jueves, 29 de abril de 2010

El tren del paraíso

Un inmigrante llega en tren de mercancías

Un inmigrante llega en tren de mercancías a la ciudad fronteriza mexicana de Nuevo Laredo, en 2006. (REUTERS,  El País, 29-04-2010)

Me he permitido copiar en este blog una imagen que publica hoy El País y que, aunque tomada en 2006, podría corresponder a una escena que tuvo lugar ayer mismo. Me parece una imagen muy poética, si es que poesía se puede encontrar en el exilio forzado, que recrea mejor que mil palabras, como reza el tópico, la realidad del inmigrante que se acerca a la tierra prometida. La fotografía fue tomada en Nuevo Laredo, en la otra orilla del río Grande, y en los rostros de los dos muchachos se adivina la incertidumbre de no conocer a ciencia cierta el destino de ese mercancías en el que se han subido de incógnito en algún lugar de México. La mirada de ambos parece querer penetrar el paisaje en neblina donde los contornos difusos de las cosas, y esas vías vacías que parecen señalar el irremediable camino de vuelta (si la fortuna tiene a bien sonreir), se me antojan poderosa metáfora de la realidad intangible a la que les conduce el tren. Un tren (acaso sea siempre el mismo) que escucho pasar todas las noches, con su traqueteo incesante y su ulular ominoso como el de un buho inquieto que espera una presa que siempre termina por llegar. Me despierta  en la madrugada su salmodia monótona que desgarra como gemidos sin dueño la noche, y en la oscuridad espesa se apodera de mí una desazón  que me hiela el alma, pues no puedo dejar de pensar en los jinetes fantasmas encaramados en esa grupa espectral que los lleva inexorable al círculo más profundo del infierno. Con su lento rodar cruza el tren impasible el puente sobre el río Grande, Caronte indiferente a su carga de vivos que se encaminan al lugar sin retorno de la muerte (ya te he hablado de todo ello en este blog). Muerte que a veces con suerte no es física, pero es siempre espiritual. Y a este lado del río les aguardan cancerberos sin nombre acechando a su segura presa, invisibles y perversas máquinas que son capaces de radiografiar las entrañas más íntimas de esa bestia de acero y hollín que transita los senderos férreos del Averno. Ni una mísera cucaracha puede escaparse a su ojo implacable y así, uno tras otro, los pasajeros furtivos se ven atrapados en la telaraña siniestra de los guardianes del paraíso.

Disculpa, lector, mi arranque de tenebrismo, pero no puedo evitar ver en esos rostros serenos y expectantes la huella perversa de la Parca que aguarda sonriente al otro lado del puente. Como aguarda sin prisa a aquel lado del Estrecho (Gibraltar o tantos otros), donde le basta estirar su brazo pestilente para recoger sin esfuerzo alguno los cuerpos ya exánimes de sus víctimas. El mar, o el río, o el intransitable desierto, le dan ya su trabajo hecho. Son víctimas anónimas que, acaso como estos muchachos, se encaramaron a un tren o a una patera, o gastaron su dinero en un coyote sin escrúpulos,  en busca del sueño engañoso de una felicidad que a ellos siempre les estará vedada.

Todo esto viene a raíz de la ley que el estado de Arizona acaba de promulgar para perseguir a plomo a los inmigrantes sin papeles que abundan en su territorio. O así al menos piensa la flamante gobernadora (republicana, claro), que quiere asegurarse su reelección a costa del indocumentado que les friega los suelos y les cuida a los viejos y les trabaja las tierras y les quita los excrementos de sus vacas sagradas. Y no, lector, no pienso que Arizona sea especial, pues bien sé que tarde o temprano tal ley será modelo que inspire a otros muchos, dentro y fuera de los Estados Unidos. Y si no que pregunten en nuestras ciudades de dónde piensan las gentes que proceden nuestros males todos. Pues todo es culpa del inmigrante.Y sin inmigrantes, todo sería perfecto. Volveríamos todos a doblar el espinazo para ganarnos un sueldo digno que ahora no podemos porque el africano, mexicano, o guatemalteco, como antes el andaluz o el extremeño, nos quitan el pan de nuestros hijos y nos dejan sin trabajo. Y es que lo dice el refrán español, "no pidas a quien pidió, ni sirvas a quien sirvió".

¡Como sin no fueramos todos inmigrantes en este mundo de desafueros!

P.D. Os pido, amigos lectores y, sobre todo a tí, querida Marita, de nuevo disculpas por el tono amargo de esta entrada, pero me veo a mí mismo o, peor aún, a mis hijos encaramados en ese tren que los conduce al peor de los infiernos, y la visión me consume. Os prometo ser más optimista mañana.

martes, 27 de abril de 2010

El pescador de lubinas


Te incluyo hoy, amigo lector, algo que escribí hace tiempo como regalo a mi hija Lucía. Quizá quieras contárselo a tus hijos si son todavía pequeños. No tiene otra intención que convertirla a ella y a su hermano Manuel en personajes de un cuento, pues no hay nada que haga más feliz a un niño que verse partícipe del mundo de fantasía con que los mayores inducimos su sueño. Espero que, si en ti queda todavía algo del niño o la niña que fuiste, disfrutes también de este cuento.

