martes, 27 de abril de 2010

El pescador de lubinas


Te incluyo hoy, amigo lector, algo que escribí hace tiempo como regalo a mi hija Lucía. Quizá quieras contárselo a tus hijos si son todavía pequeños. No tiene otra intención que convertirla a ella y a su hermano Manuel en personajes de un cuento, pues no hay nada que haga más feliz a un niño que verse partícipe del mundo de fantasía con que los mayores inducimos su sueño. Espero que, si en ti queda todavía algo del niño o la niña que fuiste, disfrutes también de este cuento.

Hace mucho, mucho tiempo, vivía en Foz un pescador que acudía al mismo lugar todos los días con su caña de bambú, verano e invierno. Era un acantilado muy escarpado donde el mar rompía con bravura y, desde lo alto, el pescador lanzaba su anzuelo y su boya, que se mecía con el vaivén de las olas y a veces se perdía de vista momentáneamente tras ellas. Y todos los días, a la misma hora, la caña de repente se doblaba hasta casi romperse y el sedal se tensaba como la cuerda de una guitarra. Con gesto pausado y mano diestra, el pescador tomaba la caña y con suavidad recogía el sedal, muy despacio para no romperlo. Se iniciaba así una ceremonia que duraba horas. Bajo el agua, un pez de gran tamaño luchaba con todas sus fuerzas para no ser arrastrado por aquel hilo invisible y aquel anzuelo que se clavaba en su boca. Sobre el acantilado, el pescador se empeñaba, con sus frágiles herramientas, en sacar del agua a aquella criatura que habitaba las profundidades. Al cabo de largo tiempo, el pescador conseguía con mucho cuidado alzar al pez a la cima de las rocas. Y todos los días era el mismo pez: una lubina muy grande y regordeta, brillante como la plata pulida y escurridiza como una pastilla de jabón. El pescador le quitaba a la lubina con mucho cuidado el anzuelo de la boca, la colocaba sobre la palma de sus manos y la contemplaba un rato, incluso le hablaba de lo que había ocurrido en su vida ese día, mientras la lubina parecía escuchar muy atenta, y por fin el pescador la devolvía al mar. Y así ocurrió durante muchísimos años. El pescador tenía el pelo blanco y la piel arrugada de un anciano, y la lubina había perdido el brillo de plata de sus escamas y tenía incontables cicatrices por los muchos anzuelos clavados en su boca. Durante ese tiempo, pescador y lubina se habían hecho inseparables amigos.
         Pero ocurrió que un día el pescador no volvió al acantilado. Estaba muy enfermo y su familia (que le quería mucho aunque eran muy pobres, pues el pescador nunca traía ningún pescado a casa), temía que el padre estuviera próximo a morir. Muy tristes rodeaban la cama del enfermo la madre, una anciana de buen corazón que había trabajado muy duro para traer a casa el dinero y la comida que su marido nunca ganaba, el hermano pequeño, Manuel, un niño vivaracho y travieso que de grande quería ser aventurero, y Lucía, la hermana mayor, una niña rubia de grandes ojos azules y mirada risueña, que quería algún día ser pintora. Con voz apagada, el padre se dirigió a ellos:
         -Debo revelaros el secreto de mi vida y pediros perdón porque nunca he traído a casa nada de valor –dijo compungido el anciano-. Todos pensáis de mí que soy el peor pescador de toda la comarca, y no os falta razón. Pero debéis saber algo –añadió con ojos soñadores, como si contemplara algo que los demás no alcanzaban a ver-: desde muy joven, he acudido todos los días sin faltar a una cita con el más prodigioso de los animales, que me ha enseñado el verdadero valor de la amistad, pues a pesar del dolor que padecía, no ha dejado de acudir ni un solo día a mi encuentro. Una amistad así es el mayor de los tesoros que un hombre puede encontrar…
         Y así, el pescador le contó a su asombrada familia sus encuentros con la lubina. Después, con voz solemne aunque cada vez más débil, se dirigió a su hija:
         -Lucía del Ángel, tú eres la hermana mayor y te pido que cumplas mi último deseo: debes acudir al acantilado y lanzar la caña en el lugar exacto donde yo solía pescar. Cuando la lubina muerda el anzuelo, sácala sin miedo del agua, pues ella no se resistirá –y con un último esfuerzo, el moribundo pescador añadió-: Trae el pez a casa, pues es la única herencia que os puedo dejar…
         Y entonces el pescador exhaló su último aliento.
