba algunos de mis recuerdos de la tierna infancia que, bien pensado, llamamos tierna porque nuestros cuerpos no están en esos años todavía endurecidos por el tiempo y las cicatrices, físicas y anímicas, que conlleva la vida, porque por lo demás de tierna tiene la infancia poco. Te hablaba en aquella entrada de un personaje que siempre he recordado con entrañable afecto, ese Blancanieves carbonero que marcaba el ritmo de mis días de niño con su regular tránsito, carretillo en mano, arriba y abajo de la calle donde transcurría mayormente mi existencia. En mi última entrada te hablé también de la reunión familiar que pudimos celebrar con motivo de mi visita a Salamanca, punto de referencia de todos nosotros. El caso es que, preguntando a mis hermanas, ninguna de las dos tenían el más mínimo recuerdo de mi Blancanieves, y eso que ellas mismas así lo habían bautizado en honor a su permanente tizna. Fue grande mi sorpresa, pues me parece imposible no recordar tan peculiar persona, sobre todo su sonrisa permamente y su gesto que revelaba ser incapaz de hacer daño ni al mismo carbón que trasladaba en su añosa carretilla.

Por supuesto, lo que conservamos en nuestra imperfecta memoria es siempre algo individual e intransferible, sobre lo que psicólogos y psicoanalistas has escrito abundantemente. La naturaleza del recuerdo es, no lo ignoro, caprichosa y selectiva. Cada cual guardamos lo que nuestro cerebro tiene a bien seleccionar para el archivo que constituye la memoria, disco duro al fin y al cabo donde sólo caben cierto número de bites y donde existe una pugna constante por sobreerscribir unos recuerdos en otros, pues la mente no es sino un palimpsesto  como el de los antiguos escribas, obligados a escribir sobre lo que otros habían escrito pues el material, ya fuera papiro o vellocino o cualquier otro vehículo de conservación de la memoria, era siempre escaso. ¡Como han cambiado los tiempos, me digo, pues en un simple blog albergado en las entrañas de vaya usted a saber que servidor, puede uno regurgitar sus caprichos filosóficos sin más límite que el que uno mismo se impone!

El caso, y a esto viene esta entrada, es que yo ya no sé si Blancanieves es producto de mi imaginación, o si de verdad aquel personaje ocupó un espacio en mi infancia. Pero sea como fuere, Blancanieves pervive en mi recuerdo con la intensidad de un ser cercano y bondadoso, aunque no recuerdo haber intercambiado con él palabra alguna, más allá de una sonrisa u otro gesto de reconocimiento mutuo.

Y es que la memoria, ahora estoy seguro, es el espacio fértil de donde nace toda ficción, pues es el pasado el que informa nuestra comprensión de, y nuestra actitud hacia, el presente que de inmediato se torna dominio de la memoria.

Quizá, al fin y al cabo, no sea como dijo Descartes, "pienso luego existo", tanto como "recuerdo luego soy, o al menos he sido". Todo eso, claro, si no somos producto de un Borges que nos ha soñado ha todos.

Pero a Blancanieves, seguro estoy, nunca lo soñó Borges. Y a eso me aferro.

Hasta luego.

viernes, 11 de junio de 2010

De vuelta al exilio


Dos miembros de la organización Humane Borders rellenan los bidones-
CRISTÓBAL MANUEL, para El País

Sergio Adrián Hernández, el menor fallecido tras un disparo de un guardia estadounidense
de la frontera de El Paso (Tejas).- AP para El País



Vuelvo a mis tierras de frontera donde transcurre mi exilio voluntario tras un periplo por tierras españolas y, superado el dichoso jet-lag y los inconvenientes (bastante escatológicos) que suele acarrear, me reencuentro con este mi blog que he tenido silenciado muchos días, hasta el punto que los lectores (pocos pero fieles) seguro habréis pensado que he tirado la toalla, lo que espero no hacer porque estas reflexiones esporádicas me sirven para ordenar mi cabeza y así saber lo que de verdad pienso, cosa que no siempre me resulta fácil con el batiburrillo mental que es típico en mí. Además, desde que me he enterado, vía El País Dominical, que Maruja Torres se ha lanzado también al ruedo bloguero, pues como que uno se siente importante en este juego de confesiones y confidencias que el que quiere lée y el que no, pues deja, como las lentejas de mi madre. En fin, el caso es que estoy aquí de vuelta en mi casa de Laredo después de haber visitado mi casa de León (¿es posible tener dos hogares al mismo tiempo?) y de una breve estancia en Barcelona y otra en Alcalá, todo ello en el tiempo récord de dos semanas en las que tuve también ocasión de reunirme con mi familia al completo en una entrañable jornada de domingo. Los cinco hermanos y hermanas, por primera vez en muchos años, pudimos celebrar junto a mi madre un reencuentro que pervivirá para siempre en mi memoria. Estaban también nuestras esposas y maridos, además de nuestros hijos y casi todos nuestros sobrinos, y también Marita, que representó a nuestra familia sevillana como si estuvieran todos ellos también con nosotros. Fue un día soleado como los que Salamanca a veces te regala y las ensaladas y las carnes a la brasa fueron contrapunto delicioso a una fiesta donde las palabras no fueron necesarias para corroborar nuestros sentimientos. Y es que no hay exilio que borre lo que uno siente por los suyos, por mucha que sea la distancia y mucho el tiempo transcurrido entre encuentro y encuentro.