Hace mucho, mucho tiempo, vivía en Foz un pescador que acudía al mismo lugar todos los días con su caña de bambú, verano e invierno. Era un acantilado muy escarpado donde el mar rompía con bravura y, desde lo alto, el pescador lanzaba su anzuelo y su boya, que se mecía con el vaivén de las olas y a veces se perdía de vista momentáneamente tras ellas. Y todos los días, a la misma hora, la caña de repente se doblaba hasta casi romperse y el sedal se tensaba como la cuerda de una guitarra. Con gesto pausado y mano diestra, el pescador tomaba la caña y con suavidad recogía el sedal, muy despacio para no romperlo. Se iniciaba así una ceremonia que duraba horas. Bajo el agua, un pez de gran tamaño luchaba con todas sus fuerzas para no ser arrastrado por aquel hilo invisible y aquel anzuelo que se clavaba en su boca. Sobre el acantilado, el pescador se empeñaba, con sus frágiles herramientas, en sacar del agua a aquella criatura que habitaba las profundidades. Al cabo de largo tiempo, el pescador conseguía con mucho cuidado alzar al pez a la cima de las rocas. Y todos los días era el mismo pez: una lubina muy grande y regordeta, brillante como la plata pulida y escurridiza como una pastilla de jabón. El pescador le quitaba a la lubina con mucho cuidado el anzuelo de la boca, la colocaba sobre la palma de sus manos y la contemplaba un rato, incluso le hablaba de lo que había ocurrido en su vida ese día, mientras la lubina parecía escuchar muy atenta, y por fin el pescador la devolvía al mar. Y así ocurrió durante muchísimos años. El pescador tenía el pelo blanco y la piel arrugada de un anciano, y la lubina había perdido el brillo de plata de sus escamas y tenía incontables cicatrices por los muchos anzuelos clavados en su boca. Durante ese tiempo, pescador y lubina se habían hecho inseparables amigos.
         Pero ocurrió que un día el pescador no volvió al acantilado. Estaba muy enfermo y su familia (que le quería mucho aunque eran muy pobres, pues el pescador nunca traía ningún pescado a casa), temía que el padre estuviera próximo a morir. Muy tristes rodeaban la cama del enfermo la madre, una anciana de buen corazón que había trabajado muy duro para traer a casa el dinero y la comida que su marido nunca ganaba, el hermano pequeño, Manuel, un niño vivaracho y travieso que de grande quería ser aventurero, y Lucía, la hermana mayor, una niña rubia de grandes ojos azules y mirada risueña, que quería algún día ser pintora. Con voz apagada, el padre se dirigió a ellos:
         -Debo revelaros el secreto de mi vida y pediros perdón porque nunca he traído a casa nada de valor –dijo compungido el anciano-. Todos pensáis de mí que soy el peor pescador de toda la comarca, y no os falta razón. Pero debéis saber algo –añadió con ojos soñadores, como si contemplara algo que los demás no alcanzaban a ver-: desde muy joven, he acudido todos los días sin faltar a una cita con el más prodigioso de los animales, que me ha enseñado el verdadero valor de la amistad, pues a pesar del dolor que padecía, no ha dejado de acudir ni un solo día a mi encuentro. Una amistad así es el mayor de los tesoros que un hombre puede encontrar…
         Y así, el pescador le contó a su asombrada familia sus encuentros con la lubina. Después, con voz solemne aunque cada vez más débil, se dirigió a su hija:
         -Lucía del Ángel, tú eres la hermana mayor y te pido que cumplas mi último deseo: debes acudir al acantilado y lanzar la caña en el lugar exacto donde yo solía pescar. Cuando la lubina muerda el anzuelo, sácala sin miedo del agua, pues ella no se resistirá –y con un último esfuerzo, el moribundo pescador añadió-: Trae el pez a casa, pues es la única herencia que os puedo dejar…
         Y entonces el pescador exhaló su último aliento.
         Lucía era apenas una niña, pero sabía el valor de la palabra dada y se dispuso a cumplir sin tardanza el último deseo de su padre. Estaba muy asustada, porque en el acantilado el mar rompía con mucha fuerza y ella temía verse arrastrada por el misterioso pez y ser engullida luego por aquellas olas siniestras. Además, nunca había usado la caña de bambú del padre y le daba miedo pincharse con los anzuelos. Pero hizo de tripas corazón y se fue al acantilado. Allí, lanzó boya y anzuelo como le había indicado el pescador y se dispuso a esperar, con el corazón encogido y las manos temblorosas.
         Al poco, sintió que la caña vibraba, como si alguien o algo diese pequeños tirones del sedal. En seguida, el bambú se dobló hasta casi romperse y el sedal empezó a silbar mientras salía muy deprisa del carrete. Con mucha curiosidad, Lucía empezó a recoger el hilo. Para su sorpresa, no le costaba ningún esfuerzo enrollar el sedal en el carrete y llegó a pensar que el pez se había soltado. Pero al llegar la boya al pie del acantilado, vio detrás una lubina enorme, que al poco salía sin ofrecer ninguna resistencia del agua y se posaba a sus pies, como llevada por una mano invisible.
         Alborozada por la captura, Lucía se apresuró a regresar a casa, aunque iba casi doblada bajo el peso de aquella descomunal lubina. Y al llegar, su madre no salía de su asombro ante un pez tan extraño como aquel, cubierto de cicatrices y con la piel arrugada como la de un anciano, y no se atrevía siquiera a cocinarlo para la cena de sus hijos. Pero como la despensa estaba tan vacía como sus estómagos, la madre decidió correr el riesgo, pues al fin y al cabo era lo único que su marido había traído alguna vez a casa. La lubina yacía inerte sobre la mesa de la cocina, pero sus grandes ojos saltones parecían observarlo todo con mucha curiosidad.
         Al abrir la panza del pez, unas lágrimas recorrieron las mejillas de la madre, pues se acordaba de su marido muerto, a quien siempre quiso con todo su corazón a pesar de la pobreza en la que habían vivido. Y esas lágrimas le impidieron al principio ver las incontables bolitas blancas que surgieron de las entrañas de aquella extraordinaria lubina… Pero cuando se le aclaró la vista, pudo ver, asombrada, que se trataba de perlas de una blancura inmaculada, redondas como el sol de mediodía y brillantes como la luna de agosto.
         A punto estuvo la madre de perder el conocimiento y habría caído desmayada al suelo, de no ser por Lucía y Manuel, que la sujetaron a tiempo, mientras  miraban sorprendidos aquellas bolas blancas, pues nunca habían visto una perla y nada sabían de su valor. Cuando por fin se recuperó la madre, se sentaron los tres alrededor de la lubina, de cuya barriga no cesaban de salir perlas y perlas, cada cual más perfecta. Al final, fueron tres mil setecientas las perlas encontradas en las entrañas de aquel pez, que había sido el mejor amigo del pescador, cuyo recuerdo iluminaba ahora el corazón de su familia. Respetuosos, devolvieron el cuerpo de la lubina al mar, justo en el acantilado donde su padre la había pescado tantas veces como perlas llevaba en su barriga. Y en aquel lugar, hicieron levantar una sencilla estatua de un pescador con una enorme lubina en la palma de sus manos, con la que parecía hablar. Hasta no hace mucho, podía visitarse aquella estatua, pero el azote de la lluvia y los vientos poco ha poco la fueron consumiendo, y hoy apenas se distingue de cualquier otra roca.
         Por eso, este cuento quiere preservar el recuerdo del pescador y la lubina, y su amistad maravillosa, hasta el fin de los tiempos.

lunes, 26 de abril de 2010

Las lágrimas de La Llorona

Ya te he hablado aquí, lector amigo, del río Grande que baña el extremo sur de Laredo, y he hecho también mención de ese otro río, el Tormes de Salamanca, en el que transcurrieron episodios muy felices de mi infancia y al que, por asociaciones extrañas,  he vuelto ha poco para recuperar un pasado que albergaba en mi memoria sin ya apenas saberlo. Son las cosas de la vida, me imagino, camino lleva a camino y cuando nos damos cuenta, la vereda del comienzo es apenas un vago destello difuminado en el cajón sin orden del recuerdo. Lo dijeron con bello verbo Machado y Frost, y a su manera, también ese Borges de los senderos que se bifurcan sin nunca llegar a destino cierto. Así es nuestra vida, con sus continuas opciones que has de tomar, con acierto o sin acierto. Y mi memoria, disculpa lector si te aburro con ello, aparece ligada a las orillas de un río que quizá sea mero ensueño de  otro lugar y otro tiempo. No más feliz, por supuesto, pues mi vida me depara en este momento una paz y un sogiego que he buscado largo tiempo. Pero mientras te contaba de aquellos días, días de mi tierna infancia, escapado en la orillas de un Tormes que, para mí, eran orillas de magia, al contártelo comparaba sin remedio su cauce con otro cauce en cuya margen transcurren ahora apacibles  mis días.

