lunes, 26 de abril de 2010

Las lágrimas de La Llorona

Ya te he hablado aquí, lector amigo, del río Grande que baña el extremo sur de Laredo, y he hecho también mención de ese otro río, el Tormes de Salamanca, en el que transcurrieron episodios muy felices de mi infancia y al que, por asociaciones extrañas,  he vuelto ha poco para recuperar un pasado que albergaba en mi memoria sin ya apenas saberlo. Son las cosas de la vida, me imagino, camino lleva a camino y cuando nos damos cuenta, la vereda del comienzo es apenas un vago destello difuminado en el cajón sin orden del recuerdo. Lo dijeron con bello verbo Machado y Frost, y a su manera, también ese Borges de los senderos que se bifurcan sin nunca llegar a destino cierto. Así es nuestra vida, con sus continuas opciones que has de tomar, con acierto o sin acierto. Y mi memoria, disculpa lector si te aburro con ello, aparece ligada a las orillas de un río que quizá sea mero ensueño de  otro lugar y otro tiempo. No más feliz, por supuesto, pues mi vida me depara en este momento una paz y un sogiego que he buscado largo tiempo. Pero mientras te contaba de aquellos días, días de mi tierna infancia, escapado en la orillas de un Tormes que, para mí, eran orillas de magia, al contártelo comparaba sin remedio su cauce con otro cauce en cuya margen transcurren ahora apacibles  mis días.

Son las aguas de ambos ríos traicioneras y, en apariencia, sin embargo estancas. Y son algunos los que recuerdo ahogados en aquel Tormes, imprudentes bañistas presa de remolinos que se tragaban su nombre a la vez que su cuerpo entero. Sucumbían en silencio a la succión egoísta que parecía cobrarse tributo de niños y hombres por lo demás recios. Era el juego de nuestra infancia. Juego en el que no permitiría ahora, y  mi esposa desde luego aún menos, que participasen mis hijos si en nosotros estuviera evitarlo. Pero el juego de las aguas, como el del sendero que se bifurca sin  nunca reencontar su gemelo, se  me antoja el único en el que puede transcurrir nuestro breve tiempo.Y así me viene a la mente una de las más viejas leyendas que pululan en esta América de frontera: el  mito de La Llorona, esa mujer ingenua que se quedó embarazada soltera y, para evitar la vergüenza de albergar en su seno hijos bastardos, no dudó en darles muerte para echar luego sus inocentes cuerpos al río que todo lo lleva. Son infinidad las variantes de una leyenda que se remonta, al menos, a las visiones apocalípticas que el malhadado Moctezuma tuviera antes de la llegada de españoles a lomos de unos caballos que, como plaga funesta, traerían la  hecatombe a un imperio entero (sí, ya sé que el Azteca era un dominio de sacrificio y sangre, y que para muchos fue justa la retribución de Cortés y sus magras huestes).  El caso es que La Llorona es un icono de un pueblo sometido a sangre y fuego por un puñado de mercenarios que, con la suerte a su lado, consiguió doblegar a los aztecas, raza orgullosa del Aztlán cuya historia apenas quedó en prehistoria.

Pero es de La Llorona de la que aquí te quiero hoy hablar. Sacrificó a sus hijos quizá por el que dirán o quizá, peor aún, por ahorrarles el sufrimiento de una vida en esclavitud o en vergüenza perpetua. La historia, reconozcámoslo, nunca ha sido muy amable con ellas. El caso es que cuando contemplaba las aguas del río Grande--te lo contaba lector hace breves fechas--, no pensé entonces en La Llorona que recorre las orillas de cualquier río en busca perpetua de unos hijos que nunca han de volver a su seno.Y ahora, por esos extraños que juega en nosotros la imaginación y el recuerdo, veo que las aguas del río no son agua sino, me estremezco sólo de pensarlo, las lagrimas que La Llorona derrama a diario por esos cuerpos que dejan su vida al intentar cruzar este cauce traicionero. Y en mis oídos resuenan los desgarrados gemidos, apagados como un eco pero dolorosos como si fueran por mis propios hijos, de Lloronas que lamentan haber dejado marchar (¡como si estuviera en su mano impedirlo!) al fruto de su vientre a través de ese cauce proceloso que separa la realidad del deseo.

Y a todas las Lloronas sólo puedo decirles que yo también lloro con ellas.

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