Hace muchos días te contaba algunos de mis recuerdos de la tierna infancia que, bien pensado, llamamos tierna porque nuestros cuerpos no están en esos años todavía endurecidos por el tiempo y las cicatrices, físicas y anímicas, que conlleva la vida, porque por lo demás de tierna tiene la infancia poco. Te hablaba en aquella entrada de un personaje que siempre he recordado con entrañable afecto, ese Blancanieves carbonero que marcaba el ritmo de mis días de niño con su regular tránsito, carretillo en mano, arriba y abajo de la calle donde transcurría mayormente mi existencia. En mi última entrada te hablé también de la reunión familiar que pudimos celebrar con motivo de mi visita a Salamanca, punto de referencia de todos nosotros. El caso es que, preguntando a mis hermanas, ninguna de las dos tenían el más mínimo recuerdo de mi Blancanieves, y eso que ellas mismas así lo habían bautizado en honor a su permanente tizna. Fue grande mi sorpresa, pues me parece imposible no recordar tan peculiar persona, sobre todo su sonrisa permamente y su gesto que revelaba ser incapaz de hacer daño ni al mismo carbón que trasladaba en su añosa carretilla.
Por supuesto, lo que conservamos en nuestra imperfecta memoria es siempre algo individual e intransferible, sobre lo que psicólogos y psicoanalistas has escrito abundantemente. La naturaleza del recuerdo es, no lo ignoro, caprichosa y selectiva. Cada cual guardamos lo que nuestro cerebro tiene a bien seleccionar para el archivo que constituye la memoria, disco duro al fin y al cabo donde sólo caben cierto número de bites y donde existe una pugna constante por sobreerscribir unos recuerdos en otros, pues la mente no es sino un palimpsesto como el de los antiguos escribas, obligados a escribir sobre lo que otros habían escrito pues el material, ya fuera papiro o vellocino o cualquier otro vehículo de conservación de la memoria, era siempre escaso. ¡Como han cambiado los tiempos, me digo, pues en un simple blog albergado en las entrañas de vaya usted a saber que servidor, puede uno regurgitar sus caprichos filosóficos sin más límite que el que uno mismo se impone!
El caso, y a esto viene esta entrada, es que yo ya no sé si Blancanieves es producto de mi imaginación, o si de verdad aquel personaje ocupó un espacio en mi infancia. Pero sea como fuere, Blancanieves pervive en mi recuerdo con la intensidad de un ser cercano y bondadoso, aunque no recuerdo haber intercambiado con él palabra alguna, más allá de una sonrisa u otro gesto de reconocimiento mutuo.
Y es que la memoria, ahora estoy seguro, es el espacio fértil de donde nace toda ficción, pues es el pasado el que informa nuestra comprensión de, y nuestra actitud hacia, el presente que de inmediato se torna dominio de la memoria.
Quizá, al fin y al cabo, no sea como dijo Descartes, "pienso luego existo", tanto como "recuerdo luego soy, o al menos he sido". Todo eso, claro, si no somos producto de un Borges que nos ha soñado ha todos.
Pero a Blancanieves, seguro estoy, nunca lo soñó Borges. Y a eso me aferro.
Hasta luego.
domingo, 13 de junio de 2010
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