Son las aguas de ambos ríos traicioneras y, en apariencia, sin embargo estancas. Y son algunos los que recuerdo ahogados en aquel Tormes, imprudentes bañistas presa de remolinos que se tragaban su nombre a la vez que su cuerpo entero. Sucumbían en silencio a la succión egoísta que parecía cobrarse tributo de niños y hombres por lo demás recios. Era el juego de nuestra infancia. Juego en el que no permitiría ahora, y  mi esposa desde luego aún menos, que participasen mis hijos si en nosotros estuviera evitarlo. Pero el juego de las aguas, como el del sendero que se bifurca sin  nunca reencontar su gemelo, se  me antoja el único en el que puede transcurrir nuestro breve tiempo.Y así me viene a la mente una de las más viejas leyendas que pululan en esta América de frontera: el  mito de La Llorona, esa mujer ingenua que se quedó embarazada soltera y, para evitar la vergüenza de albergar en su seno hijos bastardos, no dudó en darles muerte para echar luego sus inocentes cuerpos al río que todo lo lleva. Son infinidad las variantes de una leyenda que se remonta, al menos, a las visiones apocalípticas que el malhadado Moctezuma tuviera antes de la llegada de españoles a lomos de unos caballos que, como plaga funesta, traerían la  hecatombe a un imperio entero (sí, ya sé que el Azteca era un dominio de sacrificio y sangre, y que para muchos fue justa la retribución de Cortés y sus magras huestes).  El caso es que La Llorona es un icono de un pueblo sometido a sangre y fuego por un puñado de mercenarios que, con la suerte a su lado, consiguió doblegar a los aztecas, raza orgullosa del Aztlán cuya historia apenas quedó en prehistoria.

Pero es de La Llorona de la que aquí te quiero hoy hablar. Sacrificó a sus hijos quizá por el que dirán o quizá, peor aún, por ahorrarles el sufrimiento de una vida en esclavitud o en vergüenza perpetua. La historia, reconozcámoslo, nunca ha sido muy amable con ellas. El caso es que cuando contemplaba las aguas del río Grande--te lo contaba lector hace breves fechas--, no pensé entonces en La Llorona que recorre las orillas de cualquier río en busca perpetua de unos hijos que nunca han de volver a su seno.Y ahora, por esos extraños que juega en nosotros la imaginación y el recuerdo, veo que las aguas del río no son agua sino, me estremezco sólo de pensarlo, las lagrimas que La Llorona derrama a diario por esos cuerpos que dejan su vida al intentar cruzar este cauce traicionero. Y en mis oídos resuenan los desgarrados gemidos, apagados como un eco pero dolorosos como si fueran por mis propios hijos, de Lloronas que lamentan haber dejado marchar (¡como si estuviera en su mano impedirlo!) al fruto de su vientre a través de ese cauce proceloso que separa la realidad del deseo.

Y a todas las Lloronas sólo puedo decirles que yo también lloro con ellas.

domingo, 25 de abril de 2010

Noticias dominicales

Leo en esta mañana soleada de domingo las páginas de El País, mi ventana informativa al mundo pues los periódicos de aquí apenas se asoman a la realidad allende los límites de los EEUU, salvo honrosas excepciones como The New York Times, que pronto para desgracia de este lector será de pago. Veo que las cosas en España han cambiado en estos días poco: san Baltasar mártir sigue provocando una bronca monumental que, aquí en este placentero exilio de Laredo, me produce verdadero rubor, que no es ajeno sino muy propio pues al fin y al cabo España sigue siendo mi tierra de nacimiento y en ella viven mi familia y mis amigos (también claro, mis enemigos), además de habitar allí mi pasado y mis recuerdos. Y no soy yo quién para juzgar a nadie, líbreme dios de ello. Pero con un país al borde del colapso económico y financiero, con unas cifras atroces de desempleo y gentes volviendo a las hambrunas que creíamos enterradas para siempre, los españoles no nos manifestamos por ello, ni nuestros jueces sientan en el banquillo a los verdaderos culpables de tal descalabro, ni nuestros políticos se despeinan aunque muchos de los que les dieron su voto (a los unos y a los otros) tengan ahora que comérselo con patates, voz asturiana que confiere entrañable dignidad a ese tubérculo que seguro está sacando las castañas del fuego a más de una familia.

Leo también la grave cogida sufrida en las vecinas tierras de México por José Tomás, nuestro mártir contemporáneo del toreo, y me lo imagino diciendo como el legendario Espartero, "más cornás da el hambre, maestro". Aunque a mi me parece que José Tomás no se arrima al morlaco por hambre de comida, sino de otro tipo de alimento que acaso sea de arte, acaso de puro ego, y yo siento por él un solemne respeto, aunque lo suyo quizá sea un anhelo por la muerte que lo convierta en héroe y mártir del ruedo, de los que el panteón nacional está lleno. Hay un chiste un tanto chusco que espero no te ofendas, lector, si aquí lo cuento: un restaurante de postín, junto a la madrileña Las Ventas, tenía en temporada taurina dos asiduos comensales que tras cada corrida acudían a degustar las criadillas del mejor toro de la tarde. Se las servían con todo primor en una salsa especialidad de la casa, bajo una campana de plata que hacía honor al tamaño de los atributos del astado. Y así cada tarde de fería. Pero ocurrió que un día, la campana de plata era inusualmente pequeña y los comensales, sorprendidos, preguntaron por la causa de tamaña diferencia. Y el camarero, con toda la flema, respondió sin inmutarse: señores míos, en ocasiones el toro también gana la lidia... La historia no recoge si los comensales dieron cuenta del manjar, pero a mi se me hace que no tuvieron reparo ninguno en darse un opípara cena.

