domingo, 25 de abril de 2010

Noticias dominicales

Leo en esta mañana soleada de domingo las páginas de El País, mi ventana informativa al mundo pues los periódicos de aquí apenas se asoman a la realidad allende los límites de los EEUU, salvo honrosas excepciones como The New York Times, que pronto para desgracia de este lector será de pago. Veo que las cosas en España han cambiado en estos días poco: san Baltasar mártir sigue provocando una bronca monumental que, aquí en este placentero exilio de Laredo, me produce verdadero rubor, que no es ajeno sino muy propio pues al fin y al cabo España sigue siendo mi tierra de nacimiento y en ella viven mi familia y mis amigos (también claro, mis enemigos), además de habitar allí mi pasado y mis recuerdos. Y no soy yo quién para juzgar a nadie, líbreme dios de ello. Pero con un país al borde del colapso económico y financiero, con unas cifras atroces de desempleo y gentes volviendo a las hambrunas que creíamos enterradas para siempre, los españoles no nos manifestamos por ello, ni nuestros jueces sientan en el banquillo a los verdaderos culpables de tal descalabro, ni nuestros políticos se despeinan aunque muchos de los que les dieron su voto (a los unos y a los otros) tengan ahora que comérselo con patates, voz asturiana que confiere entrañable dignidad a ese tubérculo que seguro está sacando las castañas del fuego a más de una familia.

Leo también la grave cogida sufrida en las vecinas tierras de México por José Tomás, nuestro mártir contemporáneo del toreo, y me lo imagino diciendo como el legendario Espartero, "más cornás da el hambre, maestro". Aunque a mi me parece que José Tomás no se arrima al morlaco por hambre de comida, sino de otro tipo de alimento que acaso sea de arte, acaso de puro ego, y yo siento por él un solemne respeto, aunque lo suyo quizá sea un anhelo por la muerte que lo convierta en héroe y mártir del ruedo, de los que el panteón nacional está lleno. Hay un chiste un tanto chusco que espero no te ofendas, lector, si aquí lo cuento: un restaurante de postín, junto a la madrileña Las Ventas, tenía en temporada taurina dos asiduos comensales que tras cada corrida acudían a degustar las criadillas del mejor toro de la tarde. Se las servían con todo primor en una salsa especialidad de la casa, bajo una campana de plata que hacía honor al tamaño de los atributos del astado. Y así cada tarde de fería. Pero ocurrió que un día, la campana de plata era inusualmente pequeña y los comensales, sorprendidos, preguntaron por la causa de tamaña diferencia. Y el camarero, con toda la flema, respondió sin inmutarse: señores míos, en ocasiones el toro también gana la lidia... La historia no recoge si los comensales dieron cuenta del manjar, pero a mi se me hace que no tuvieron reparo ninguno en darse un opípara cena.