         Lucía era apenas una niña, pero sabía el valor de la palabra dada y se dispuso a cumplir sin tardanza el último deseo de su padre. Estaba muy asustada, porque en el acantilado el mar rompía con mucha fuerza y ella temía verse arrastrada por el misterioso pez y ser engullida luego por aquellas olas siniestras. Además, nunca había usado la caña de bambú del padre y le daba miedo pincharse con los anzuelos. Pero hizo de tripas corazón y se fue al acantilado. Allí, lanzó boya y anzuelo como le había indicado el pescador y se dispuso a esperar, con el corazón encogido y las manos temblorosas.
         Al poco, sintió que la caña vibraba, como si alguien o algo diese pequeños tirones del sedal. En seguida, el bambú se dobló hasta casi romperse y el sedal empezó a silbar mientras salía muy deprisa del carrete. Con mucha curiosidad, Lucía empezó a recoger el hilo. Para su sorpresa, no le costaba ningún esfuerzo enrollar el sedal en el carrete y llegó a pensar que el pez se había soltado. Pero al llegar la boya al pie del acantilado, vio detrás una lubina enorme, que al poco salía sin ofrecer ninguna resistencia del agua y se posaba a sus pies, como llevada por una mano invisible.
         Alborozada por la captura, Lucía se apresuró a regresar a casa, aunque iba casi doblada bajo el peso de aquella descomunal lubina. Y al llegar, su madre no salía de su asombro ante un pez tan extraño como aquel, cubierto de cicatrices y con la piel arrugada como la de un anciano, y no se atrevía siquiera a cocinarlo para la cena de sus hijos. Pero como la despensa estaba tan vacía como sus estómagos, la madre decidió correr el riesgo, pues al fin y al cabo era lo único que su marido había traído alguna vez a casa. La lubina yacía inerte sobre la mesa de la cocina, pero sus grandes ojos saltones parecían observarlo todo con mucha curiosidad.
         Al abrir la panza del pez, unas lágrimas recorrieron las mejillas de la madre, pues se acordaba de su marido muerto, a quien siempre quiso con todo su corazón a pesar de la pobreza en la que habían vivido. Y esas lágrimas le impidieron al principio ver las incontables bolitas blancas que surgieron de las entrañas de aquella extraordinaria lubina… Pero cuando se le aclaró la vista, pudo ver, asombrada, que se trataba de perlas de una blancura inmaculada, redondas como el sol de mediodía y brillantes como la luna de agosto.
         A punto estuvo la madre de perder el conocimiento y habría caído desmayada al suelo, de no ser por Lucía y Manuel, que la sujetaron a tiempo, mientras  miraban sorprendidos aquellas bolas blancas, pues nunca habían visto una perla y nada sabían de su valor. Cuando por fin se recuperó la madre, se sentaron los tres alrededor de la lubina, de cuya barriga no cesaban de salir perlas y perlas, cada cual más perfecta. Al final, fueron tres mil setecientas las perlas encontradas en las entrañas de aquel pez, que había sido el mejor amigo del pescador, cuyo recuerdo iluminaba ahora el corazón de su familia. Respetuosos, devolvieron el cuerpo de la lubina al mar, justo en el acantilado donde su padre la había pescado tantas veces como perlas llevaba en su barriga. Y en aquel lugar, hicieron levantar una sencilla estatua de un pescador con una enorme lubina en la palma de sus manos, con la que parecía hablar. Hasta no hace mucho, podía visitarse aquella estatua, pero el azote de la lluvia y los vientos poco ha poco la fueron consumiendo, y hoy apenas se distingue de cualquier otra roca.
         Por eso, este cuento quiere preservar el recuerdo del pescador y la lubina, y su amistad maravillosa, hasta el fin de los tiempos.

2 comentarios:

  1. Debo tener mucho de niña todavía... pues he disfrutado mucho con el cuento. Es un cuento precioso. Lucía y Manuel tienen que estar muy orgullosos de este regalo, "¡ser protagonistas de un cuento tan bonito!" y sobre todo de mostrarnos el gran valor de la amistad, tan carente en el mundo de "incomunicación" en el que vivimos inmersos. Aunque, eso sí, rodeados de "muchos medios de comunicación", pero cada vez hay más gente sola, sin nadie con quién hablar o compartir. ¡Vaya paradoja de mundo!. Recuerdo a los "mayores" (que nosotros) que hablaban con cualquier persona, en el autobus, en consultas médicas, etc.Y yo pensaba,¿cómo podrían contar su vida a cualquiera o hablar con cualquiera?, pero,....¡se comunicaban! y siempre había "un amigo" con quien contar (para todo).
    Bueno, me he pasado, son tus reflexiones y me han hecho a mi reflexionar de más.
    Besos

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  2. Me encantan tus comentarios, Araceli, y me hace mucha ilusión saber que estás al otro lado de la pantalla. Un beso y un abrazo muy fuerte para todos.

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