Pero es otra noticia, nada que ver con la lidia nacional (de toros o de jueces), la que más me llama la atención, y te incluyo el enlace por si quisieras leerla completa. (pincha aquí). Resulta que un periodista italiano, Tommaso Debenedetti, lleva publicando desde hace tiempo (2006 para más señas) una serie de entrevistas con lo más granado del mundo de las letras, desde Toni Morrison a José Saramago, conversaciones brillantes donde el ilustre descendiente de una saga de escritores y periodistas da muestra de una inusitada habilidad para conseguir declaraciones de escritores que, en algunos casos concretos, las conceden con cuentagotas. La cosa no sería mayor noticia si no fuera porque todas las entrevistas al parecer sun fruto exclusivo de la imaginación creativa del periodista. ¡Todas ellas! Ni una sola contiene declaraciones realizadas por los escritores a los que se les atribuyen. El primero en poner el grito en el cielo fue el estadounidense Philip Roth, muy consciente de su rol de gurú de las letras y de la intelectualidad de izquierdas, muy ofendido porque el tal Debenedetti ponga en sus labios una desilusión con Obama que él niega con uñas y dientes. Pero no, querido lector, no quiero usar esto para criticar al presidente Obama, al que yo de verdad admiro, como escritor y como político. Tampoco critico a Roth, ni a ninguno de los autores afectados por el engaño. Al fin y al cabo, ellos son dueños de sus palabra habladas tanto como escritas, y yo eso lo respeto sin ningún género de duda. Y sin embargo, en este mundo de simulacros y de medias verdades y, las más de las veces, completas mentiras en el que nos sumergen  los medios, Debenedetti se me antoja un maestro de la prensa. Sé muy bien que es culpable de un delito contra la dignidad ajena y contra las leyes más básicas del periodismo, y merece por ello un castigo que, dicho sea de paso, intuyo que nunca tenga. Los escritores trabajan con el material que les proporcionan las cosas de la vida, las suyas y las ajenas, y con apenas un cambio de nombre propio pueden usar a su antojo las experiencias de otros para convertirlas en materia de sus novelas. Ello no es, claro está, constitutivo de delito según las leyes que regulan el mercado de las letras. Y si de novela histórica se trata, entonces no hace falta ni cambiar el nombre del personaje, pues muerto está y su protesta en la tumba de nada vale. Pero claro, aquí hablamos de los santones de la literatura actual, cuyas opiniones se tienen en cuenta, aunque poco sepan a menudo del asunto del que hablan, y así consiguen crear "corrientes de opinión", esa tendencia al borreguismo tan propia de nuestra época. Y que alguien ose usar su nombre en vano (aunque muchos ni siquiera recuerden si alguna vez fueron entrevistados por el tal Tommaso) representa para ellos, que alegremente utilizan vidas ajenas en su propio provecho literario, un crimen abominable que debería merecer el destierro, al menos del mundo de la prensa.

De inmediato uno piensa que Tommaso Debenedetti lo ha hecho todo por dinero, motivo que mueve a menudo a escritores y periodistas a hacer público su trabajo. Y no, no estoy en contra de que ganen dinero con su oficio, pues todos tenemos que vivir con el fruto de nuestro esfuerzo. Pero es que el pobre Tommaso lo hacía a veinte euros la entrevista, ¡veinte euros, a veces incluso menos, lo que recibía del periódico que publicaba, en mundial exclusiva, las declaraciones de un Roth, de un Doctorow, o de un Grass, o del mismísimo Nobel de turno!, todo por el precio del par de cervezas que Tommaso, a buen seguro, se tomaba mientras escribía las entrevistas de marras. Si yo tuviera contacto con Debenedenetti, le sugeriría publicar, bajo el título general de "entrevistas apócrifas", el conjunto de conversaciones que su imaginación prodigiosa mantuvo con esos escritores. Las ventas,.a buen seguro, serían millonarias y le situarían en esa estratosfera de maestros de la lengua que, con sus opiniones tanto como con sus novelas, sirven de coro griego a esta tragicomedia en la que transcurren nuestros días. Sólo con el término "apócrifo" se libera de cualquier amenaza legal y puede dar con ello a su imaginación rienda suelta. Acaso Tomaso esté dotado del don de leer las mentes y sepa lo que de verdad los escritores piensan, más allá de su imagen pública y de sus obras impresas. Desde luego yo aplaudo la iniciativa y denuncio que, a veinte euros la pieza, son los medios los que de verdad incitan a esos ejercicios creativos. Al fin y al cabo, Tommaso Debenedetti, como todos nosotros, tiene que llenar la nevera.

Y así, amigo lector, entre jueces y toreros, y periodistas poetas, ha transcurrido en la frontera mi mañana dominguera, que ya se vuelve sobromesa mientras acabo estas letras. Si estás dispuesto a seguir ahí, prometo volver en este blog a contarte más peripecias. Y si no, queda con dios con mis mejores deseos en este domingo en el que me dispongo a dormir, ahora sí, una buena siesta.

Hasta luego.

jueves, 22 de abril de 2010

Cuando el río es frontera

Te sonará tópico, lector amigo, que evoque aquí los versos de Jorge Manrique, "nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el moril, allí los señoríos más grandes e más chicos derechos van a se acabar e consumir..." La cita es de memoria, y por tanto seguramente infiel, pues son de esos versos que uno aprendió en la escuela y luego le han seguido a lo largo de los años como un soniquete que te viene a la cabeza en las situaciones más dispares. Y de hecho, mi recuerdo está plagado de versos inconexos que forman un pupurrí de poemas que se toman prestados los unos de los otros. Y así, uno es capaz de mezclar a Rosalía con Becquer, a Kavafis con Neruda, o a Whitman con Espronceda (aunque a duras penas pueda recitar un poema entero). Quizá ello se deba a esa antigua costumbre que había en las escuelas de que niños y niñas declamásemos poemas de memoria, como quien suelta la tabla de multiplicar o la lista de golfos y cabos de la península ibérica. El olmo seco de Machado se torna en el kiosco de malaquita de Darío, o en la damascena tallada en un vals de Elouard, o en el corsario de Byron cantando alegre en la popa (ya sé, ya, que son esas palabras de Espronceda); o quién sabe, en Simonetta sacada por sus largos brazos y sus largas piernas por Boticelli del mar, como nos dice en unos versos cargados de ternura Antonio Colinas. Alguien dijo que todos los poemas son un solo poema y así, desde luego, parecen funcionar en mi cabeza.

No, no quiero largarte aquí, paciente lector, un tratado de poesía macarrónica, ni dármelas de enterado en cuestiones versísticas. Todo esto viene por algo mucho más prosaico que me ruboriza incluso contar en este blog. Pero es que no me resisto a ello. Ya te he dicho que vivo junto al río Grande, en su margen izquierda para más señas (y pido perdón a mis amigo mexicanos por usar ese tóponimo en lugar de río Bravo, que es el nombre que siempre tuvo hasta la llegada de los norteamericanos a estas tierras). El caso es que ese río poco tiene de grande (y menos, se diría, de bravo). Son sus aguas verdosas en apariencia tranquilas, propias de un cauce que se acerca a su término. Y así sucedió que un buen día, mientras mi hijo jugaba un partido de fútbol en unos estupendos campos junto a ese río, apenas a un tiro de piedra del territorio de México, a mi se me ocurrió acercarme a la orilla para tomar unas fotos (además de otros propósitos menos nobles, pero desde luego más urgentes). Y pasé luego allí un rato, sentado en un pequeño claro observando el cauce mientras trataba de imaginar las peripecias anónimas de esos muchos inmigrantes que habían arriesgado sus vidas, lo que todavía por desgracia hacen, para alcanzar esta orilla de promisión y riqueza. No fue, desde luego, mucho el tiempo que pasé ensimismado en tales reflexiones. Pero al regresar, vi a una agente de la policía de frontera que se dirigía resuelta hacia mí, con gesto de pocos amigos y la mano apoyada en la pistola. No sé, quizá fuera mi cámara de fotos propia de un turista, o acaso la media sonrisa que seguro se esbozó en mi cara, pero lo cierto es que la agente dio media vuelta con lo que yo intuía frustración por una captura malograda.

