Te sonará tópico, lector amigo, que evoque aquí los versos de Jorge Manrique, "nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el moril, allí los señoríos más grandes e más chicos derechos van a se acabar e consumir..." La cita es de memoria, y por tanto seguramente infiel, pues son de esos versos que uno aprendió en la escuela y luego le han seguido a lo largo de los años como un soniquete que te viene a la cabeza en las situaciones más dispares. Y de hecho, mi recuerdo está plagado de versos inconexos que forman un pupurrí de poemas que se toman prestados los unos de los otros. Y así, uno es capaz de mezclar a Rosalía con Becquer, a Kavafis con Neruda, o a Whitman con Espronceda (aunque a duras penas pueda recitar un poema entero). Quizá ello se deba a esa antigua costumbre que había en las escuelas de que niños y niñas declamásemos poemas de memoria, como quien suelta la tabla de multiplicar o la lista de golfos y cabos de la península ibérica. El olmo seco de Machado se torna en el kiosco de malaquita de Darío, o en la damascena tallada en un vals de Elouard, o en el corsario de Byron cantando alegre en la popa (ya sé, ya, que son esas palabras de Espronceda); o quién sabe, en Simonetta sacada por sus largos brazos y sus largas piernas por Boticelli del mar, como nos dice en unos versos cargados de ternura Antonio Colinas. Alguien dijo que todos los poemas son un solo poema y así, desde luego, parecen funcionar en mi cabeza.
No, no quiero largarte aquí, paciente lector, un tratado de poesía macarrónica, ni dármelas de enterado en cuestiones versísticas. Todo esto viene por algo mucho más prosaico que me ruboriza incluso contar en este blog. Pero es que no me resisto a ello. Ya te he dicho que vivo junto al río Grande, en su margen izquierda para más señas (y pido perdón a mis amigo mexicanos por usar ese tóponimo en lugar de río Bravo, que es el nombre que siempre tuvo hasta la llegada de los norteamericanos a estas tierras). El caso es que ese río poco tiene de grande (y menos, se diría, de bravo). Son sus aguas verdosas en apariencia tranquilas, propias de un cauce que se acerca a su término. Y así sucedió que un buen día, mientras mi hijo jugaba un partido de fútbol en unos estupendos campos junto a ese río, apenas a un tiro de piedra del territorio de México, a mi se me ocurrió acercarme a la orilla para tomar unas fotos (además de otros propósitos menos nobles, pero desde luego más urgentes). Y pasé luego allí un rato, sentado en un pequeño claro observando el cauce mientras trataba de imaginar las peripecias anónimas de esos muchos inmigrantes que habían arriesgado sus vidas, lo que todavía por desgracia hacen, para alcanzar esta orilla de promisión y riqueza. No fue, desde luego, mucho el tiempo que pasé ensimismado en tales reflexiones. Pero al regresar, vi a una agente de la policía de frontera que se dirigía resuelta hacia mí, con gesto de pocos amigos y la mano apoyada en la pistola. No sé, quizá fuera mi cámara de fotos propia de un turista, o acaso la media sonrisa que seguro se esbozó en mi cara, pero lo cierto es que la agente dio media vuelta con lo que yo intuía frustración por una captura malograda.
Tardé un tiempo en entender tal escena, hasta que un buen amigo, también policía de frontera, me explicó que las orillas del río están sembradas de sensores que pueden detectar el movimiento de cualquier ser del tamaño de una rata. No es de extrañar que yo me viera enseguida acosado por una agente que seguro había sentido el clic de la cámara y pensó de inmediato que se trataba de otro espalda mojada. Nada que criticar, por supuesto, porque cada uno nos ganamos la vida con nuestro oficio y son todos, quiero pensar, muy dignos. Pero se me antojó, que asociación tan extravagante, que era aquella agente Caronte dispuesta a conducir a las almas errantes al otro lado del Aqueronte o del Estigia para trasladarlas al Hades, residencia de los muertos.
Y así me vinieron a la memoria los versos de Manrique con los que iniciaba esta entrada. Nuestras vidas, ahora entiendo, no son ríos, sino cauces de aguas truculentas que debemos de cruzar para alcanzar la meta, que no es otra que la muerte. Y efectivamente, los más grandes, los medianos e más chicos se dirigen irremediablemente a ella: algunos lo hacen con el fluir acompasado de las aguas y otros, los más sin duda, tienen que zambullirse en ellas para alcanzar tal meta. Y a diferencia de Simonetta, a muchos por desgracia se les niega un Boticelli que los rescate de esas aguas turbulentas. Y carecen además de la moneda que Caronte les reclama en pago por cruzarles al otro lado, con lo cual sus almas se ven condenadas a vagar errabundas por la orilla sin otra prenda de abrigo que esa camisa mojada que nunca se seca.
Claro que, en los tiempos de Manrique, el río Grande no era seguramente frontera.
Buenas noches.
jueves, 22 de abril de 2010
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