Dos miembros de la organización Humane Borders rellenan los bidones-
CRISTÓBAL MANUEL, para El País
Sergio Adrián Hernández, el menor fallecido tras un disparo de un guardia estadounidense
de la frontera de El Paso (Tejas).- AP para El País
de la frontera de El Paso (Tejas).- AP para El País
Vuelvo a mis tierras de frontera donde transcurre mi exilio voluntario tras un periplo por tierras españolas y, superado el dichoso jet-lag y los inconvenientes (bastante escatológicos) que suele acarrear, me reencuentro con este mi blog que he tenido silenciado muchos días, hasta el punto que los lectores (pocos pero fieles) seguro habréis pensado que he tirado la toalla, lo que espero no hacer porque estas reflexiones esporádicas me sirven para ordenar mi cabeza y así saber lo que de verdad pienso, cosa que no siempre me resulta fácil con el batiburrillo mental que es típico en mí. Además, desde que me he enterado, vía El País Dominical, que Maruja Torres se ha lanzado también al ruedo bloguero, pues como que uno se siente importante en este juego de confesiones y confidencias que el que quiere lée y el que no, pues deja, como las lentejas de mi madre. En fin, el caso es que estoy aquí de vuelta en mi casa de Laredo después de haber visitado mi casa de León (¿es posible tener dos hogares al mismo tiempo?) y de una breve estancia en Barcelona y otra en Alcalá, todo ello en el tiempo récord de dos semanas en las que tuve también ocasión de reunirme con mi familia al completo en una entrañable jornada de domingo. Los cinco hermanos y hermanas, por primera vez en muchos años, pudimos celebrar junto a mi madre un reencuentro que pervivirá para siempre en mi memoria. Estaban también nuestras esposas y maridos, además de nuestros hijos y casi todos nuestros sobrinos, y también Marita, que representó a nuestra familia sevillana como si estuvieran todos ellos también con nosotros. Fue un día soleado como los que Salamanca a veces te regala y las ensaladas y las carnes a la brasa fueron contrapunto delicioso a una fiesta donde las palabras no fueron necesarias para corroborar nuestros sentimientos. Y es que no hay exilio que borre lo que uno siente por los suyos, por mucha que sea la distancia y mucho el tiempo transcurrido entre encuentro y encuentro.
Me he permitido colgar en esta entrada dos fotografías tomadas de las ediciones digitales de El País de los últimos días. Espero que el periódico no emprenda acciones legales contra mí por ello, pues lo hago sin fin crematístico y con ánimo de ahondar en una línea informativa que pocos periódicos, de aquí y de allí, abordan con seriedad. El caso es que las dos fotos representan la dualidad maniquea de este país al que, no lo dude nadie, he aprendido a amar, razón por la que ahora resido en él. Es una dualidad que se remonta a los momentos fundacionales de las colonias que llegarían con el tiempo a constituir los Estados Unidos de América. Los primero colonos de lo que hoy es Nueva Inglaterra fueron un grupo de disidentes religiosos que buscaban en el Nuevo Mundo una nueva Tierra Prometida donde llevar a cabo su sueño de crear una perfecta utopía donde la biblia sirviera de inspiración para todos los asuntos de la vida, desde la organización del sistema político y social hasta las normas de conducta y pensamiento. Era un proyecto fundamentalista e intolerante donde el otro, es decir, el indio (pero también el heterodoxo, el negligente, el que era capaz de criticar lo irracional de ciertas prácticas, y un largo etcétera) no tenía cabida. Son conocidos como los Puritanos, y su proyecto fue desde el principio crear una ciudad de la luz en medio de las tinieblas que representaba el bosque y sus diabólicos habitantes (de nuevo, los indios). Se consideraban a sí mismos el nuevo pueblo de Israel, el pueblo elegido, y Dios les había reservado América como su nuevo Canán. No pretendo ni mucho menos impartir aquí una lección de historia, pero a veces (si no siempre) recordar el pasado ayuda a entender el presente. El caso es que esa filigrana teológica permitió a los colonos puritanos, no sólo apropiarse de las tierras, sino expulsar de ellas a sus ocupantes originales, a menudo aniquilándolos como a demonios puestos allí por el diablo para estorbar su magna empresa. La cosa es demasiado conocida y no creo necesario repetirla.