Tardé un tiempo en entender tal escena, hasta que un buen amigo, también policía de frontera, me explicó que las orillas del río están sembradas de sensores que pueden detectar el movimiento de cualquier ser del tamaño de una rata. No es de extrañar que yo me viera enseguida acosado por una agente que seguro había sentido el clic de la cámara y pensó de inmediato que se trataba de otro espalda mojada. Nada que criticar, por supuesto, porque cada uno nos ganamos la vida con nuestro oficio y son todos, quiero pensar, muy dignos. Pero se me antojó, que asociación tan extravagante, que era aquella agente Caronte dispuesta a conducir a las almas errantes al otro lado del Aqueronte o del Estigia para trasladarlas al Hades, residencia de los muertos.

Y así me vinieron a la memoria los versos de Manrique con los que iniciaba esta entrada. Nuestras vidas, ahora entiendo, no son ríos, sino cauces de aguas truculentas que debemos de cruzar para alcanzar la meta, que no es otra que la muerte. Y efectivamente, los más grandes, los medianos e más chicos se dirigen irremediablemente a ella: algunos lo hacen con el fluir acompasado de las aguas y otros, los más sin duda, tienen que zambullirse en ellas para alcanzar tal meta. Y a diferencia de Simonetta, a muchos por desgracia se les niega un Boticelli que los rescate de esas aguas turbulentas. Y carecen además de la moneda que Caronte les reclama en pago por cruzarles al otro lado, con lo cual sus almas se ven condenadas a vagar errabundas por la orilla sin otra prenda de abrigo que esa camisa mojada que nunca se seca.

Claro que, en los tiempos de Manrique, el río Grande no era seguramente frontera.

Buenas noches.

miércoles, 21 de abril de 2010

Blancanieves y la cabra acrobática

Publicaba ayer mi hermano Fernando en su blog El laberinto de la identidad una entrada titulada "Diario de un obsolescente", en la que Fernando--filósofo siempre agudo--se mofa con sutil ironía de ese culto a la juventud propio de nuestra época. Me gusta mucho la cita de Groucho Marx, "mi juventud, ..., puedes quedártela". Mientras leía la entrada de mi hermano, intentaba recordar la edad que yo tendría cuando transcurrían sus episodios de acné y sus exámenes ("de conciencia y de los otros"). Son algunos los años que nos separan--él es el mayor y yo el pequeño--aunque no voy a desvelar nuestras edades respectivas (no estaría bien hacerlo tratándose de otros). El caso es que un recuerdo te lleva a otro recuerdo y así, sin saber muy bien cómo, me encontré en mi primera infancia, lugares de la memoria a los que no había regresado en mucho tiempo. No, querido lector (y tú también, querida lectora, que ya sé que estás ahí y que disculpas mi uso del masculino genérico), no estoy diciendo que mi hermano sea muy viejo; simplemente que sus palabras evocaron en mí unos tiempos enterrados ha ya mucho en el olvido. La mecánica de la memoria es, desde luego, prodigiosa, y el aroma de un guiso o el perfume de una flor pueden transportarnos a lugares en los que a lo mejor nunca hemos estado, o a experiencias, qué curioso, que nunca hemos vivido. No sé, pues, si esos recuerdos en los que me vi inmerso tuvieron alguna vez lugar o fueron simples delirios de una imaginación febril ávida de memorias.

El caso es que de pronto me vi, chaval de pocos años con las piernas llenas de moratones y postillas, a la puerta de una casa de vecinos que sí existió, porque tengo fotografías y porque todos mis hermanos, estoy seguro, también la recuerdan. Era un barrio entonces en las afueras de Salamanca, y la calle, "Camino viejo de Villamayor", cuyo nombre al evocarlo ahora me parece cargado de poesía. El caso es que en esas callejuelas transcurría mi infancia ajena al tiempo, un universo cerrado y a la vez muy abierto, en que un grupo de chavales de extracción variopinta vivíamos una aventura perpetua. Mis ídolos, cómo no, eran tres hermanos mayores que yo, vecinos en una casita al otro lado de la calle: Lolo, Miguel y Jose (sin acento, claro), con sus dos perros, Sultán y Mora (las criaturas siempre infestadas de garrapatas), y un abuelo cuyo nombre no recuerdo y una abuela, ella nunca se me olvida, que se llamaba Adela. Era la suya una casa destartalada, con un jardín de entrada plagado de chatarra variopinta que para mí era fuente inagotable de sorpresas. En esa casa vi por vez primera una linterna mágica, que al dar vueltas recreaba imágenes que me parecían vivas. Y también una tosca cámara de cine que, al girar la manivela, proyectaba en la pared escenas de Charlot que a mí me encandilaban. Con esos hermanos a menudo me iba a la Chopera, en las orillas del Tormes, donde pescábamos y hacíamos casetas (todavía se recuerda en la familia el día que hubo que llamar a la policía porque el niño, es decir, yo, no aparecía). Y quizá es esa la razón de que Huckleberry Finn sea uno de mis libros de cabecera (alguna vez, si tienes paciencia de seguirme, te hablaré de esa novela).

Recuerdo también (o quizá sólo imagino) a los colchoneros haciendo en las aceras montañas de lana que luego vareaban como si fueran olivos, antes de devolverla a esos colchones donde se incrustaba el cuerpo formando un verdadero nido. Pero hay dos escenas que hoy regresan como si transcurrieran aquí mismo: una es la de aquellos titiriteros que tocaban la corneta y el tambor mientras una cabra se encaramaba de un par de saltos a una escalera y allí hacía piruetas. Me parece estar oyendo la melodía quebrada de esos instrumentos, y veo a la cabritilla en la plataforma de la escalera, sus cuatro patas casi entrelazadas para sostenerse en tan reducido espacio, mientras ejecuta tímidos ejercicios de acrobacia caprina. Y después, una niña (o quizá niño, qué más da) pasa la gorra entre los presentes antes de que se desperdiguen. Imagino magro el beneficio de tan sofisticada escenografía, pero los titiriteros volvían una y otra vez a nuestro barrio con la puntualidad de las estaciones. Y yo, claro, siempre en primera fila.