Pero es otra noticia, nada que ver con la lidia nacional (de toros o de jueces), la que más me llama la atención, y te incluyo el enlace por si quisieras leerla completa. (pincha aquí). Resulta que un periodista italiano, Tommaso Debenedetti, lleva publicando desde hace tiempo (2006 para más señas) una serie de entrevistas con lo más granado del mundo de las letras, desde Toni Morrison a José Saramago, conversaciones brillantes donde el ilustre descendiente de una saga de escritores y periodistas da muestra de una inusitada habilidad para conseguir declaraciones de escritores que, en algunos casos concretos, las conceden con cuentagotas. La cosa no sería mayor noticia si no fuera porque todas las entrevistas al parecer sun fruto exclusivo de la imaginación creativa del periodista. ¡Todas ellas! Ni una sola contiene declaraciones realizadas por los escritores a los que se les atribuyen. El primero en poner el grito en el cielo fue el estadounidense Philip Roth, muy consciente de su rol de gurú de las letras y de la intelectualidad de izquierdas, muy ofendido porque el tal Debenedetti ponga en sus labios una desilusión con Obama que él niega con uñas y dientes. Pero no, querido lector, no quiero usar esto para criticar al presidente Obama, al que yo de verdad admiro, como escritor y como político. Tampoco critico a Roth, ni a ninguno de los autores afectados por el engaño. Al fin y al cabo, ellos son dueños de sus palabra habladas tanto como escritas, y yo eso lo respeto sin ningún género de duda. Y sin embargo, en este mundo de simulacros y de medias verdades y, las más de las veces, completas mentiras en el que nos sumergen  los medios, Debenedetti se me antoja un maestro de la prensa. Sé muy bien que es culpable de un delito contra la dignidad ajena y contra las leyes más básicas del periodismo, y merece por ello un castigo que, dicho sea de paso, intuyo que nunca tenga. Los escritores trabajan con el material que les proporcionan las cosas de la vida, las suyas y las ajenas, y con apenas un cambio de nombre propio pueden usar a su antojo las experiencias de otros para convertirlas en materia de sus novelas. Ello no es, claro está, constitutivo de delito según las leyes que regulan el mercado de las letras. Y si de novela histórica se trata, entonces no hace falta ni cambiar el nombre del personaje, pues muerto está y su protesta en la tumba de nada vale. Pero claro, aquí hablamos de los santones de la literatura actual, cuyas opiniones se tienen en cuenta, aunque poco sepan a menudo del asunto del que hablan, y así consiguen crear "corrientes de opinión", esa tendencia al borreguismo tan propia de nuestra época. Y que alguien ose usar su nombre en vano (aunque muchos ni siquiera recuerden si alguna vez fueron entrevistados por el tal Tommaso) representa para ellos, que alegremente utilizan vidas ajenas en su propio provecho literario, un crimen abominable que debería merecer el destierro, al menos del mundo de la prensa.

De inmediato uno piensa que Tommaso Debenedetti lo ha hecho todo por dinero, motivo que mueve a menudo a escritores y periodistas a hacer público su trabajo. Y no, no estoy en contra de que ganen dinero con su oficio, pues todos tenemos que vivir con el fruto de nuestro esfuerzo. Pero es que el pobre Tommaso lo hacía a veinte euros la entrevista, ¡veinte euros, a veces incluso menos, lo que recibía del periódico que publicaba, en mundial exclusiva, las declaraciones de un Roth, de un Doctorow, o de un Grass, o del mismísimo Nobel de turno!, todo por el precio del par de cervezas que Tommaso, a buen seguro, se tomaba mientras escribía las entrevistas de marras. Si yo tuviera contacto con Debenedenetti, le sugeriría publicar, bajo el título general de "entrevistas apócrifas", el conjunto de conversaciones que su imaginación prodigiosa mantuvo con esos escritores. Las ventas,.a buen seguro, serían millonarias y le situarían en esa estratosfera de maestros de la lengua que, con sus opiniones tanto como con sus novelas, sirven de coro griego a esta tragicomedia en la que transcurren nuestros días. Sólo con el término "apócrifo" se libera de cualquier amenaza legal y puede dar con ello a su imaginación rienda suelta. Acaso Tomaso esté dotado del don de leer las mentes y sepa lo que de verdad los escritores piensan, más allá de su imagen pública y de sus obras impresas. Desde luego yo aplaudo la iniciativa y denuncio que, a veinte euros la pieza, son los medios los que de verdad incitan a esos ejercicios creativos. Al fin y al cabo, Tommaso Debenedetti, como todos nosotros, tiene que llenar la nevera.

Y así, amigo lector, entre jueces y toreros, y periodistas poetas, ha transcurrido en la frontera mi mañana dominguera, que ya se vuelve sobromesa mientras acabo estas letras. Si estás dispuesto a seguir ahí, prometo volver en este blog a contarte más peripecias. Y si no, queda con dios con mis mejores deseos en este domingo en el que me dispongo a dormir, ahora sí, una buena siesta.

Hasta luego.

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