Un inmigrante llega en tren de mercancías a la ciudad fronteriza mexicana de Nuevo Laredo, en 2006. (REUTERS, El País, 29-04-2010)
Me he permitido copiar en este blog una imagen que publica hoy El País y que, aunque tomada en 2006, podría corresponder a una escena que tuvo lugar ayer mismo. Me parece una imagen muy poética, si es que poesía se puede encontrar en el exilio forzado, que recrea mejor que mil palabras, como reza el tópico, la realidad del inmigrante que se acerca a la tierra prometida. La fotografía fue tomada en Nuevo Laredo, en la otra orilla del río Grande, y en los rostros de los dos muchachos se adivina la incertidumbre de no conocer a ciencia cierta el destino de ese mercancías en el que se han subido de incógnito en algún lugar de México. La mirada de ambos parece querer penetrar el paisaje en neblina donde los contornos difusos de las cosas, y esas vías vacías que parecen señalar el irremediable camino de vuelta (si la fortuna tiene a bien sonreir), se me antojan poderosa metáfora de la realidad intangible a la que les conduce el tren. Un tren (acaso sea siempre el mismo) que escucho pasar todas las noches, con su traqueteo incesante y su ulular ominoso como el de un buho inquieto que espera una presa que siempre termina por llegar. Me despierta en la madrugada su salmodia monótona que desgarra como gemidos sin dueño la noche, y en la oscuridad espesa se apodera de mí una desazón que me hiela el alma, pues no puedo dejar de pensar en los jinetes fantasmas encaramados en esa grupa espectral que los lleva inexorable al círculo más profundo del infierno. Con su lento rodar cruza el tren impasible el puente sobre el río Grande, Caronte indiferente a su carga de vivos que se encaminan al lugar sin retorno de la muerte (ya te he hablado de todo ello en este blog). Muerte que a veces con suerte no es física, pero es siempre espiritual. Y a este lado del río les aguardan cancerberos sin nombre acechando a su segura presa, invisibles y perversas máquinas que son capaces de radiografiar las entrañas más íntimas de esa bestia de acero y hollín que transita los senderos férreos del Averno. Ni una mísera cucaracha puede escaparse a su ojo implacable y así, uno tras otro, los pasajeros furtivos se ven atrapados en la telaraña siniestra de los guardianes del paraíso.
Disculpa, lector, mi arranque de tenebrismo, pero no puedo evitar ver en esos rostros serenos y expectantes la huella perversa de la Parca que aguarda sonriente al otro lado del puente. Como aguarda sin prisa a aquel lado del Estrecho (Gibraltar o tantos otros), donde le basta estirar su brazo pestilente para recoger sin esfuerzo alguno los cuerpos ya exánimes de sus víctimas. El mar, o el río, o el intransitable desierto, le dan ya su trabajo hecho. Son víctimas anónimas que, acaso como estos muchachos, se encaramaron a un tren o a una patera, o gastaron su dinero en un coyote sin escrúpulos, en busca del sueño engañoso de una felicidad que a ellos siempre les estará vedada.
Todo esto viene a raíz de la ley que el estado de Arizona acaba de promulgar para perseguir a plomo a los inmigrantes sin papeles que abundan en su territorio. O así al menos piensa la flamante gobernadora (republicana, claro), que quiere asegurarse su reelección a costa del indocumentado que les friega los suelos y les cuida a los viejos y les trabaja las tierras y les quita los excrementos de sus vacas sagradas. Y no, lector, no pienso que Arizona sea especial, pues bien sé que tarde o temprano tal ley será modelo que inspire a otros muchos, dentro y fuera de los Estados Unidos. Y si no que pregunten en nuestras ciudades de dónde piensan las gentes que proceden nuestros males todos. Pues todo es culpa del inmigrante.Y sin inmigrantes, todo sería perfecto. Volveríamos todos a doblar el espinazo para ganarnos un sueldo digno que ahora no podemos porque el africano, mexicano, o guatemalteco, como antes el andaluz o el extremeño, nos quitan el pan de nuestros hijos y nos dejan sin trabajo. Y es que lo dice el refrán español, "no pidas a quien pidió, ni sirvas a quien sirvió".
¡Como sin no fueramos todos inmigrantes en este mundo de desafueros!
P.D. Os pido, amigos lectores y, sobre todo a tí, querida Marita, de nuevo disculpas por el tono amargo de esta entrada, pero me veo a mí mismo o, peor aún, a mis hijos encaramados en ese tren que los conduce al peor de los infiernos, y la visión me consume. Os prometo ser más optimista mañana.
Disculpa, lector, mi arranque de tenebrismo, pero no puedo evitar ver en esos rostros serenos y expectantes la huella perversa de la Parca que aguarda sonriente al otro lado del puente. Como aguarda sin prisa a aquel lado del Estrecho (Gibraltar o tantos otros), donde le basta estirar su brazo pestilente para recoger sin esfuerzo alguno los cuerpos ya exánimes de sus víctimas. El mar, o el río, o el intransitable desierto, le dan ya su trabajo hecho. Son víctimas anónimas que, acaso como estos muchachos, se encaramaron a un tren o a una patera, o gastaron su dinero en un coyote sin escrúpulos, en busca del sueño engañoso de una felicidad que a ellos siempre les estará vedada.
Todo esto viene a raíz de la ley que el estado de Arizona acaba de promulgar para perseguir a plomo a los inmigrantes sin papeles que abundan en su territorio. O así al menos piensa la flamante gobernadora (republicana, claro), que quiere asegurarse su reelección a costa del indocumentado que les friega los suelos y les cuida a los viejos y les trabaja las tierras y les quita los excrementos de sus vacas sagradas. Y no, lector, no pienso que Arizona sea especial, pues bien sé que tarde o temprano tal ley será modelo que inspire a otros muchos, dentro y fuera de los Estados Unidos. Y si no que pregunten en nuestras ciudades de dónde piensan las gentes que proceden nuestros males todos. Pues todo es culpa del inmigrante.Y sin inmigrantes, todo sería perfecto. Volveríamos todos a doblar el espinazo para ganarnos un sueldo digno que ahora no podemos porque el africano, mexicano, o guatemalteco, como antes el andaluz o el extremeño, nos quitan el pan de nuestros hijos y nos dejan sin trabajo. Y es que lo dice el refrán español, "no pidas a quien pidió, ni sirvas a quien sirvió".
¡Como sin no fueramos todos inmigrantes en este mundo de desafueros!
P.D. Os pido, amigos lectores y, sobre todo a tí, querida Marita, de nuevo disculpas por el tono amargo de esta entrada, pero me veo a mí mismo o, peor aún, a mis hijos encaramados en ese tren que los conduce al peor de los infiernos, y la visión me consume. Os prometo ser más optimista mañana.