Pero es otra la imagen que ahora me vuelve con una punzada de añoranza y quisiera, lector amable, hablarte siquiera brevemente de ella. Nuestra calle, ya lo he dicho, estaba entonces en las afueras de Salamanca y era una especie de camino por el que los seres más variopintos se adentraban en la ciudad desde las aldeas y pueblos aledaños. Era un barrio típico de vecinos sentados a la puerta de las casas en las tardes de estío, con la tienda del señor Antonio (merecedora ella sola de una entrada entera, con su salazón de bacalao y sus hileras de latas de conserva), y el quiosco del señor Marti, lugar de intercambio de novelas de Marcial la Fuente Éstefanía por unos céntimos, surtidor inagotable de chucherías (espero que mis hijos no lean esta entrada)y de historias sin cuento, que hacían nuestras delicias en las inacabables tardes de invierno. Pero no son esas las imágenes más nítidas de mi débil recuerdo de aquel tiempo: es sin duda alguna la de Blancanieves la que prima en mi memoria. Pero no, lector amigo, no es el personaje de los hermanos Grimm del que te hablo aquí, sino de un carbonero que a diario recorría nuestra calle hacia un destino para nosotros incierto. Era Blancanieves un hombre mayor, yo diría que muy viejo, siempre aferrado a un carretillo cargado de carbón (o ya vacío, si venía de regreso), y siempre risueño. Mis hermanas (espero que no les importe que aquí lo cuente), le bautizaron socarronamente Blancanieves porque iba de los pies a la cabeza permanentemente tiznado de negro, como un personaje de Dickens. Y de paño negro eran su chaqueta y su pantalón (o así al menos lo recuerdo), pero bajo su boina negra afloraban unos rizos de plata enredada, y cada vez que pasaba a nuestro lado se dibujaba en su rostro una sonrisa beatífica que ahora veo de nuevo como si estuviera a mi lado, el carretillo renqueante bajo su figura encorvada verano e invierno. Y me parece, será cosa de la hora, que su figura entera estaba rodeada de un halo luminoso, como los santos en los libros de la escuela.

Y me pregunto, ¿porqué mi recuerdo me devuelve a Blancanieves y a la cabra acrobática? ¿Y porqué al recordarlos me invade una paz repentina y placentera como no he sentido con niguna otra memoria del pasado? ¿Acaso me estaré volviendo viejo? Si es así, quiera dios que pueda ser yo también un Blancanieves para otros, y que al pasar junto a ellos surja una cabra de la nada y, al son de unos titiriteros y sus desvencijados instrumentos, regresen ellos también a una infancia que, vivida o inventada, les inunde de recuerdos igual de placenteros.

Mi admirado Luis Cernuda escribió "Donde habite el olvido", y yo quisiera que esta modesta entrada sirva para evocar "Donde habita el recuerdo", ya sea vivido o inventado. Al fin y al cabo, todo recuerdo es ficción y toda ficción, recuerdo.

Hasta mañana.

martes, 20 de abril de 2010

De ocelotes y hombres

John Steinbeck, autor cada vea menos leído a pesar de su Nobel y su conciencia de clase, publicó en 1937 una novela sobrecogedora titulada De ratones y hombres (Of Mice and Men). Es un relato que escarba en las miserias, pero también las grandezas, de las que somos capaces los seres humanos, en una época de depresión y hambruna que resulta muy parecida a estos tiempos que vivimos. Sus dos protagonistas, George y Lennie, encarnan a un Sancho y un Quijote prisioneros de un mundo donde los sueños están vedados a los pobres, que además pagan cara su osadía por tenerlos. Es esa novela un canto conmovedor a la nobleza humana, a la vez que denuncia implacable de las bajezas que esos mismos humanos solemos cometer. Lennie es un pobre analfabeto carente de luces cuya única obsesión es acariciar a otros seres vivos, sean ratones, conejos o personas. Pero en esa obsesión no existe ninguna impureza; muy al contrario, con ello busca Lennie espantar una soledad, que a mí se me antoja terrible, a través del contacto sensorial con otros cuerpos que como él encierran vida, aunque sea humilde e insignificante para aquellos que ostentan el poder de la granja.

No quiero desvelarte, amable lector que ahora sé que está ahí (qué alegría saber que algunos me leéis al otro lado del espejo, perdón, de la pantalla, a pesar de la infancia de este blog), el desenlace de una historia que a mí me parece imperecedera. Si alguna vez tienes un hueco en tus ocupados días, quiza te acuerdes de esta entrada y decidas navegar en esas páginas de Steinbeck, autor que merece ser recuperado a pesar de que muchos le acusen de impericia narrativa y carencias estéticas. En estos tiempos nuestros, leer a Steibbeck quizá nos devuelva la esperanza en ese ser humano que, nos guste o no, somos todos nosotros.

Ya sé, si has llegado hasta aquí, lector amigo, qué pregunta te ronda en ls cabeza: ¿qué demonios tiene que ver todo esto con el título de la entrada del blog? Espero que, si sigues leyendo un poco, encuentres la respuesta.

Ya te he hablado de mi exilio voluntario en tierras de Laredo, Texas, desde donde escribo y te dedico estas líneas. Este exilio que para mí es voluntario, a mis hijos les ha resultado impuesto. Es una imposición egoísta, no lo ignoro, que me produce quebraderos de cabeza y a mis hijos un desarraigo que quizá no merezcan. El tiempo nos dirá a todos, y de ello te hablaré en otro momento.

Pues bien, nuestra casa se ha convertido en una pequeña arca de Noé donde, además de nuestra perra Lúa (forzada también al exilio, aunque la pobre no protestase a pesar de verse en la barriga de un avión durante interminables horas), residen dos pececillos que nos tocaron hace poco en una rifa, además de una gata que es, ahora sí, el objeto real de esta entrada. Ya sé, lector amigo, que es un error imperdonable desvelar de qué va todo el asunto a estas alturas de la entrada.Cuento con tu benevolencia para seguir mi relato

Resulta que un buen día, cuando regresabamos a casa de las tareas cotidianas, se presentó a nuestra puerta una criatura curiosa, con todo el aspecto de un gato callejero, que enseguida se arrimó a las piernas de mi hijo para restregarse en ellas de forma zalamera. La criatura fue lista, pues de haber sido mías las piernas, el puntapié habría estado asegurado. Sea como fuere, el caso es que el bicho consiguió un sitio a la puerta de la casa, con su cajita y su manta y su comedero, donde pasar la noche. Y claro, la noche se tornó en días y, poco a poco, la bestezuela se fue apropiando de espacios cada vez más amplios: primero fue el garaje, después el jardín trasero y, un buen día sin comerlo ni beberlo, la criatura estaba dentro de la casa--donde por cierto ahora sigue, campando a sus anchas y tomándose incluso la libertad de encaramarse en nuestras camas.

Me dirás, lector amigo, que nada de esto merece ser contado pues, quien más quien menos, todos hemos tenidos criaturas pobres a la puerta de nuestras casas (cada uno sabrá qué hizo con ellas). Pero lo más curioso es lo que sigue: resulta que en estas tierras de Laredo abundan los ocelotes, criaturas felinas que apenas se distinguen de los gatos comunes y corrientes, pero que tienen una personalidad muy distinta de aquellos (o eso dicen). Y hete aquí que la bestezuela mendiga tiene más de ocelote que de gata (es, por si no lo había dicho, hembra). Y con ese descubrimiento, el dichoso bicho ha ascendido muchos escalafones en el aprecio de la familia. Mi hijo no consiente que la llamemos gata e insiste en referirse a ella por su nombre: ocelote (ignoramos si el sustantivo tiene forma femenina).