Me he permitido colgar en esta entrada dos fotografías tomadas de las ediciones digitales de El País de los últimos días. Espero que el periódico no emprenda acciones legales contra mí por ello, pues lo hago sin fin crematístico y con ánimo de ahondar en una línea informativa que pocos periódicos, de aquí y de allí, abordan con seriedad. El caso es que las dos fotos representan la dualidad maniquea de este país al que, no lo dude nadie, he aprendido a amar, razón por la que ahora resido en él. Es una dualidad que se remonta a los momentos fundacionales de las colonias que llegarían con el tiempo a constituir los Estados Unidos de América. Los primero colonos de lo que hoy es Nueva Inglaterra fueron un grupo de disidentes religiosos que buscaban en el Nuevo Mundo una nueva Tierra Prometida donde llevar a cabo su sueño de crear una perfecta utopía donde la biblia sirviera de inspiración para todos los asuntos de la vida, desde la organización del sistema político y social hasta las normas de conducta y pensamiento. Era un proyecto fundamentalista e intolerante donde el otro, es decir, el indio (pero también el heterodoxo, el negligente, el que era capaz de criticar lo irracional de ciertas prácticas, y un largo etcétera) no tenía cabida. Son conocidos como los Puritanos, y su proyecto fue desde el principio crear una ciudad de la luz en medio de las tinieblas que representaba el bosque y sus diabólicos habitantes (de nuevo, los indios). Se consideraban a sí mismos el nuevo pueblo de Israel, el pueblo elegido, y Dios les había reservado América como su nuevo Canán. No pretendo ni mucho menos impartir aquí una lección de historia, pero a veces (si no siempre) recordar el pasado ayuda a entender el presente. El caso es que esa filigrana teológica permitió a los colonos puritanos, no sólo apropiarse de las tierras, sino expulsar de ellas a sus ocupantes originales, a menudo aniquilándolos como a demonios puestos allí por el diablo para estorbar su magna empresa. La cosa es demasiado conocida y no creo necesario repetirla.

Pero lo que a veces se ignora es que, junto a esa vena ultraortodoxa, intolerante y racista, surgió en paralelo otra que se negaba a aceptar postulados tan intransigentes y buscó otras vías de colonización que trataban de armonizar la presencia de los europeos con los que llevaban habitando esas tierras desde tiempos inmemoriales, Así, Roger Williams, defensor de la tolerancia religiosa,  rompió con la teocracia imperante y buscó refugio en lo que después fundaría como el estado de Rhode Island, donde promovería la estricta separación entre iglesia y estado y reivindicaría un trato justo con los indios Narragansett, que se convertirían en aliados incondicionales suyos en las posteriores guerras con los indios provocadas por los puritanos, Pero Williams es recordado sobre todo por  lo que probablemente sea el más valioso, y casi único, documento que rescata la lengua y la cultura de los indios de Nueva Inglaterra, el volumen titulado A Key into the Language of America, un esfuerzo que recuerda al de Bernardino de Sahagún con los aztecas por conservar una lengua y una cultura abocadas a la aniquilación irremediable. Podría hablaros aquí también de Thomas Morton, que fundó un asentamiento justo a las afueras de Boston donde celebraba grandes fiestas con los indios que escandalizaban terriblemente a los puritanos, pero de ello trataré otro día.

Y bien, sé que te estás preguntado, querido lector, qué demonios tiene todo esto que ver con las fotografías que he incluido en la cabezera de esta entrada. Lo explicaré brevemente. En la primera vemos a dos miembros de la ONG Humane Borders (fonteras humanas o humanitarias, podría traducirse), afanados en rellenar bidones de agua que se encuentran diseminados, gracias a sus esfuerzos, por todo el desierto de Sonora, uno de los más terribles del  mundo y que cruzan a diario decenas si  o cientos de inmigrantes ilegales en busca del sueño imposible de Norteamérica (si no la has visto, te recomiendo encarecidamente que busques y veas la película El Norte). Son los herederos de Roger Williams y de un sinfín de estadounidenses que nunca se han creído la patraña de la tierra prometida para el pueblo elegido. Por desgracia, los bidones de la esperanza aparecen a menudo cosidos a balazos o destrozados de cualquier otra forma. Son esos segundos, erigidos en voluntarios de la seguridad de las fronteras,  los descendientes de aquellos puritanos para quien el jardín edénico es sólo cosa suya.

Y ahí entra en juego la segunda foto. Es la de un joven de catorce años al que un día se le ocurrió jugar a la orilla del río Grande, e incluso lanzar unas piedras a los guardas fronterizos del otro lado, como los muchachos de Palestina hacen a menudo contra los tanques israelitas. Juego de adolescentes que terminó con un balazo en el cuerpo de Sergio. Truncada su vida, apagados sus sueños, eliminada su amenaza de algún día ser un espalda mojada que se atreva a cruzar las aguas de ese río que se atraviesa andando. Esos son también los descendientes de aquellos fundadores para quienes indios y bestias eran las mismas alimañas del demonio. Ciudad Juarez, desierto de Sonora, infierno del narcotráfico, esperanza vana de cruzar un hilo de agua que separa la abundancia de la extrema pobreza.

Hoy, asomado a las aguas de ese río que de Grande tiene poco, he sentido pasar como reguero de ignonimia la sangre de Sergio en su lento avanzar hacia el océano que quizá le procure la libertad que esta tierra de frontera le ha negado, por un par de piedras arrojadas sin maldad (o con maldad incluso, porque razones hay), para siempre.

Y eso si el petroleo de BP no se ensaña también con la desembocadura del río para atrapar el alma de Sergio y de todos los Sergios que fluyen en sus aguas.