Pero lo que a veces se ignora es que, junto a esa vena ultraortodoxa, intolerante y racista, surgió en paralelo otra que se negaba a aceptar postulados tan intransigentes y buscó otras vías de colonización que trataban de armonizar la presencia de los europeos con los que llevaban habitando esas tierras desde tiempos inmemoriales, Así, Roger Williams, defensor de la tolerancia religiosa, rompió con la teocracia imperante y buscó refugio en lo que después fundaría como el estado de Rhode Island, donde promovería la estricta separación entre iglesia y estado y reivindicaría un trato justo con los indios Narragansett, que se convertirían en aliados incondicionales suyos en las posteriores guerras con los indios provocadas por los puritanos, Pero Williams es recordado sobre todo por lo que probablemente sea el más valioso, y casi único, documento que rescata la lengua y la cultura de los indios de Nueva Inglaterra, el volumen titulado A Key into the Language of America, un esfuerzo que recuerda al de Bernardino de Sahagún con los aztecas por conservar una lengua y una cultura abocadas a la aniquilación irremediable. Podría hablaros aquí también de Thomas Morton, que fundó un asentamiento justo a las afueras de Boston donde celebraba grandes fiestas con los indios que escandalizaban terriblemente a los puritanos, pero de ello trataré otro día.
Y bien, sé que te estás preguntado, querido lector, qué demonios tiene todo esto que ver con las fotografías que he incluido en la cabezera de esta entrada. Lo explicaré brevemente. En la primera vemos a dos miembros de la ONG Humane Borders (fonteras humanas o humanitarias, podría traducirse), afanados en rellenar bidones de agua que se encuentran diseminados, gracias a sus esfuerzos, por todo el desierto de Sonora, uno de los más terribles del mundo y que cruzan a diario decenas si o cientos de inmigrantes ilegales en busca del sueño imposible de Norteamérica (si no la has visto, te recomiendo encarecidamente que busques y veas la película El Norte). Son los herederos de Roger Williams y de un sinfín de estadounidenses que nunca se han creído la patraña de la tierra prometida para el pueblo elegido. Por desgracia, los bidones de la esperanza aparecen a menudo cosidos a balazos o destrozados de cualquier otra forma. Son esos segundos, erigidos en voluntarios de la seguridad de las fronteras, los descendientes de aquellos puritanos para quien el jardín edénico es sólo cosa suya.
Y ahí entra en juego la segunda foto. Es la de un joven de catorce años al que un día se le ocurrió jugar a la orilla del río Grande, e incluso lanzar unas piedras a los guardas fronterizos del otro lado, como los muchachos de Palestina hacen a menudo contra los tanques israelitas. Juego de adolescentes que terminó con un balazo en el cuerpo de Sergio. Truncada su vida, apagados sus sueños, eliminada su amenaza de algún día ser un espalda mojada que se atreva a cruzar las aguas de ese río que se atraviesa andando. Esos son también los descendientes de aquellos fundadores para quienes indios y bestias eran las mismas alimañas del demonio. Ciudad Juarez, desierto de Sonora, infierno del narcotráfico, esperanza vana de cruzar un hilo de agua que separa la abundancia de la extrema pobreza.
Hoy, asomado a las aguas de ese río que de Grande tiene poco, he sentido pasar como reguero de ignonimia la sangre de Sergio en su lento avanzar hacia el océano que quizá le procure la libertad que esta tierra de frontera le ha negado, por un par de piedras arrojadas sin maldad (o con maldad incluso, porque razones hay), para siempre.
Y eso si el petroleo de BP no se ensaña también con la desembocadura del río para atrapar el alma de Sergio y de todos los Sergios que fluyen en sus aguas.


Pido permiso para unirme al grupo de los "pocos pero fieles". y al mismo tiempo agradecer,poder compartir este blog, que es un regalo de sensaciones.
ResponderEliminarGracias