Ya no tenemos, pues, un gato callejero, sino una digna ocelote con visos de grandeza, y de repente nuestro hogar se ha convertido en residencia de, quién sabe, quizá una princesa heredera de la realeza maya, o azteca. Lo que me lleva a pensar en las categorías que manejamos para clasificar nuestro mundo y las gentes que lo habitan. Y a intuir que, quizá, sean todas categorías etéreas que responden a nuestro deseo de estar en la cima de todas ellas. Así, mientras una gata callejera nos contamina con su miseria, una oceltote nos ennoblece con su grandeza.

No quisiera terminar sin volver al principio de esta entrada. Cuando la gata/ocelote se acurruca en mi regazo, o al pie de mi cama, no puedo dejar de pensar en ese Lennie de Steinbeck y su anhelo por sentir el calor de otros cuerpos, ya sea de un mísero ratoncillo o del cabello de la hermosa y malhadada esposa de Curley, que nunca recibe nombre en la novela.

Y no dejo de pensar que todos somos Lennie. Y tembién de desear que, como nuestra ocelote, todos podamos encontrar esas caricias innocentes que a Lennie, pobre criatura, se le negaban sistemáticamente.

Y es que, de un modo u otro, todos somos Lennie (o acaso ocelotes).

P.D.- Otro día te contaré más de mis bichos.

lunes, 19 de abril de 2010

Residencia en el limbo II

Al releer las notas que ayer publiqué en este blog, me doy cuenta de que para ti, lector imaginario, las opiniones vertidas sobre esta comarca que ahora habito pueden resultarte un tanto sorprendentes. No era mi intención de ningún modo elaborar un retrato caricaturesco de una tierra en la que, quizá ayer no dije, me siento francamente a gusto, Hablaba de una "u-topía muy poco utópica", y quizá tú, lector que no conozco, pensaste que el guión se debía a un error de teclado (de los que nunca, dicho sea de paso, consigo librarme, para alimento de mis pesadillas). Pero no era esa la razón del guión que separa la -u- del resto del nombre, sino muy al contrario, en ese guión quizá resida la mejor metáfora que  puedo articular sobre este mundo en el que se desenvuelven ahora mis días.

Sabes bien que el término "utopía" tiene dos raíces posibles y, paradójicamente, muy complementarias. Así, utopía puede derivarse tanto de "u-topos" como de "eu-topos": en el primer caso, hablamos de un lugar que no existe (como el limbo de los justos que la Iglesia ya ha declarado inexistente); en el segundo, hablamos del mejor de los mundos posibles, y por ende, también inexistente. No quiero enredarte con juegos de palabras, pero sí me gustaría afinar mi expresión para que ni tú, ni nadie que por error pueda leer este blog, se llame a engaño.
Laredo existe en un lugar que no es, aunque figure en los mapas hasta el más mínimo detalle, con sus calles, sus carreteras y ese río Grande/Bravo (ya te hablaré de esa dualidad onomástica) que delimita al sur su contorno geográfico. Y es en ese "no ser" donde reside, precisamente, su grandeza. En un mundo de categorías estancas, donde el negro no es blanco ni la mujer es hombre; donde el anglo no es hispano ni el hispano es indio; donde la guerra del color y la guerra del género han suplantado a la lucha de clases; donde las religiones aún campas a sus anchas, residir en el limbo es una paradoja privilegiada. No pienses pues, lector, que reniego del sitio que habito. Muy al contrario, es este espacio ontológico del no ser el que, ahora lo sé, he buscado de forma inconsciente a lo largo de mi mi vida.

Si tienes la  paciencia de volver a estas páginas, te iré desgrando razones menos filosóficas que hacen de mi residencia aquí una feliz experiencia. Te hablaré de sus gentes, de los alumnos que se sientan en mi aula, de ese río de aguas cargadas de memoria, y de esos ecos que me llegan de una patria cada vez más difusa en el recuerdo.

Y si no, lector amable, queda con dios y no dejes de buscar, perdona mi osadía al recomendarlo, tu propia frontera.

domingo, 18 de abril de 2010

Residencia en el limbo

Revelaba en mi presentación a ese lector todavía inexistente algunos datos de mi vida que quiero ahora ampliar. Soy exiliado por voluntad propia y lo soy en una tierra que, como entonces decía, suele ser objeto del desprecio universal, pues se inscribe en esa línea divisoria que el clarividente Cormac McCarthy ha definido como meridiano de sangre, frontera entre el "primer" y el "tercer mundo" que algunos ven como cloaca de ambos. Esto es Laredo, ciudad fundada por el capitán español Tomás Sánchez en 1755--veinte años antes de que las colonias de Norteamérica alcanzaran la independencia de la metrópoli británica--y bautizada en honor de la localidad santanderina donde vino al mundo el coronel José de Escandón, que autorizó el asentamiento. Era entonces uno de los asentamientos más lejanos de los centros de poder de la Nueva España y constituía uno de esos territorios remotos, infestado de indios belicosos y alimañas igual de peligrosas, a los que la corona española apenás prestaba atención.

El apacible devenir histórico de Laredo, una vez que indios y alimañas habían sido exterminados por igual (a excepción de esas serpientes de cascabel que llenan nuestras noches de alegres tintineos), se truncó de manera dramática en 1845, cuando los Estados Unidos decidieron llevar a la práctica su sueño (o acaso pesadilla) del "destino manifiesto", falacia ideológica que permitía a la nación arrogarse el derecho a considerar el continente americano, y por extensión todo el orbe, como el patio trasero de su casa. Tentados de invadir todo México pues lo veían como una tierra de bárbaros pecaminosos y vagos, incapaces siquiera de gobernarse a ellos mismos, los estadounidenses al final se conformaron con merendarse un trozo del pastel mexicano de más de dos millones de kilómetros cuadrados. Ahí es nada. Con la firma del infausto tratado de Guadalupe-Hidalgo en 1848, miles de individuos que se acostaron mexicanos se levantaron norteamericanos, con una lengua y una cultura que se les impuso al dictado de las armas, mientras de paso se les privaba de las propiedades que durante generaciones habían sido suyas (claro que esos eran también panes prestados, porque primero sufrieron tal ignonimia los indios que habitaban esos mismos territorios). La historia desde luego no es tan simple, porque por en medio estuvo la independencia de Texas, pero es ese un capítulo al que volveré en otra ocasión...

Pero, ¿y qué tiene que ver todo esto con el título de esta entrada? Acaso poco, pero al llegar por primera vez a estas tierras laredenses, yo pensaba estar pisando el sacrosanto suelo de los Estados Unidos. Al fin y al cabo había tenido que sufrir un largo proceso burocrático y policial para obtener el visado que me permitiera llegar aquí. Y así pensé durante bastante tiempo, hasta que un buen día decidí dar una vuelta por el sur de Texas con mi familia y el utilitario que acabábamos de adquirir. Y hete aquí que, a unas dieciocho millas en dirección a San Antonio (es decir, unos treinta kilómetros de los nuestros), llegamos a un puesto fronterizo atestado de agentes de gesto amenazador acompañados de perros de mirada viciosa y sanguinaria. Imaginará mi lector imaginario la sorpresa y el susto mayúsculo de todos nosotros. ¿Habríamos perdido el rumbo y llegado a la frontera con México, cosa no extraña con el despiste que solemos gastarnos? ¿Sería aún más grave el caso y habíamos dejado el país sin saberlo y volvíamos ahora a pedir entrada en los EEUU?

Pues no. Resulta que Laredo, como otras muchas localidades aledañas al río Grande/Bravo, es un enclave que es pero que no es. Un lugar como el limbo de los justos o seno de Abraham del que aprendíamos en el catecismo del padre Astete. Un territorio que fue mexicano y que aspira a ser estadounidense, que habla español con carteles en inglés, que habla inglés con acento hispano, una u-topía poco utópica que sin embargo no se preocupa del mundo más allá de esas lindes que demarcan su limbo. Y así, un laredense que quiere ir a México, necesita cruzar la frontera, y si quiere ir a los EEUU, necesita también cruzar la frontera...

No me extraña que Laredo sueñe aún con esa República del Río Grande que durante algo menos de un año se independizó del mundo exterior, consciente de la peculiar idiosincrasia de su tierra. Y desde esta tierra, lector imaginario, volveré pronto a escribirte si aún tienes paciencia para leerme.

Con permiso.

La desmemoria de la memoria,

En esta mañana dominical me dedico a navegar por las páginas de El Pais, mi cordón umbilical con España, y me topo con una noticia muy al final de la página principal que me ha dado que pensar. El título, "Alianza Popular sostuvo que la amnistia de 1977 no era 'buena medicina'. En ella se da cuenta de las declaraciones que diversos políticos de la democracia preconstuticional hicieron en el Parlamento durante los debates previos a la aprobación de la ley que ponía punto y final (¡cuánta ingenuidad la de entonces!) a los horrores de la Guerra Civil e instalaba al país en la desmemoria colectiva. Era el sacrificio ritualístico de la memoria histórica, acto purgativo que eliminaba de un plumazo décadas. si no siglos, de una España ignominiosa y maniquea, para abrazar la llegada de la Democracia, esa nueva diosa de manto blanco que prometía el mejor de los gobiernos a una sociedad sedienta de justicia.

En ese debate, Antonio Carro, antiguo ministro franquista y flamante diputado de AP, sentenciaba con una visión profética la incoherencia de la ley: ""Operar con el concepto de amnistía, que borra el delito, para hechos atroces de muerte a sangre fría, implacables, proyecta dudas sobre la legitimidad de tales hechos, lo que puede resultar socialmente intolerable y gravemente pernicioso". Contundente argumento que debería haberse inscrito en letras de oro en los muros solemnes del Parlamento para recuerdo y aviso de generaciones venideras. La clarividencia, queda claro, no es patrimonio de la izquierda ni de la derecha, sino de las mentes preclaras que aciertan a atisbar los riesgos que a veces conllevan las buenas intenciones.

En ese mismo debate, parlamentarios de izquierdas defendían a capa y espada la ley de la desmemoria. Así, Marcelino Camacho, insigne comunista, no dudaba en afirmar: "La amnistía es una política nacional y democrática, la única consecuente que puede cerrar ese pasado de guerras civiles y cruzadas. (...) Nosotros, precisamente, los comunistas que tantas heridas tenemos, que tanto hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores. (...) Pedimos amnistía para todos, sin exclusión del lugar en que hubiera estado nadie. Yo creo que esta propuesta nuestra será, sin duda, para mí el mejor recuerdo que guardaré toda mi vida de este Parlamento". En similares términos se expresaban otros parlamentarios, quienes veían en la amnistía una catarsis imprescindible para devolver la salud a España, un purgativo que permitiera al pueblo español evacuar los humores malignos de la memoria, después de un estreñimiento de décadas.

A la luz de lo que ahora sucede en ese suelo hispano que observo desde la distancia, aquel debate parlamentario no deja de sorprenderme. Entiendo que en aquel momento, con las cárceles franquistas atestadas de presos políticos y una clase gobernante que nunca habría soñado verse enjuiciada por los atropellos y los desmanes cometidos en nombre del caudillo, unos y otros tenían sólidas razones para apoyar sus argumentos. Pero tres décadas después, veo que los que denunciaban los peligros de la ley de la desmemoria se aferran a esa misma ley para salvar sus traseros. Y aquellos que clamaban las bondades del olvido, abjuran ahora la desmemoria y abrazan la ley de la memoria histórica. Verdadero trabalenguas ideológico que pone al descubierto ese maniqueismo congénito que constituye la geología de España. y yo, desde la distancia, no entiendo nada, o quizá lo entienda todo demasiado bien...

Jorge Santayana, abulense transplantado a Nueva Inglaterra y exiliado como el que esto suscribe, nos dejó dos aforismos que vienen muy al caso: "Those who cannot remember the past are condemned to repeat it", es decir, aquellos que no pueden (o no quieren) recordar el pasado están condenados a repetirlo, y "Only the dead have seen the end of war", es decir, sólo los muertos han visto el fin de la guerra.

¡País!



http://www.elpais.com/articulo/espana/Alianza/Popular/sostuvo/amnistia/1977/era/buena/medicina/elpepuesp/20100418elpepinac_10/Tes

sábado, 17 de abril de 2010

Saludos fronterizos

Estimado lector (aún inexistente),

Supero por fin mis dudas y me decido a compartir contigo mis reflexiones y mis experiencias desde el exilio; un exilio elegido y no forzado por causas políticas (aunque quizá sí sea así por circunstancias que espero poder ir desgranando en este blog que hoy, de manera tímida, me atrevo a iniciar).

Como presentación, te diré que soy español, profesor universitario de literatura norteamericana, y que después de ejercer durante más de dos décadas en una universidad española he trasladado mis reales a Laredo, Tejas, un territorio estadounidense fronterizo con Méjico (o mejor México, que ya es el uso autorizado y extendido, como el de Texas). Estas tierras suelen ser objeto del desprecio universal, por ser ese línea divisoria entre la hipocresía y la corrupción sangrienta, aunque no es ese de momento mi objetivo con este blog. Ya veremos dónde nos llevan estas páginas que aquí dan comienzo.

De momento, pues, me presento y os transmito mi voluntad de compartir inquietudes y reflexiones.

Atentamente

Manuel Broncano